Biodiversidad: la biblioteca natural que está ardiendo

«Hasta veinticinco morteros desde cuatro posiciones distintas de las colinas que rodean la ciudad han impactado la Biblioteca Nacional. Las calles adyacentes han continuado siendo bombardeadas durante todo el día para evitar que los bomberos puedan aplacar las llamas de la biblioteca. El ataque duró media hora. El incendio hasta el día siguiente. El sol de ensombreció por la humareda de los libros, y llovió papel carbonizado sobre la ciudad, delicadas páginas en gris ceniza cayeron como una sucia y negra nieve. Capturando esas páginas uno podía sentir su calor, y por un momento leer un fragmento de su texto en una especie de negativo gris y negro, hasta que el calor se disipaba y la página se desmoronaba en polvo en tus manos».

Así describió Kemal Bakaršić, el entonces bibliotecario del Museo Nacional de Sarajevo, la quema de la Biblioteca Nacional durante el asedio de la ciudad sufrido en 1992. Como antes había hecho la Alemania nazi quemando más de 24 millones de libros, o la China durante su Revolución Cultural, o Irak durante la ocupación de Kuwait, los serbios también se dedicaron a la destrucción sistemática de libros y documentos históricos durante el asedio de Sarajevo. Todas estas acciones tenían la misma función simbólica y pragmática. Destruir la información que sostiene históricamente a la cultura agredida, dejándola desnuda, desprovista de una memoria documentada que permita su renacimiento social y político. Quemar libros es quemar la herencia cultural para siempre. Un crimen contra la humanidad que hoy pocos pondrán en duda. 

Pues bien, nuestra librería de la vida está ardiendo y apenas se le presta atención. Me refiero a la biodiversidad, a la diversidad de especies y a la diversidad de variedades genéticas dentro de las especies que habitan el planeta. Todas esta variedad de organismos, desde el más sencillo organismo unicelular al animal más complejo, representan el conocimiento acumulado por los mismos durante millones de años de como sobrevivir a las diferentes condiciones ambientales. La naturaleza en su totalidad es la librería en la que podemos leer y aprender la historia de la vida. Hoy podemos decir que la humanidad, en estos momentos, está quemando esta librería. 

El suyo no es un fuego explosivo, no es una hoguera de libros que desprende grandes llamas y se extingue rápidamente, sino un quemar muchas veces discreto y silencioso, como brasas que van calcinando y no se apagan nunca. Porque la humanidad empezó este fuego hace mucho tiempo, aunque se ha visto intensificado en el último siglo. Durante mucho tiempo podía excusarse el incendio basándose en la ignorancia, en el desconocimiento de las consecuencias de las actividades sobre las especies y sobre nosotros mismos. Hoy esa excusa ya no es valida. Tenemos el conocimiento suficiente para exigir que se extinga el incendio. Para detener en lo posible la continua pérdida de diversidad. 

En la actualidad más de la mitad de la población vive en ciudades, y hasta un 80% lo hace en núcleos urbanos a menos de una hora de una gran ciudad. Es decir, para la mayoría de la población moderna, la naturaleza no forma parte de su vida diaria. Muchos de ellos sólo conocen la «vida salvaje» a través de la televisión si se entretienen alguna vez en ver un documental de naturaleza. Para muchos, los bosques, selvas, praderas, arrecifes o montañas son meros escenarios de películas de aventuras. Muchos de ellos incluso desconocen que el aire que respiran, el agua que beben y los alimentos que comen dependen en realidad de la biodiversidad.  

Hay funciones obvias que se han explicado miles de veces, necesitamos las plantas porque sin ellas no habría oxígeno, son «los pulmones del planeta». Igual que necesitamos a las abejas y otros insectos para polinizar las plantas. Sin ellos no tendríamos frutos. O no los tendríamos al precio que los tenemos. Los humanos hemos sabido usar los recursos de la biodiversidad muy bien, recursos que no somos conscientes, pero que, hoy que todo se mira desde una perspectiva mercantil, son gratuitos. Nos aprovechamos gratis de una gran parte de la producción y el trabajo que la naturaleza hace. Hay quien ha mirado de cuantificar el precio de los servicios que obtenemos de los diferentes ecosistemas. Según los estudios los humanos nos ahorramos billones de dólares, pues lo que la naturaleza produce representa el doble del Producto Interno Bruto (PIB) mundial. Sólo la pérdida de biodiversidad de Europa, se ha estimado que representa la pérdida del 3% de su PIB continental.   

