Darwin, las Galápagos y el misterio de los misterios

Por supuesto me refiero a ese misterio de misterios, al reemplazo de las especies extintas por otras. Sin duda, muchos pensarán que sus especulaciones son demasiado audaces, pero es mejor enfrentar la dificultad de la respuesta de inmediato.

(fragmento de la carta del astrónomo John Herschel enviada a Charles Lyell en 1836 por la publicación de sus Principios de Geología)


 

Había sido una larga navegación desde Callao, Perú, pero finalmente estaban ahí. El HMS Beagle, capitaneado por Robert FitzRoy alcanzaba el archipiélago de las Islas Galápago. Era el 15 de setiembre de 1835. El barco explorador inglés se acercó al archipiélago con la intención de realizar trabajos de sondeos y cartografía de aquellos lugares remotos y aislados de los que apenas se tenía información. La expedición española Malaspina había llegado a la isla en 1790 pero sus registros y trabajos nunca fueron publicados, con lo cual seguía siendo un lugar ampliamente desconocido. 

Desde su descubrimiento oficial, tres siglos antes de la llegada del HMS Beagle, por Fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, en marzo de 1535, la isla fue categorizada como un lugar feo, árido e infértil, poblado únicamente por tortugas, iguanas, aves y focas. El lugar causó en los primeros navegantes que alcanzaron sus costas, la sensación de haber desembarcado en un lugar arcaico y misterioso, diferente a cualquier otro sitio. Fue por ello, que en 1546, el capitán Diego de Rivadeneira, las bautizo como «las Islas Encantadas». Un nombre debido al efecto visual que hacía que las islas aparecieran y desaparecieran al navegar a su alrededor. Las corrientes de la zona, la persistencia de sus nieblas, y su despiadada geografía, les confería el aspecto de un cementerio de islas móviles sobre las espaldas de unos galápagos gigantes. En 1854, Salvator R. Tarnmoor publicó un libro con su nombre: Las Encantadas. En realidad se trataba del seudónimo utilizado por el escritor norteamericano Herman Melville, que más tarde se haría famoso por Moby Dick. La obra abre así:

«Pues esas mismas islas que surgen de vez en cuando, que no son tierra firme, que no tienen punto fijo, sino que flotan de aquí para allí, por el ancho mar; por eso son llamadas Las Islas Errantes; por eso evítalas, pues a menudo han hundido a muchos navegantes en el más mortal peligro y en desesperado trance; pues cualquiera que una vez haya puesto allí su pie nunca puede recobrarlo y se queda eternamente desorientado e inseguro».

Melville había visitado las islas a bordo de una compañía ballenera. Si bien en los siglos XVI y XVIII, las islas constituyeron un refugio para un gran número de piratas ingleses, con la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XIX los interesen cambiaron. El poder español en Latinoamérica empezó a disminuir y con ello la piratería. Las islas dejaron de ser una buena base desde la cual atacar el continente americano. Su actividad se transformó, pasando a formar parte de la red ballenera de la época. La demanda de oro había sido sustituida por la demanda de aceite de ballena, los buques ingleses y norteamericanos empezaron a explorar las islas y sus potenciales para la caza de ballenas. El archipiélago acabó por constituirse en una de las principales estaciones balleneras, lo que provocó un gran declive de los cetáceos en sus aguas, pero no sólo las ballenas sufrieron aquella actividad, sino también los leones marinos que abrazaron la extinción, y un gran número de tortugas. Estas últimas fueron principalmente cazadas como alimento para los propios balleneros. Del estudio de sus cuadernos de abordo, se estima que los balleneros llegaron a matar unas 15.000 tortugas como alimento en poco más de tres décadas, entre 1811 y 1844.

