Situación actual de las editoriales científicas

Nos encontramos en 1665, año en el cual van a aparecer las dos primeras publicaciones periódicas científicas. Estas son el Journal des Sçavans en Paris editada por Denis de Sallo, y el Philosophical Transactions of the Royal Society en Londres editado por Henry Oldenburg. Ambas revistas se publicaron con el consentimiento real de Luís XIV y su apoyo a la Académie Royale des Sciences en Francia, y con el soporte y autorización real a la Royal Society en Inglaterra. Todo y contar con un fuerte apoyo institucional ninguna de ellas ha gozado nunca del título de publicación oficial. La edición francesa desaparecerá con el tiempo, pero la británica conseguirá establecerse hasta el día de hoy, contando con más de 350 años de antigüedad, la institución que mediante su publicación daría pie al sistema moderno de difusión del conocimiento técnico y científico. ¿Pero cómo?

Su concepto había nacido cinco años antes, fruto de las reuniones de prominentes científicos de la época como Newton, Boyle, Hooke y Odelburg que abogaban por una transmisión más rápida y eficiente del conocimiento científico (Porter 1964). Hasta entonces las ediciones científicas se reducían a libros, la mayoría autopublicados, cuando los investigadores conseguían reunir una gran cantidad de datos y conocimientos suficientes como para elaborar con ellos un libro de grandes proporciones. La transmisión de conocimiento entre científicos se concentraba en las asociaciones de los diferentes países, la publicación de libros muy de vez en cuando, y el correo entre algunos de ellos. Pero en general las novedades, los avances en cada campo, se difundían lentamente y tardaban bastante tiempo en transcender más allá de los pequeños círculos sociales en los que los descubrimientos tenían lugar. Con la idea de acelerar y mejorar esa comunicación entre la comunidad científica nacieron sendas publicaciones. La filosofía de la Philosophical Transactions era: una publicación o comunicación por experimento u observación. La idea, difundir los descubrimientos científicos lo más rápido posible a la comunidad científica para el bien general y su mayor desarrollo. El concepto caló en la comunidad rápidamente por su mayor flexibilidad, velocidad de publicación, reducción de costes y riesgos para los autores respecto a las autoediciones de sus libros, así como el establecimiento de un registro de los trabajos que evitaba dilemas y discusiones entre rivales sobre el origen y autoría de las teorías (Moxham 2015).

Tal fue su éxito que a los pocos años otras asociaciones se animaron con sus propias revistas periódicas. La mayoría de esos primeros proyectos desaparecieron con el tiempo, hasta que entrado el siglo XIX hubo un auge de las mismas y desde entonces su crecimiento no ha cesado. En 1990 se contabilizaban unas 5.000 publicaciones y se estima que a día de hoy existen más de 30.000 revistas científicas (Eisen 2013). Es obvio que aquella iniciativa del año 1665 había alterado la manera en la que el conocimiento científico se transmitía y se comunicaba. Antes de alcanzar los espectaculares números actuales de revistas y artículos científicos, Thoma Henry Huxley en enero de 1866 en una conferencia sobre el progreso intelectual mencionó:

If all the books in the world, except the Philosophical Transactions, were destroyed, it is safe to say that the foundations of physical science would remain unshaken, and that the vast intellectual progress of the last two centuries would be largely, though incompletely, recorded.

En aquel momento, la propia revista había elaborado un catálogo de revistas científicas, indexando casi 1400 publicaciones periódicas, que se habían ido ya entonces especializando en diferentes campos. Pero a pesar de su éxito, las publicaciones académicas, han contado con críticas casi desde sus inicios. Ya cuando Odelburg y sus ayudantes gestionaban la primera revista recibieron protestas por casos de favoritismo, corrupción e incompetencia a la hora de evaluar o publicar unos trabajos y no otros. Ello forzó que en el siglo XIX las publicaciones académicas adoptaran el sistema moderno de revisiones externas al propio equipo editorial con el fin de garantizar la publicación de trabajos basados simplemente en su calidad científica y no en las preferencias personales del equipo editorial, restando así importancia al peso de editores poderosos a la hora de censurar el conocimiento o teorías publicables. Instaurándose así la revisión por pares mediante revisores expertos externos y anónimos a los autores.

 

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Figura 1. Siguiendo las agujas del reloj: primera página del primer número del Journal des Sçavans (de la reimpresión del mismo de 1723), de la Philosophical Transactions (Londres, 1665), Nature (Londres, 1869) y del Philosophical Magazine (London, 1798). Fuente original: Royal Society publishing