Tenemos que entender que nuestras vidas dependen de especies de las que no hemos oído nunca ni sabemos nada

Otros beneficios de la biodiversidad no son tan obvios ni tan conocidos, ni mucho menos fáciles de cuantificara en términos económicos (Fig. 2). Ya sabemos que los árboles son básicos para eliminar el dióxido de carbono de la atmósfera y convertirlo en oxígeno. Los más efectivos parecen ser los más densos que habitan los bosques tropicales. Pues bien, estos necesarios pulmones en algunos lugares dependen indirectamente de unas tortugas concretas y monos araña que se alimentan de sus frutos y dispersan sus semillas por el bosque. Sin la contribución de estos animales la distribución de estos árboles sería mucho más limitada y su contribución a eliminar el dióxido de carbono menor.

Pero más allá de los árboles, existen las bacterias, por ejemplo las del género Prochlorococcus que llegan a producir hasta el 20% del oxígeno que respiramos. Estas bacterias, una de las formas más abundantes del planeta, no fueron descubiertas hasta recientemente, en el año 1986. Debemos tomar conciencia que nuestra vida puede depender de especies que desconocemos o de las que apenas sabemos nada.  

Los manglares y los arrecifes coralinos constituyen verdaderos muros de contención naturales, construcciones naturales de un valor incalculable. Muchos más eficaces que cualquier rompeolas construido por los humanos, ambos ecosistemas proporcionan protección a las poblaciones que viven cerca de la costa tanto de ciclones como de tsunamis.

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Fig. 2. Diagrama con algunos de los servicios que los ecosistemas llevan a cabo y de los que nos aprovechamos los humanos. Existen diversas categorías, desde servicios básicos de regulación de los sistemas, a los formación de los suelos, ciclos de nutrientes, como fuentes de medicamentos, de agua dulce, de comida, e incluso aspectos culturales vinculados con la estética, el ocio e incluso la salud mental. 

Miren donde miren, los científicos descubren nuevas interacciones entre las especies que ponen en evidencia la complejidad de los ecosistemas y la dependencia entre especies que garantiza la funcionalidad de los mismos. Descubrir las relaciones no es sencillo, muchas veces sus conexiones no se hacen evidentes hasta que precisamente fallan, veamos un ejemplo.

Viajemos hasta principios de la década de 1990 a la India. En aquella época los granjeros empezaron a usar en su ganado un fármaco, el diclofenaco, que tiene propiedades antiinflamatorias que les aliviaba el dolor y la fiebre. Los niveles del fármaco en las reses eran las correctas, los afectados sin embargo fueron los buitres a los que los granjeros arrojaban, como habían hecho siempre, las reses muertas. Los buitres fueron acumulando en sus cuerpos altas proporciones de diclofenaco hasta que su concentración resultó tóxica y los buitres empezaron a morir por insuficiencia renal. No murieron unos pocos, se calcula que en un breve periodo de 14 años, entre el 96 y el 99% de la población de buitres de la región falleció. De repente los animales muertos no tenían quien los aprovechase, los cadáveres se acumulaban, sus cuerpos se podrían y descomponían sin que nadie hiciese uso alguno de ellos. Se había eliminado del ecosistema una pieza que ofrecía un servicio del que sólo se fue consciente cuando dejó de estar. Pero la cosa no acabó allí. La vacante ecológica que los buitres habían dejado hizo que se disparase la población de perros silvestres que de repente tenían muchos recursos de los que alimentarse. Los alrededores de las aldeas se poblaron con sus mandas y con ello el número de ataques y mordeduras sufridas por las poblaciones humanas. Muchas de las mordeduras transmitieron la rabia a humanos, y se calcula que aproximadamente en esos 14 años, un mínimo de 48.000 personas murieron directa o indirectamente por las agresiones de los perros silvestres. Antes de su desaparición, nadie hubiese sabido evaluar el beneficio que tres, aparentemente insignificantes especies de buitres, proporcionaban a dicha comunidad. Tras la tragedia, India estimo que sus efectos habían tenido un coste al país que superaba los 24.000.000.000 de dólares. Cuando se retira de un ecosistema un o varias piezas es difícil a veces visualizar o proveer sus efectos, más que nada porque muchas de las interacciones nos son desconocidas.