La llegada de Darwin a las Encantadas

Cuando el HBM Beagle avistó sus costas en setiembre de 1835 (Fig.1), el archipiélago hacia poco que se había incorporado a la nueva República de Ecuador, precisamente en 1832. A bordo del Beagle viajaba un joven Charles Darwin, que aún engrandecería aún más el aspecto místico de aquellas remotas islas. De su mano, las Islas Galápagos o Las Encantadas, se convirtieron en el símbolo de una de las más grandes revoluciones de la ciencia, quedando vinculado el nombre del archipiélago a la teoría de la evolución. Aquella parada en el viaje del HBM Beagle de no más de cinco semanas, acabó convirtiéndolas en un símbolo comparable al de la famosa manzana de Isaac Newton. Un hecho sorprendente teniendo en cuanta que en su revolucionario libro El Origen de las Especies, los datos recogidos en las islas no se mencionan más que en dos secciones, no siendo ni mucho menos los protagonistas de su gran obra.

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Fig. 1. Pintura recreando el HSM Beagle bordeando las islas Galápagos.

De las cinco semanas que el HBM Beagle pasó en el archipiélago, el joven Darwin pisó tierra 19 días en sólo cuatro de las doce grandes islas que conforman el conjunto: San Cristóbal, Floreana, Santiago e Isabela. Aún así, esa corta visita es considerada un momento clave en la historia de la cosmología occidental, pues es allí donde se dice que Darwin empezó a plantearse la teoría de la evolución. 

En la historia de Occidente suelen considerarse tres hitos que llevaron a la secularización del pensamiento. El primero fue la emergencia del mundo clásico, especialmente el de la Grecia clásica, muchas veces representada por Aristóteles. Le seguiría el Renacimiento, en que se recuperaría el pensamiento clásico que se personifica en torno a Newton y su mecánica celeste. El tercero está en discusión, entre los que consideran a Darwin o los que consideran la aparición de la nueva física protagonizada por Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrödinger, de Broglie y Dirac. Aunque la física es la ciencia que más ha configurado nuestra interpretación del mundo, ha sido la biología la que finalmente ha alterado la interpretación de lo que es la naturaleza humana, que al fin y al cabo es lo que ha preocupado siempre al hombre. Antes de la publicación de El Origen de las Especies, en 1859, no existía una buena respuesta alternativa a la pregunta de cómo llegó toda la vida, incluso los humanos, a existir. La única respuesta entonces era la de la creación divina, la ruptura que supuso la aparición de la idea darwinista aceleró la secularización de parte de la sociedad occidental, y sobre todo de su pensamiento intelectual. Desde ese momento, las Islas Galápagos son consideradas como el lugar donde se guarda la clave del pensamiento de Darwin sobre la evolución. Donde despertó la revolución intelectual que aceleraría la secularización de la sociedad. 

Sin duda a ello contribuyó el biólogo evolutivo Julian Huxley, quien fuese el primer director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, y nieto del confidente del propio Charles Darwin, Thomas Henry Huxley, gran defensor de la evolución que llegó a increpar a un obispo preguntado sobre el origen del hombre: «prefiero descender de un simio antes que de un obtuso como usted». Julian Huxley escribió que fueron las curiosas plantas y la extraordinaria fauna de las Galápagos, lo que más que ninguna otra cosa, convencieron a Darwin de que las especies evolucionaban. Huxley se hizo con una idea popular al respecto y ayudó aún más a popularizarla. Hoy, el nombre de las islas está estrechamente vinculado a Darwin y al despertar de la idea de la evolución.

Es una narración que supone que aquella visita en setiembre al archipiélago supuso un momento Eureka, como el que se le atribuye a Arquímedes al sumergirse en la bañera. Esta idea supone que las observaciones, sobre la fauna del archipiélago y sus diferencias, supusieron una ruptura con su pensamiento religioso y creacionista propio de la época. Un argumento que no cuadra con lo poco que aparece representado el archipiélago en su principal obra. Si las observaciones y pruebas recogidas allí hubiesen resultado tan relevantes, hubiese tenido una mayor presencia en el libro. Es posible que las islas ecuatorianas proporcionasen al joven Darwin algunas pistas necesarias para acabar desarrollando su teoría de la evolución de las especies, pero la obra que recogió su teoría fue un largo proceso de más de 24 años de investigación y pensamiento. La evolución no se le presentó como una visión durante las cinco semanas que pasó en el archipiélago, fue una larga reflexión sobre sus numerosas observaciones y nociones de zoología, una vez de vuelta en Gran Bretaña, lo que le convenció de la transmutación de las especies.