A día de hoy, algunos de estos problemas persisten, las medidas tomadas no son suficientes para detectar todos los posibles errores ni evitar casos de favoritismo por parte de los revisores o los editores hacia ciertos autores. Cada año aparecen casos de fraudes científicos que las editoriales han sido incapaces de detectar en su momento (da Silva 2015), así como la discriminación a autores femeninos o con nombres o afiliaciones no anglosajonas (Bentley & Adamson 2003; Einav & Yariv 2004; Leimu & Koricheva 2005; Bornmann & Daniel 2009; Borsuk et al. 2009). Algunos de estos problemas se han intentado resolver o reducir por parte de algunas editoriales aplicando una revisión por pares doble ciego. Estrategia que mira de preservar la integridad del proceso de arbitraje, desconociendo los evaluadores externos la identidad y afiliación de los autores. Todo y así, los métodos empleados, la teoría, el modelo estudiado, etc…, puede revelar en muchos casos la identidad de los autores. Como alternativa, recientemente se ha sugerido que las revistas digitales incluyan en la publicación los comentarios de los árbitros y editores durante el proceso de revisión, así como las respuestas de los autores con el fin de que todo el proceso quede expuesto y bien documentado, alegando una mayor transparencia de todo el proceso de aceptación de los trabajos. Sin embargo de momento estas ideas no han calado en el mundo académico que sigue prefiriendo el anonimato de las revisiones (da Silva & Dobránszki 2015).

Pero no debo adelantarme a los acontecimientos y analizar la situación actual de las publicaciones científicas, sino seguir indagando un poco más en el pasado para así posteriormente comprender las problemáticas a día de hoy. Como decía, la revisión por pares externos asentó sus bases durante el siglo XIX, durante el cual florecieron la mayoría de las revistas científicas que aún hoy siguen siendo consideradas las más importantes (Science, Nature, The Lancet, The Journal of the American Medical Association, etc…). Todas ellas bajo la noble misión de promover y difundir el conocimiento entre los científicos y el conjunto de la sociedad. Como ejemplo, véase lo que rezaba como objetivo la primera edición de la revista Science:

“[…] afford scientific workers in the United States the opportunity of promptly recording the fruits of their researches, and facilities for communication between one another and the world“.

A pesar de sus nobles principios, las revistas nacidas de las propias asociaciones científicas o de universidades, que garantizaban la comunicación entre sus miembros, pronto tuvo que enfrentarse con los problemas reales del mundo editorial. Todo y la aparición de nuevas tecnologías de impresión y los nuevos medios de transporte desarrollados durante la Revolución Industrial, la demanda de autores que querían publicar en sus páginas y la de lectores que querían acceder a sus contenidos, llevaron a las mismas a adoptar dos mecanismos que a día de hoy siguen vigentes. Por un lado la aplicación de filtros en los trabajos publicados basados en líneas editoriales y no por su calidad científica, dada la limitación física del número de páginas a imprimir en cada volumen, y el envío de sus contenidos sólo a los suscriptores de las revistas que deben pagar unas cuotas para mantener el funcionamiento de la misma (Almeida 2013). Estas dos políticas que en su momento tenían su razón de ser, son al mismo tiempo las principales causas de los grandes debates y cambios que está sufriendo el mundo editorial científico en la actualidad. La llegada de internet y su inconmensurable capacidad de comunicar, almacenar y difundir conocimiento a casi tiempo real, la brecha entre las estrategias editoriales y los intereses de los académicos de dar a conocer sus trabajos no han hecho más que aumentar, surgiendo verdaderos conflictos entre los dos grupos interesados: los científicos y las editoriales.

La Primavera académica 

La desconexión entre investigadores y las editoriales tradicionales ha ido in crescendo. Hasta hace poco el sistema establecido de selección de artículos y el sistema de pago mediante suscripción se mantenía por los costes que las editoriales debían soportar: (1) limitaciones físicas del número de trabajos aceptados a la hora de imprimir, y (2) el coste de hacer accesible la revista física a los lectores (distribución). Con internet y la era digital gran parte de estas limitaciones desaparecen. Las limitaciones físicas en una revista digital son casi infinitas, y sus costes de edición y distribución también son considerablemente menores que los de las revistas clásicas de papel. Sin embargo los problemas persisten e incluso han ido a más con el tiempo.

El principal problema es producto de la adquisición de las revistas de las asociaciones científicas por las grandes editoriales (ver figura 2) (Larivière et al. 2015). Ello ha generado una concentración de revistas bajo un número reducido de editoriales creándose así un oligopolio editorial donde Reed-Elsevier, Springer, Wiley-Blackwell, Taylor & Francis y Sage publicaron en 2013 más de la mitad de la literatura científica (Krisch 2015). Entre 1973 y 1990 apenas cubrían el 10% de las publicaciones, aumentando al 15% durante la década de los 90 y alcanzando el 51% en 2013 (Larivière et al. 2015). Esta concentración de poder del conocimiento contradice las ideas que nacieron con la llegada de internet que auspiciaban grandes cambios. En lugar de liberarse el conocimiento, la llegada de la era digital parece haber beneficiado a los grandes grupos editoriales adueñándose de más de la mitad de las publicaciones académicas (Larivière et al. 2015), las pequeñas editoriales de asociaciones sin tiempo para adaptarse a los cambios editoriales marcados por internet han sucumbido a integrarse en las grandes, renunciando con ello a sus principios fundamentales de originar canales de comunicación y difusión del conocimiento para el beneficio de editoriales comerciales cuyo objetivo primordial es el beneficio económico.