Una librería llena de beneficios aún por descubrir 

Pero los beneficios de conservar en las mejores condiciones posible la librería de la vida van más allá de nuestro conocimiento actual. Muchas de las medicinas o sus principios activos se obtienen de la naturaleza. Desde tiempos inmemoriales los humanos aprendieron y apreciaron las propiedades curativas de ciertas plantas. Hoy mucha gente no es capaz de reconocer un sauce blanco (Salix alba) en la naturaleza, muchos tan siquiera serán capaces de relacionar su nombre al de un árbol. Pero seguro que todo el mundo sabe lo que es una aspirina y como hacer uso de ella. Los precursores de la aspirina fueron los griegos clásicos, que ya dejaron constancia en sus escritos del uso de la sustancia amarga que obtenían de la corteza del sauce blanco para calmar múltiples tipos de dolores y aliviar la fiebre. Siglos más tarde se consiguió extraer de la corteza el principio activo (salicina) en su forma cristalina. De ahí salió el ácido salicílico y la aspirina.

La quinina, es otro producto que supuso una revolución médica por sus propiedades antipiréticas, antipalúdicas y analgésicas. Como la aspirina, este alcaloide tan importante hoy en día, se obtiene de la corteza de algunas especies del género Cinchona. Una serie de arbustos y árboles cuyas propiedades curativas eran conocidas por los nativos americanos. Su fama alcanzó Europa cuando se descubrieron sus propiedades para combatir la malaria. Sin ir más lejos, la palabra «quina»« en quechua significa «corteza», y a la del Cinchona la denominaban quina-quina, «corteza de cortezas», dando lugar así al nombre quinina. 

Como la aspirina y la quinina, alrededor del mundo hay miles de compuestos derivados de plantas y animales que usan diariamente para elaborar medicinas. Algunos estudios estiman que en la actualidad se hace uso de unas 50.000 plantas medicinales, teniéndose constancia al menos del uso de 29.187. Estas plantas son la base de más del 50% de las medicinas actuales. El conocimiento y uso tradicional de la biodiversidad se ha visto sin embargo también afectado por la globalización. Por ejemplo, la farmacopea brasileña que en 1926 reunía 196 especies de uso medicinal, en 1959 descendió a 32, para caer a sólo 4 en su edición de 1977 y aumentar en 2010 hasta las 65 especies. Sin embargo el aumento de 2010 se debe a la inclusión de plantas medicinales de origen europeo y asiático, sólo 14 especies son originales de Brasil a pesar de tener una riqueza enorme de plantas en sus bosques amazónicos. Este problema afecta también a países europeos, la farmacopea inglesa ha visto como aumenta el uso de especies asiáticas por la popularidad de la medicina tradicional india (Ayurveda) mientras plantas nativas caen en desuso. Estimar cuantas especies se usan actualmente con fines medicinales no es tarea sencilla, mientras que la farmacopea china sólo incluye 563 especies, se ha documentado el uso medicinal de entre 10.000 y 11.250 especies distintas en toda China, lo que representa aproximadamente el 34% de la flora nativa del país. 

Entre 1940 y 2002 el 40% de las medicinas anticancerígenas se obtenían o derivaban de productos naturales. Lamentablemente, más de un 20% de las mismas están en riesgo de extinción a nivel local, regional o global debido a la deforestación.

La deforestación también puede tener otras consecuencias pésimas para avanzar en nuestra búsqueda de nuevos antibióticos. La denominada «edad dorada» de los antibióticos en las décadas de 1950–1960 basada en las bacterias actinomycetales parece no dar más de sí. Hoy unas 700.000 personas mueren anualmente por resistencia a los antibióticos, y se estima que el problema de la resistencia en 2050 afectará a 10 millones de personas al año. Los investigadores han vuelto al origen y buscan ahora en los bosques tropicales nuevas fuentes de recursos para combatir las infecciones del futuro.

La gran tragedia actual es que precisamente la gran biblioteca de la vida que constituyen los bosques tropicales está literalmente ardiendo. Cada año aproximadamente se queman 340 millones de hectáreas de zonas vegetales, desde praderas, zonas de matojos a bosques tropicales (Fig. 3). Unos valores anuales que se han mantenido más o menos estables desde que se inauguró el siglo XXI. Obviamente entre todos estos incendios se desvanecen especies, algunas completamente desconocidas a las que ni tan siquiera hemos identificado y puesto nombre, y muchas que conocemos pero de las que no sabemos apenas nada. Ni como era su ecología, por tanto tampoco su función ecológica en el ecosistema, ni si tenía potencialmente algún uso para nosotros.