Es obvio que aquel viaje fue el que despertó las ideas evolucionistas de Darwin y el abandono del creacionismo, el propio Darwin así lo admite en la introducción de El Origen de las Especies:

«Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me impresionaron mucho ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este libro, parecerían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros mayores filósofos».

Sin embargo, en esa misma introducción no hace referencia directa a las Galápagos, sino a América del Sur y las diferentes islas que visitó alrededor de las mismas, fue de esa visión general sobre la distribución de las especies lo que le condujo a cuestionarse el origen de las especies, no un archipiélago en concreto. Las Galápagos, sin duda, eran un destino deseado por Darwin. Un hecho declarando en una carta enviada a su hermana Caroline desde Lima antes de dirigirse hacia el archipiélago. También desde allí escribe a su primo WD Fox y le cuenta que espera con ansias la visita a las islas con más interés que cualquier otra parte del viaje, un deseo que sin embargo está ligado a finalizar el viaje y regresar a Inglaterra: «El Beagle ahora procede directamente a las Galápagos, desde allí a través del Pacífico hasta Sydney, el Cabo de la Buena Esperanza e Inglaterra. Confieso que estoy tan poco acostumbrado a estas largas expediciones, que espero con ansias esta última etapa, con más interés, que todo el viaje».

Impresiones de Darwin en las Galápagos

Un deseo que contrasta con los diarios que el capitán Robert FitzRoy publicaría más tarde, donde describe el archipiélago como un lugar oscuro, de una geología amenazante, extremadamente árido, carente de vegetación y lleno de extrañas criaturas. Escribes en sus páginas, que la visión de las rocas negras de la costa cubiertas por una masa de iguanas enormes (Fig. 2), le recordaba a la propia Pandemonium, la mítica capital de los infiernos que se había inventado John Milton en El paraíso perdido (1667). La descripción que hizo más tarde Charles Darwin en su El viaje del Beagle, publicado por primera vez en 1845, describe esa visión árida que tanto había sorprendido a tantos marineros y balleneros antes.  

«Todas las plantas tienen un aspecto miserable, de mala hierba, y no vi ni una flor hermosa. Por su parte los insectos son pequeños, tienen colores obscuros, y, como me informa Mr. Waterhouse, nada podría hacer sospechar en ellos que proceden de un paraíso ecuatorial. Los pájaros, plantas e insectos tienen un carácter desértico, y no tienen colores más brillantes que los de la Patagonia meridional».

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Fig. 2. Fotografía antigua con una colonia de iguanas marinas en las islas Galápagos.

A pesar de esta primera impresión, el archipiélago, al menos las cuatro islas que visitó, fueron suficiente para que le sorprendieran la originalidad y la variedad de especies que se encontraba en cada una de ellas. Reconoció que existían diferencias entre ellas aún compartiendo caracteres con lo visto en América, hasta el punto de mencionar que el archipiélago era como un pequeño mundo en sí mismo. Llegó a calificarlo como un satélite unido a América. Un hecho sí sorprendió a Darwin en el archipiélago, la diferenciación de algunas especies entre unas islas que consideraba iguales en paisaje. Las ideas por entonces era que las especies «encajaban» con su ambiente, de manera que le sorprendió encontrar cosas diferentes en ambientes similares.

De hecho recuerda en sus escritos el caso de las tortugas que habitan las islas, mencionando que algunos españoles que habitaban las islas le habían comentado que eran capaces de reconocer el origen de una tortuga con sólo ver la forma de su caparazón. Aquello en lo que él reconoce que no se había fijado, pero que sin embargo le hizo anotar en su diario la posibilidad de la «inestabilidad de las especies». ¿Podían variar tanto los organismos en una distancia tan corta? Sorprende sin embargo a muchos estudiosos de Darwin, que sí en aquel momento se hubiese percatado de la importancia de aquella pregunta, como sugiere el mito popular, su actitud durante aquellas cinco semanas hubiese sido distinto. De hecho, a pesar de que esa información le había sido revelada en la segunda isla que visitaba, no recogió material para la colección. Se apropió tan sólo de dos tortugas pequeñas vivas para tener en el buque como mascotas, no como material científico. Tampoco decidió guardar los caparazones de todas las tortugas adultas que cazaron aquellas semanas para alimentarse, que fueron unas 30. En vez de eso, se comieron literalmente las pruebas de la diferenciación entre islas.

