El racionalismo científico no es suficiente: necesitamos un nuevo Romanticismo

texto original: Jim Kozubek para aeon

 

La neurociencia formaba parte casi siempre de las conversaciones que entablábamos a la hora de la cena en mi familia, muchas veces se consideraba como un requisito previo para la verdad. ¿Quieres hablar de arte? No sin neurociencia. ¿Interesado en la justicia? No se puede juzgar la cordura o los actos de alguien sin analizar su cerebro. Pero por mucho que la ciencia nos ayude a refinar nuestros pensamientos, siempre nos veremos obstaculizados por sus límites: después de todo, fuera de las matemáticas, ninguna visión de la realidad puede lograr una certeza absoluta. Siempre quedan aspectos sin responder. El progreso crea en nosotros la ilusión de que estamos continuamente avanzando hacia un conocimiento más profundo cuando, de hecho, las teorías imperfectas nos hacen descarriar constantemente y nos recuerdan cuanto nos queda por conocer.

El conflicto es relevante en estos tiempos en los que nuevos movimientos de anti-ciencia, promovidos por activistas de extremaderecha, cuestionan temas como el Cambio Climático, la evolución y otros hallazgos puntuales. En su reciente libro Enlightment Now (2018), Steven Pilker describe un segundo frente de ataque a la ciencia desde la corriente del arte. ¿Pero es esto realmente malo? Ya el Romanticismo del siglo XIX se presentó en su momento como respuesta a la Ilustración, y parte de sus efectos pueden verse en áreas como el ecologismo, el ascetismo o el ejercicio ético de la conciencia.

En esta nueva era de la Ilustración que estamos viviendo, un nuevo Romanticismo también es necesario. En su discurso Politics and Conscience (1984), el disidente checo Václav Havel, en la que se anteponía a un paisaje dominado por las fábricas y chimeneas, argumentaba: «La gente pensaba que podía explicar y conquistar la naturaleza, pero… la destruyeron y se desheredó de ella». Havel no estaba en contra de la industria, el suyo era un discurso contras las condiciones de trabajo y la protección del medio ambiente que garantizaban una salud de los jornaleros.

Los problemas hoy en día persisten. Los encontramos desde el uso de semillas transgénicas y la acuicultura para consolidar el control sobre la cadena alimenticia, hasta el desarrollo de estrategias militares que pasan por el uso de la ingeniería genética para desarrollar armas biológicas; en todos estas situaciones en poder se constituye a través de patentes y del control financiero sobre aspectos básicos de la vida de los ciudadanos. Ya en 1976, el filósofo francés Michel Foucault en La Volonté de Savoir (traducida en castellano como: La voluntad de saber en 1978), se refirió a los avances científicos y tecnológicos como «técnicas para lograr la subyugación de los cuerpos y el control de las poblaciones». Con ganadores y perdedores en este nuevo escenario, es lógico esperar que existan personas que lo rechacen.

Nos encontramos ahora al borde de una nueva revolución en el control de la vida a través de una herramienta que nos permite editar los genes y con ellos la esencia de los seres vivos, se trata del CrisprCas9. Dicha herramienta nos permite manipular el color de las alas de las mariposas, así como alterar el código genético hereditario de los humanos. En este nuevo territorio inexplorado que se nos despliega, abundan grandes dilemas y problemas éticos. Ante ello, corremos el riesgo de poder quedarnos cegados por nuestra profunda fe en la ciencia, perdiendo con ello nuestro sentido de la humanidad y la creencia en los derechos humanos.

El conocimiento científico debe informarnos sobre el valor de las campañas de vacunación, las mejores medidas políticas que tomar para prevenir el cambio climático, pero lo que no podemos dejar en manos de la ciencia es que decida y lo valore todo. Por ejemplo, biomédicos y farmacéuticos están a día de hoy valorando los nuevos medicamentos tan alto como el mercado lo permita, de manera que por una terapia genética para restaurar la visión exigen un precio de 850.000 $; por la primera célula-T del sistema inmunitario modificada para combatir efectivamente el cáncer, piden 475.000 $, un precio que es ocho veces superior al ingreso medio en los Estados Unidos, aún cuando los costes de fabricación estimados ascienden entorno a los 25.000 $. Así pues ante que estamos, ¿medicina o extorsión? Son los humanistas y no los científicos quienes deben decidir eso.