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Fig. 3. Mapa con en verde aquellos países que en los últimos 25 años han visto aumentada su masa forestal, y en naranja, rojo, los países que han sufrido grandes pérdidas de masa forestal. Los bosques tropicales son hoy en día los que están desapareciendo, y son también los que albergan una mayor biodiversidad.

En la actualidad se conocen 1,7 millones de especies, pero posiblemente existan entre 8 y 9 millones, lo que quiere decir que queda mucho trabajo por hacer. Y sobre todo, que existe un enorme potencial. Imagínense que se supiese que existe en algún lugar una biblioteca antigua que alberga millones de libros y documentos hasta el momento desconocidos. Así es la Tierra, un lugar lleno de información desconocida. Si a los 8-9 millones de especies le añadimos, que muchas de ellas podrían multiplicarse mediante estudios genéticos que nos desvelasen diferencias genéticas que no se aprecian en su morfología, y sumamos las bacterias y los virus, el número de organismos podría dispararse a los 1.000 millones. Una simple cucharadita de café con tierra del suelo contiene entre 10.000 y 50.000 tipos diferentes de bacterias. Piense ahora en todos los diferentes tipos de suelo que hay en el mundo, y en las aguas también pobladas por miles bacterias, desde pequeñas charcas, a lagos, mares y océanos. Los números a pesar de parecer astronómicos son terrestres, son el producto de millones de años de evolución. 

La mitad de las aguas se dedican a hoy a la pesca industrial, un área mayor que la empleada a nivel mundial a la agricultura

La pérdida de las grandes especies de mamíferos u otros grandes vertebrados es bien conocida. Hay numerosos reportajes sobre famélicos osos polares deambulando por un polo que se está desvaneciendo, o sobre los problemas de la caza furtiva sobre los elefantes. El 25% de los mamíferos conocidos están en la Lista Roja de la IUCN como especies amenazadas. El porcentaje de aves es un poco menor, un 13%, mientras que la de los anfibios se acerca a la mitad de sus especies, 41% (Fig. 4). En el mar, entre los peces, las cosas no van mucho mejor. La mitad de las aguas se dedican a hoy a la pesca industrial, un área mayor que la empleada a nivel mundial a la agricultura. De esta explotación de los mares, la mitad corresponde a China, cuya flota de barcos pasa más de 15 millones de horas anuales en alta mar. Le siguen muy de lejos, Taiwan, España e Italia, con aproximadamente cada una de ellas 2,5 millones de horas acumuladas en sus embarcaciones. La quinta posición es para Francia con 2 millones. Estas cinco naciones representan el 85% del esfuerzo pesquero mundial, convirtiéndose así en los principales responsables de la sobrepesca a nivel mundial. 

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Fig. 4. Diagrama con el porcentaje de especies amenazadas en diferentes grupos: en mamíferos es del 25% de las especies, en anfibios el 41%, en aves el 13%, en reptiles el 39%, en peces 23%, en plantas con flor un 5%, en plantas sin flor un 3%, en crustáceos un 3%, en insectos sólo un 0,3%. Pero en insectos, crustáceos, arácnidos, moluscos y otros grupos los valores no son comparables al de mamíferos, aves, anfibios, reptiles o peces donde el número de especies y su estatus más o menos se conoce, en los otros todavía se desconoce un gran número de especies y mucho más el estado de sus poblaciones.

Nada parece estar a salvo de la explotación humana del planeta. Recuerdo como de niño, el profesor de Ciencias Naturales de EGB nos dijo que de haber un apocalipsis nuclear, algo muy en boga en aquellos últimos años de la guerra fría, las cucarachas y los insectos nos sobrevivirían. Existe una especie de percepción social de que los insectos, estos animales, bichos o bichejos, casi siempre conocidos por sus representantes más molestos para nosotros –lease moscas, mosquitos, hormigas que se nos cuelan en las despensas de casa, o cucarachas que aparecen tras la nevera cuando menos se esperan–, son resistentes a todo. Sin embargo, nuevos estudios están haciendo evidente su declive. En Alemania han observado que en los últimos 27 años la masa de insectos voladores en parques naturales ha caído entre un 72% y un 82% en función de la estación del año. Si la simple caída del número de abejas ha generado un crisis por su enorme papel polinizador, ¿cuáles pueden ser las consecuencias de estas pérdidas para los ecosistemas? ¿Cuánto tardaremos en ver los efectos? ¿Cómo afecta eso a las aves que se alimentan de ellos? ¿A las plantas que son polinizadas? Los insectos son la base de muchos de los ecosistemas, cumplen muchas funciones. «Si perdemos los insectos todo colapsará» dijo al publicarse el estudio el profesor Dave Goulson de la Universidad de Sussex.