«Se consume gran cantidad de carne de estos animales, ya fresca, ya salada; las partes grasas proporcionan un aceite en extremo límpido. Cuando se coge una tortuga se hace una incisión en la piel cerca de la cola para ver si la gordura llena todo el espacio hueco de debajo de la concha. Si no está bastante gorda se la deja ir y dicen que no le perjudica nada en adelante la referida operación».

Pero de entre todos los animales que describió en Las Galápagos, los que han quedado como emblema de la Darwin y la evolución, son los pinzones. Estas pequeñas aves de entre 10-20 cm han pasado a la historia de la ciencia como un ejemplo de la diversidad generada por las fuerzas de la evolución. Siempre se le atribuye a estas especies, que hoy son 15 y se denominan pinzones de Darwin, un papel determinante en la formulación de la teoría de la evolución por selección natural. Sin embargo, ni los escritos del propio Darwin, ni su actitud, denotan que realmente fuese así.

Darwin, un naturalista en formación a bordo del Beagle

De hecho, cuando Darwin llegó a las islas, sus conocimientos de zoología eran bastante limitados. Tan siquiera viajó en el buque HMS Beagle como el naturalista oficial de la expedición, sino como acompañante del capitán Robert FitzRoy. El naturalista oficial fue el escocés Robert McCormick, un experimentado explorador y marino, licenciado en medicina, que años antes se había embarcado en expediciones polares. A pesar de su experiencia y aptitudes, McCornick tenía el problema de no llevarse bien con el capitán FitzRoy. Esa incompatibilidad de caracteres hizo que el capitán siguiese buscando un acompañante con el que llevarse bien durante tan largo viaje. Fue el profesor de botánica de Darwin quien le comentó la oportunidad del viaje:

«El capitán FitzRoy está buscando más bien (según lo entiendo) a un compañero que a un mero recolector y no aceptará a nadie, no importa que tan buen naturalista sea, que no se le recomiende sobre todo como un buen caballero. El recorrido durará dos años y si usted se lleva una buena cantidad de libros, tendrá un muy buen viaje. En resumen, creo que nunca ha habido una mejor oportunidad para un hombre con espíritu de trabajo. No deje que lo asalten dudas o falsas modestias acerca de su capacidad, ya que le aseguro que usted es precisamente la persona que buscan. Considere que le ha dado el espaldarazo su guaraní y afectuoso amigo, John Henslow».

FitzRoy no buscaba a otro naturalista, la expedición ya tenía a los que necesitaba, lo que necesitaba era una compañía intelectual para el viaje. A una persona de su misma clase social y bien educado con quien pasar las interminables horas muestras en alta mar. El puesto tan siquiera incluía un salario, es más, Darwin se pagó parte del viaje. La mala relación entre el capitán y McCornick acabó frustrando al naturalista a lo largo del viaje, llegándose a sentir despreciado. Más cuando en las discusiones entre Darwin y McCornick por aspectos de geología el capitán siempre se decantaba por los argumentos de Darwin. En sus memorias publicadas en 1884, McCornick escribiría:

«Me encontré en una mala posición a bordo de un buque pequeño y muy incómodo. Me sentía muy decepcionado en mis expectativas de llevar a cabo mis actividades de naturalista con todos los obstáculos que colocaron en mi camino…[…] El almirante al mando me dio permiso para ser sustituido y volví a casa en el HMS Tyne».