En un mundo en el que la ciencia se está convirtiendo en un juego brutal de las fuerzas del mercado mediante el desarrollo de patentes, son los escépticos y los románticos los que deben hacer de contrabalance para frenar la escalada de control. Y parece que ya se está manifestando. Un estudio que proporcionaba la secuenciación gratuita del genoma a recién nacidos se topó con que sólo el 7% de los padres estaban dispuestos a participar. Tan baja aceptación sugiere que el público es cauteloso o no confía en como las aseguradoras, las empresas o el propio gobierno podrá en el futuro hacer uso y abusar de esos datos. La solución que propone en su libro Pilker para evitar la distorsión actual es incorporar la ciencia en el humanismo secular para crear un concepto de bondad con capacidad de respuesta ante las afrentas de las presiones financieras. ¿Pero podemos depender de los tecnólogos para generar un espíritu benévolo que vele por todos? En estos momentos, en el caso de la biotecnología, es sólo el mercado financiero quien gobierna. Ellos tienen todo el control. Los románticos modernos tienen derecho a preocuparse por los motivos de los científicos, e incluso quizás de la ciencia misma.

Precisamente porque la autoridad institucional científica se ha convertido en un paradigma debe tener una contracultura

La fuerza de la que consta el Romanticismo es la de promover la humanidad contra un avance desmesurado de la ciencia que deshumanice, contra un exceso de cientificismo: que no es más que una manipulación exagerada, comercial y fácil de la ciencia más allá incluso de lo que la evidencia de la ciencia misma permite. Los artistas románticos del siglo XIX aceptaron nuestra posición descentralizada en en el nuevo universo de Galileo, y para ello pintaron a la gente pequeña expuestos a vastos paisajes naturales, revalorizaron el papel de la naturaleza: aquello paisajes vastos e impresionantes enfatizaban la tensión de entonces entre la ciencia como principio organizador y los inexplicables misterios del mundo natural. Según el investigador científico Steven Shapin de la Universidad de Harvard, nuestra fascinación moderna por la ciencia se deriva del malestar con esta tensión, o quizás con el sentimiento de que, dado que ya casi nada importa, al menos la ciencia debe hacerlo. Se pone toda la esperanza en la ciencia, incluso la de aquellas preguntas para las que sigue sin respuestas y que posiblemente nunca llegue a responder por su carácter humanista.«El cientificismo resurgente», escribió en 2015, «es menos una solución efectiva a los problemas planteados entre lo que es y lo que debería que un síntoma del malestar creciente como consecuencia de la disociación entre ambos conceptos».

La industrialización del siglo XX puso fin al Romanticismo, pero con su desaparición corremos el riesgo de perder un poder de introspección así como de conciencia y responsabilidad personal que la ciencia no nos proporciona. La tensión que caracterizaba al Romanticismo, en la que se aceptaba que la naturaleza existía más allá del dominio de la razón humana, requiere una contemplación y una conciencia activa. La evolución es una verdad, y la ciencia avanza significativamente de una manera maravillosa, pero las extrapolaciones simplistas o mercenarias de lo que la ciencia muestra nos pone a todos en peligro.

Retrayéndonos a 1817, nos encontramos con el poeta John Keats quien denominó a dicha tensión como la «capacidad negativa»: la capacidad de mantener la incertidumbre y una sensación de duda. En su conferencia titulada The Will to Belive (El querer creer) el psicólogo William James en 1896 denunció que «los absolutistas científicos pretenden regular nuestras vidas», y argumentó que «la ciencia para controlar esta pulsión y nerviosismo existente ha desarrollado una técnica que aplica de manera regular denominada el método de verificación. La ciencia se ha enamorado tan profundamente de este método, que incluso podría decirse que ha dejado de preocuparse por la verdad en sí misma».

La tensión persiste. El mayor tira y afloja no está hoy en día entre la ciencia y el poder institucional religioso, sino más bien entre la conexión primordial con la naturaleza y el poder institucional científico. Hay muchos que opinan que el Romanticismo está muerto. Pero las tensiones entre los militantes del Romanticismo y los de la Ilustración original se están levantando de nuevo. Estamos viviendo un despertar cultural, una especie de revitalización romántica, ante la incapacidad de la investigación científica de lograr una imagen completa de la naturaleza. Las teorías del todo continúan fracasando y en el ámbito social cada vez lo que más crecen son las realidades distópicas, como la posibilidad de nuevas modalidades de eugenesia a través de la ingeniería genética o el acceso desigual a medicamentos o a la propia atención médica.

Precisamente porque la autoridad institucional científica se ha convertido en un paradigma debe tener una contracultura.

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Texto original de Jim Kozubek, escritor de ciencia y biólogo computacional con sede en Cambridge, Massachusetts. Sus escritos han aparecido en The Atlantic, Time y Scientific American, entre otros. Su último libro es Modern Prometheus: Editing the Human Genome with Crispr-Cas9 (2016).

El artículo original apareció publicado en Aeon bajo el título “Enlightenment rationality in not enough: we need a new Romanticism“, el 18 de abril de 2018.

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