España es la tercera flota pesquera que más horas acumula explotando los recursos marinos

Y si en tierra a los insectos las cosas no les van bien, a los animales de agua dulce las cosas aún les van peor. Lagos y ríos son los ambientes más frágiles y más afectados. El uso masivo por la industria y la agricultura de las aguas continentales, así como su contaminación, ha dado lugar a que desde 1970, las poblaciones de animales que viven en estos ambientes, han perdido el 81% de sus individuos. Y para acabar de noquear a las especies nativas se introducen nuevas especies exóticas que compiten con ellas, con el fin de satisfacer muchas veces a las sociedades de pescadores deportivos.

Así están las cosas, en los países más ricos, Europa y Norteamérica, algunas especies muestran síntomas de recuperarse, mientras en el resto de las regiones la destrucción de los hábitats sigue imparable y con ello la destrucción de su biodiversidad. Las plantas y animales del planeta se están desvaneciendo ante nuestros ojos y nadie quiere verlo. Son como los textos calcificados que Kemal Bakaršić describía durante la quema de la Biblioteca Nacional de Sarajevo, intuía sus textos justo antes de que el papel enfriado se descompusiese en ceniza entre sus dedos.

En la actualidad hay dos grandes retos ambientales: la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Durante un tiempo, en la última década del siglo XX ambos problemas fueron tratados por los medios de una manera similar, informando y alertando a la gente de sus peligros y consecuencias, pero con el cambio de siglo las cosas cambiaron. Hoy la cobertura periodística del cambio climático es de entre 3 y 8 veces mayor a la que se dedica a la biodiversidad (Fig. 5). Quizás el desequilibrio se deba al escepticismo por una parte de la sociedad al cambio climático. Toda noticia sobre estudios relacionados con el cambio climático desencadena una enorme reacción en sus foros. Para un periódico, los titulares relacionados con el cambio climático tiene un impacto considerable, generan controversia y consecuentemente acaban proporcionando beneficios económicos al medio. Las noticias sobre biodiversidad pasan mucho más desapercibidas. Ahí no hay polémica.

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Fig. 4. Figura donde se representa el número de menciones en los medios de temas relacionados con el Cambio Climático (CC: en marrón) y con la BioDiversidad (BD: en verde). Obsérvese como de estar igualmente representados en los medios a finales del siglo pasado, en lo que llevamos de siglo, el cambio climático ha pasado a ser un tema diario bien representado en los medios y debates políticos, mientras que el interés por la biodiversidad se ha mantenido igual que hace casi 30 años. Original de Legagneux et al. 2018 Frontiers in Ecology and Evolution

Los efectos del cambio climático, por otro lado, pueden siempre ser percibidos por el público. Cada vez que hay una gran nevada, se evoca al cambio climático, si llega un fin de semana cargado de tormentas torrenciales, lo mismo, al llegar el verano, cada día que se alcance una temperatura algo exagerada se volverá a mencionar el cambio climático. Los humanos llevamos obsesionados con la meteorología desde tiempos inmemoriales, y eso a ido a más desde que apareció el primer «hombre del tiempo» en un noticiario. Si antes en el ascensor alguien decía «está nublado, parece que va a llover» cuando no sabía que decir, ahora se dice «han dicho que para el fin de semana se esperan lluvias». Todos hablamos del clima, una semana nos quejamos del frío excesivo, de lo largo del invierno que no se acaba, y dos semanas más tarde, abanico en mano, la señora de la cola de la pescadería se queja del verano incipiente, antes incluso de que este empiece. Se oye «antes no hacía tanto calor», «es cosa del cambio climático», y todo el mundo corre a sacar del altillo el ventilador o a instalarse un aire acondicionado en el comedor, para que las largas tardes de verano sentado frente a la televisión sean más soportables. El clima nos afecta y por ello hablamos de ello. Porque nos afecta a todos. El vínculo directo que existe entre el clima que nos afecta el día a día y el cambio climático permite que se hable en los medios de una manera más natural y comprensible al público general. Sin embargo, la desaparición de una planta o un animal no parece que nos afecte, si leemos una noticia sobre la existencia del último ejemplar de una especie en un lugar remoto de un continente lejano, no sabemos ver las consecuencias de dicha pérdida. No de momento. El mayor éxito de comunicación en este sentido ha sido posiblemente la desaparición de las abejas que ha conseguido llegar a un público más amplio. El mensaje sobre la funcionalidad de las abejas en la naturaleza y el beneficio que obtenemos los humanos de su función es entendido hoy por amplios sectores de la sociedad. 