Darwin y los pinzones

Con su marcha del HMS Beagle, el joven Charles Darwin pasó a asumir las labores de naturalista y Benjamin Bynoe las de médico del barco. Darwin era apenas un joven de 22 años, y aunque un gran aficionado a la geología y las ciencias naturales, su formación era limitada. A lo largo de su viaje consiguió clasificar e identificar correctamente muchas especies del continente americano haciendo uso de libros y guías, pero al encontrarse ante especies nuevas, sus carencias zoológicas se hicieron más evidentes. Eso pasó precisamente con los famosos pinzones de las Galápagos, por entonces tenía 26 años.

Darwin capturó para la colección varios ejemplares de pinzones, pero en aquel momento no apreció que eran variedades, sino que asignó a los pinzones de cada isla, diferentes géneros e incluso familias. Las grandes diferencias que observó en sus picos le llevó a pensar que se trataba de animales muy diferentes y no todos ellos miembros de un mismo grupo (Fig. 3). Esa confusión le impidió plantearse en ese momento como se habían diferenciado las especies, pues les suponía un origen diferente, y no una diversificación. En realidad, no se percató de la importancia de aquellos pinzones hasta que regresó a Inglaterra.

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Fig. 3. Ilustración de Charles Darwin para el libro “El viaje del Beagle”, publicado originalmente en 1845. Los pinzones ya aparecen agrupados correctamente tras la clasificación de los individuos por parte del ornitólogo John Gould en Inglaterra. Las diferencias en los picos hicieron pensar a Darwin que se trataba de especies pertenecientes a géneros y familias diferentes.

El HMS Beagle atracó en Falmouth, Inglaterra, el dos de octubre de 1836, tras un largo viaje de cinco años alrededor del mundo. Sin embargo no fue hasta enero de 1837 que entregó la colección de aves y mamíferos a la Zoological Society de Londres. No fue hasta marzo de ese mismo año cuando el ornitólogo John Gould le comentó sus resultados al estudiar los pinzones de las Galápagos. El experto zoólogo había sabido ver que los picos eran modificaciones secundarias, que el resto del cuerpo era prácticamente igual en anatomía y, que por tanto, todos aquellos especímenes eran el mismo género, especies muy próximas las unas a las otras. Pero aún más, Gould llamó la atención a Darwin sobre la cantidad de especies nuevas en esa región, pero al mismo tiempo, de la relación que existía entre las especies de las islas y las del continente más próximo.

Los pinzones y la transmutación de las especies

Fue a partir de ese momento que Darwin se interesó por saber a que isla pertenecía cada especie de pinzón, porque gran parte de ellos no los había capturado él, y los expertos sospechan que no los etiquetó correctamente, sin asignar a muchos de ellos su localidad de origen. Una prueba más, de que en aquel momento del viaje, la teoría de la evolución estaba aún lejos de los pensamientos de Darwin. De hecho, en varias islas, en las que él no desembarcó, pidió a los marineros que le trajeran piedras para la colección geológica, pero no hizo el mismo requerimiento con los pinzones o cualquier otro organismos vivo, al igual que no prestó atención a la variación entre las tortugas.

Se sabe que después de hablar con John Gould, visitó a FitzRoy y otros marineros del HMS Beagle que habían elaborado colecciones de animales particulares, para averiguar el origen exacto de sus pinzones. Fue comparando con los individuos de otros coleccionistas, que tenían anotada la localidad, como consiguió esclarecer el lugar de cada uno de ellos. En aquel momento, la idea de las transmutación de las especies, pudo empezar a establecerse en base a las observaciones de la distribución de las especies. En todo caso, su aceptación del cambio de las especies no tuvo lugar hasta 1837 ya de regreso en Inglaterra. Y aún así, hay quien argumenta que, ni en aquel momento, Darwin apreció la magnitud de la importancia de los pinzones. Estos estudiosos sospechan que los pinzones contribuyesen a desarrollar su pensamiento evolucionista, sino que más bien volvió a ellos una vez que ya tenía la idea desarrollada. No fueron la inspiración sino un ejemplo posterior con el cual explicar la diferenciación de las especies.

Los pinzones no aparecen mencionados en ninguno de sus cuatro libretas tituladas La transmutación de las especies que escribió entre 1837 y 1839. Tampoco en la Libreta Roja que escribió en verano de 1837 que contenía las primeras especulaciones sobre la transmutación de las especies.

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Fig. 4. Retrato de Charles Darwin en 1869, diez años después de “El Origen de las especies”. Fotografía de J. Cameron.

Un factor clave en la maduración de sus primeras ideas evolucionistas, fueron los anfibios. No porque Darwin los trabajara, sino precisamente porque su ausencia en todos los archipiélagos volcánicos le llamó la atención. ¿Por qué no había encontrado ranas o salamandras en las Galápagos? ¿Por qué tampoco había en las Islas Canarias? ¿O en Cabo Verde? Tampoco encontró anfibios en Hawaii ni en San Jago ni en la isla Santa Helena. Todas las islas volcánicas oceánicas tenían reptiles, pájaros y mamíferos, pero los anfibios estaban ausentes en todas ellas.

Llegó a la conclusión, ayudado por los conocimientos del ornitólogo Gould, de que las especies de las islas se parecían a las especies del continente más próximo. Dedujo que las ranas no podían llegar a las islas porque el agua salada las mataba, pero el resto de animales podrían migrar del continente a las islas. Una vez ahí, las especies empezarían a diferenciarse, con el tiempo, por aislamiento de la especie original que había permanecido en el continente. Fue constatar aquellas diferencias en la distribución de las especies lo que hizo plantearse como variaban las especies a partir de un mismo origen. 

En sus primeros escritos sobre evolución, el modelo de los pinzones no cuadraba en sus ideas. Darwin (Fig. 4) pensaba, que la diferenciación se daba primero por un aislamiento geográfico de las especies y luego, por una adaptación de los individuos a las distintas condiciones de cada lugar. Eso explicaba que la fauna de las islas fuese ligeramente diferente a la continental, habían migrado y se habían adaptado a las diferentes circunstancias. Pero, ¿cómo encajaban los pinzones en esa historia? Aquella teoría no lograba explicar porqué los pinzones eran tan distintos, cuando en realidad  habitaban islas muy próximas y muy similares entre ellas. No había ahí, ni aislamiento geográfico ni variación en el paisaje. ¿Qué estaba sucediendo? Todavía no había pensado en la competencia entre individuos como fuerza evolutiva.

No fue hasta 1844 cuando empezó a encontrar una explicación basada en las interacciones de los individuos que podría explicar la diversidad de pinzones de las Encantadas. En aquel ensayo redactado en sus notas privadas, se imaginó como se originaba una nueva isla volcánica en medio del océano, como poco a poco algún ave la colonizaría desde tierras remotas y como se adaptaría a aquellas nuevas condiciones de vida. Pero una vez asentada una, imaginó como con el tiempo llegaría una segunda oleada de migraciones, de la misma especie, pero que ahora tendrían que adaptarse a otras condiciones, porque la isla ya no estaba vacía, sino ocupada por otros individuos. De manera que visualizó como cada colonizador contribuía a cambiar las condiciones para los que vendrían después. De esta manera, cada proceso de colonización podía haber dado a una especie distinta. La selección natural estaba esbozada en aquel modelo teórico sobre la diversificación de las especies. Era 1844, Darwin había llegado a las Galápagos en 1835.