Hoy muchos tienen consciencia de los posibles efectos climáticos, aunque sea indirectamente, el discurso de la globalización del fenómeno ha calado y se ha entendido, aunque sea por la vía del miedo, que al final parece que siempre es la más efectiva. Los medios hablan de que de seguir así las emisiones de CO2, muchas regiones se volverán más áridas, que habrá conflictos por el agua, que los campos serán menos productivos y que aumentarán las migraciones empujadas por el cambio climático. La cadena de sucesos y consecuencias son más próximas y más sociales. Se han comprendido mejor. La desaparición de un ecosistema sin embargo sigue sin entenderse. La complejidad y fragilidad al mismo tiempo de algunos sistemas naturales y como afecta las actividades humanas sigue sin llegar al público general. No se ven en televisión debates o documentales que nos avisen de lo nocivo que resulta el ir perdiendo especies año tras año. Quizás el error esté, en parte, en los científicos que se dedican a la biodiversidad, que invierten menos tiempo en divulgar y dar a conocer sus consecuencias que aquellos que se dedican al estudio del cambio climático. Quizás debería haber un cambio de actitud, intentar llegar al público general explicando la función de los ecosistemas, las interconexiones entre los organismos y sistemas, así como los servicios que los ecosistemas nos prestan, y las repercusiones que tendría sobre nosotros y nuestra economía en el momento de que dejasen de funcionar. Pensemos otra vez en el caso de las abejas. El mensaje de la pérdida de beneficios al perderse el polinizador natural de árboles frutales y otros vegetales ha calado bastante.

Existe un gran debate entre los expertos en si intentar poner precio a los servicios de las especies o los ecosistemas, ayuda o no, a la conservación de la biodiversidad. La economía de los ecosistemas, lo que en inglés se denomina The Economics of Ecosystems and Biodiversity (TEEB), se desarrolló por primera vez en la reunión de Postdam de 2007 para ayudar a gestores a reconocer el valor de los servicios que proporciona la naturaleza a los humanos. Dar cifras de los beneficios que nos proporciona un ecosistema nos ayuda a hacernos un idea de la importancia del mismo, pero al mismo tiempo puede hacer que los gestores y políticos tomen medidas y acciones sólo en base al beneficio de servicios que nos presta un ecosistema, sin considerar en realidad la biodiversidad de los mismos. Por otro lado, igual que los precios de cualquier otra cosa, el precio de una especie o un ecosistema oscilará en función de las reglas del mercado como lo hace cualquier otro. El precio de todo recurso varía en base a la oferta y demanda. Tener un bosque solamente valorado por su capacidad de retención de CO2 puede hacer que en el futuro, si bajan los niveles de CO2 ambiental, su valor en el «mercado» caiga y por tanto su protección. En un mundo, que funciona básicamente solo en argumentos económicos, la supervivencia de la biodiversidad no es fácil de gestionar. Ponerle precio hará que la economía en ocasiones favorezca su conservación y en otras no. Y esta dualidad es precisamente la que la biodiversidad no se puede permitir. Cada especie es un producto irrepetible fruto de la evolución. La pérdida de una especie es definitiva, es un daño irreparable que no puede recuperarse. Volviendo al símil de la biblioteca del principio, equivale a la destrucción de un manuscrito sin que existan copias del mismo. Si un libro destruido representa la pérdida de una voz única, la extinción de una especie representa la pérdida de una historia única, con todo lo que ello representa. No podemos permitirnos el lujo de seguir que nuestra biblioteca natural siga ardiendo como lo está haciendo. Hay que hablar de ello, hacer que se reconozca su importancia y que se pongan en marcha medidas que intenten extinguir el incendio antes de que sea demasiado tarde.

 


Lecturas complementarias:

 

 

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