La visita a las islas no constituyó un momento Eureka ni una transformación inmediata en el pensamiento del joven Darwin. La extraña fauna de las islas contribuyó a formularse importantes preguntas, y modelos, que le llevarían con el tiempo a desechar sus ideas religiosas y aceptar que las especies cambiaban con el tiempo. Pero no se conformó con aceptar el cambio sino que se esforzó durante años en encontrar una explicación que pudiese dar respuesta a todos los dilemas con los que se había encontrado. Lejos de ser una inspiración repentina, Darwin reflexionó durante años sobre ello, se formó como naturalista reconocido y fue acumulando ejemplos tanto de la naturaleza como de los animales domesticados. Desarrolló con gran perseverancia una idea que le parecía más prometedora que la teoría de Lamarck o la de su propio abuelo Erasmus, y se dedicó a reunir evidencias que ayudasen a constatar la teoría. Tenía claro que si quería mostrar sus ideas a la sociedad, sólo podía hacerlo con un gran número de pruebas. Era muy consciente que las ideas de la evolución iban contra la iglesia y que probablemente se ganaría la enemistad de muchos poderes. Aquellos pensamientos lo llevaron a enfermar, y ese mismo año, en 1844 dejó descansar la idea durante un tiempo al aparecer publicado una obra anónima evolucionista titulada, Vestigios de la historia natural de la creación. Una obra que provocó un gran escándalo y recibió un gran número de descalificaciones desde todos los sectores cultos, incluso de entre los naturalistas. Le quedó aún más claro, que su idea sólo saldría a la luz cuando tuviese evidencias suficientes para defenderla con hechos. El proceso de documentación no se centró sólo en pruebas naturalistas sino que se documentó mucho en teólogos naturales, sus creencias estaban cambiando, exploraba la posible secularización o biologización del pensamiento metafísico. Leyendo el pensamientos de los teólogos naturales anotó: «donde dicen alma poner simios».  

Darwin se entregó a reunir pruebas para su teoría, desarrollando para ella una labor intensa que llegó a convertirlo en una autoridad mundial en percebes, fósiles y vivientes. Al final, presionado por Alfred Russel Wallace, que estaba desarrollando una idea similar, se animó a publicar El Origen de las Especies en 1859, a la edad de 50 años, habían pasado 24 años de su desembarco en las Galápagos. En realidad el título original fue: El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Darwin se encargó que la lucha por la vida apareciese en el título, en lugar de dejarlo sólo de por medio de la selección natural. Temía que el término «selección natural» pudiese ser interpretado en términos teológicos o atribuible a una divinidad creadora.

 

Como era de esperar el libro no fue bien recibido (Fig. 5), pero a diferencia del libro anónimo publicado en 1844, aquella obra había que tomársela en serio. Quien lo había escrito era un respetable naturalista y en sus páginas aportaba numerosos ejemplos que explicaban su teoría. Aún así, no consiguió convencer ni a los naturalista de la época. En la sexta y última edición de su Origen, en 1872, Darwin confesaba: «He comentado hasta la fecha con muchos naturalistas el tema de la evolución y nunca he conseguido una opinión que no fuera adversa». Así que en todas las nuevas ediciones, se dedicó a modificar los textos e ir respondiendo a las cuestiones de los críticos de su obra. De las 4.000 frases que contenía la primera edición, sólo quedaron unas 1.000 sin alterar en la última. De hecho, fue cediendo a las críticas, de manera que la edición, que se acerca más a la teoría hoy en día aceptada, es precisamente la primera edición, pese a que en España sigue vendiéndose generalmente la sexta.

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Fig. 5. Caricatura de Charles Darwin aparecida en la revista satírica parisina “La Petit Lune” en 1878.

Lo sorprendente es que en todo el Origen, los pinzones no son mencionados ni una sola vez. Las Galápagos si que ocupan un par de capítulos, pero no solas, sino usando las islas volcánicas para ejemplificar su idea de como las especies cambian al colonizar nuevos espacios. Es obvio que gran parte del pensamiento de Darwin se basó en las diferencias observadas entre las islas volcánicas y los continentes, pero el archipiélago ecuatoriano, nos fue el único que visitó Darwin a bordo del HSM Beagle. Lo que parece claro, es que los pinzones, si bien pudieron ayudar a Darwin a hacerse preguntas sobre la diversificación de las especies, algo que en todo caso no sucedió en las Galápagos sino ya de vuelta en Inglaterra, no tuvieron peso en el desarrollo de su teoría. Los pinzones aparecen mencionados en 1845 en El viaje del Beagle, pero no volverían a aparecer mencionados en ninguna de sus obras teóricas posteriores.

«El fenómeno más curioso es la perfecta graduación en el grueso de los picos, en las diferentes especies de Geospiza, que varía entre el tamaño del de un pico-gordo y el de un pinzón; y (si Mr. Gould ha incluido con razón en el grupo principal, su subgrupo, Certhidea) hasta el del pico de un cerrojillo. El pico del Cactornis se parece algo al del estornino; el del cuarto subgrupo, Camarchynchus, afecta en cierto modo a la forma del de un loro. Al considerar esta radiación y diversidad de conformaciones en un grupito de pájaros tan próximos unos a otros , podía creerse que en virtud de una pobreza original de pájaros en este archipiélago, se había modificado una sola especie para llegar a fines diferentes».

Esta es la referencia que hace Darwin en 1845 a los pinzones de las Galápagos en El viaje del Beagle. Este pequeño párrafo fue en el que se basaron los estudiosos para deducir el impacto que supuso la visita al archipiélago y sus pinzones en el pensamiento de Darwin. En ese escrito Darwin sólo especulaba sobre la posibilidad de que todos los pájaros descendieran de un ancestro común, pero en realidad nunca estuvo seguro de si provenían de diferentes islas, ni desarrolló una teoría a su respecto. Tan poco convencido debía estar de las evidencias de lo propuesto, que nunca incluyó de nuevo a los pinzones en sus libros posteriores sobre la evolución de las especies. De hecho, los pinzones de las Galápagos quedaron en el olvido durante más de medio siglo hasta que se les bautizó como los «pinzones de Darwin», en 1936, un nombre que el ornitólogo David Lack acabó de popularizar con su libro Los pinzones de Darwin, en 1957. En sus páginas Lack describiría con detalle la evolución de los pinzones, incluyendo observaciones sobre la adaptación de los picos a los diferentes modos de alimentación, observaciones que Darwin nunca hizo, y promovió el mito de que fueron aquellos pájaros los que habían dado a Darwin la pista de la evolución.

Al pasarse a denominar los pinzones de Darwin, el mito sobre su importancia se extendió a todos los niveles sociales, más cuando empezó a aparecer en los libros de textos de escuelas y universidades. El dibujo de Darwin con los picos de los pinzones se convirtió en un icono de la evolución. Nadie duda que los pinzones son un gran ejemplo de microevolución, que demuestra como la morfología de los animales puede variar cuando la selección natural opera sobre ellos. Pero, también es cierto, que no fueron tan importantes para Darwin como la leyenda alrededor de las Galápagos nos quiere hacer creer. La llegada a las Galápagos no fueron un momento Eureka en el joven Darwin, ni la chispa que despertó su pensamiento evolucionista. 


Lecturas complementarias:

Anderson K. 2012. Narrative of the Beagle voyage, 1831-1836, 4 vols. London: Pickering & Chatto

Castrodeza C. 2009. La darwinización del mundo. Herder Editorial. 416 pp

Darwin C. 1845. El viaje del Beagle. Labor/Punto Omega. 2a Ed. 1984

Donohue K. 2011. Darwin’s Finches: Readings in the Evolution of a scientific Paradigm. Chicago University Press.

Estes G, Grant T, Grant P. 2000. Darwin in Galapagos. His footsteps through the archipelago. Notes and Records of the Royal Society 54:343–368.

James MJ. 2017. Collecting Evolution: The Galapagos Expedition that Vindicated Darwin. Oxford University Press 340 pp

Martínez AA. 2011. Science Secrets: The Truth about Darwin’s Finches, Einstein’s Wife, and Other Myths. University of Pittsburgh Press 344 pp

Sevilla Pérez A. 2017. Las islas Galápagos en Ecuador y la obra “El Origen de las Especies”. Universidad San Francisco de Quito Historelo 10:121–156

Sulloway FJ. 1984. Darwin and the Galapagos. Biological Journal of the Linnean Society 21:29–59

Sulloway FJ. 2005. The evolution of Charles Darwin. Smithsonian Magazine. December 2005

The Darwin corresponde project. Base de datos con los textos de las cartas originales escritas por Darwin en vida. University of Cambridge

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