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Figura 2. Transferencia de revistas en las últimas décadas. Fuente original de Larivière et al. 2015.

Se ha estimado que cada año las universidades, gobiernos y otras entidades gastan más de 10.000.000.000 de dólares para acceder a los artículos que sus científicos han cedido gratuitamente o han revisado gratuitamente como editores asociados o revisores externos (Eisen 2013). Un estudio de 2011 estimaba que la industria editorial científica costaba unos 9,4 mil millones de dólares y publicaba alrededor de 1,8 millones de artículos, que implica un coste medio de más de 5.000 dólares por artículo (van Noorden 2013). Dejando un margen de beneficio a las editoriales que oscila entre un 20 y un 30%. En el ámbito de las ciencias técnicas y medicina el margen de beneficio no ha parado de incrementar incluso durante el período de crisis, de un 30,6% a un 38,9% entre 2006 y 2013 (Larivière et al. 2015).

La relación entre académicos y las grandes editoriales ha ido deteriorándose considerablemente hasta febrero de 2012, cuando apareció el movimiento “The Cost of Knowledge“. Una propuesta cuya idea fue boicotear a la editorial Elsevier por sus precios inflados, a pesar de reconocer unos beneficios del 36% (Flood 2012). El boicot se argumenta por los altos precios en las suscripciones de revistas individuales, por los “paquetes” de revistas de diferente valor e importancia sin flexibilidad para escoger las revistas de interés, y por el apoyo de la editorial a la SOPA y otras leyes de protección en redes digitales (Protect IP, Research Works Act), que implican añadir al consumidor un canon digital por el alto riesgo de piratería (The Cost of Knowledge 2012). El movimiento que en la actualidad cuenta con 15.496 académicos suscritos (a fecha de 6 de febrero de 2016), fue bautizado como la “Primavera académica” (Akademischer Frühling en el original en alemán) en relación a la Primavera árabe.. El boicot implica negarse a revisar o publicar en revistas bajo el paraguas editorial de Elsevier. Algunas universidades, entre ellas la de Constanza, Harvard y California, se unieron al movimiento cancelando sus suscripciones alegando que el incremento de un 30% en sus tarifas es agresivo y va contra la filosofía de difusión del conocimiento (Vogel 2014; Sample 2012; Howard 2010) . Si bien parece que el boicot obtuvo sus pequeños resultados, con rebajas de los precios por parte de Elsevier y aceptando que algunos trabajos pudiesen publicarse previamente a su aceptación de manera gratuita en otras plataformas de difusión gratuita, los problemas generales de un modelo editorial que se considera antiguo y obsoleto perviven (Arnold et al. 2013).

Para mantener su nivel de beneficios en la edición digital muchas editoriales han renunciado a llevar a cabo tareas que antes realizaban. Los autores ahora deben ceñirse a unos formatos específicos antes de entrar en el proceso de revisión y aceptación de manera que la maquetación es rápida, se han suprimido los servicios gratuitos de servicio de edición de los textos, etc… una vez el trabajo es aceptado, previa revisión externa (gratuita por otros académicos) el proceso editorial es rápido y casi inmediato al tener el manuscrito ya el formato requerido y no revisarse a nivel gramático el trabajo. La era digital sin duda reduce ha reducido los costes de las editoriales científicas pero ello no aparece reflejado en sus precios. Pero no sólo eso, sino que además siguen con políticas de copyright que impiden en muchos casos a los autores distribuir y dejar a disposición de sus compañeros sus trabajos en sus páginas webs personales o de las instituciones, asegurándose así la adquisición de los trabajos a través de la editorial previo pago (por suscripción, compra o “alquiler” del artículo online). Los grupos editoriales comerciales se han hecho con el control de gran parte del sistema científico y apenas aportan servicios extras. Así pues cabe preguntarse, ¿qué es lo que impide que la comunidad científica se organice y prescinda de dichos grupos con los actuales medios disponibles digitales?

Para responder a eso es necesario entender como está estructurada una carrera académica ideal y las cadenas que ha ido cerrando sobre si misma imposibilitando ahora mismo el prescindir de las revistas y los grandes grupos editoriales. No es algo que las editoriales planeasen, pero algo de lo que han sabido sacar un buen provecho. Publicar es la razón principal de un investigador, pero no sólo por cuestiones filosóficas o idealistas, sino para avanzar en el desarrollo de su carrera. Publicar es una cuestión de prestigio y de necesidad económica. El Curriculum Vitae de un investigador joven se evalúa básicamente en función, no sólo del número de publicaciones, sino del “impacto” de las mismas, de la importancia de la revista en la que se han publicado. No todas las revistas tienen el mismo valor, sino que se ha desarrollado un sistema de evaluación de las mismas que les dota de un valor de relevancia o importancia, siendo el  denominado Impact Factor es el más usado a la hora de conceder becas, proyectos, obtener plazas, etc. Una idea que apareció mencionada por primera vez en la revista Science en 1955, gestándose en 1961 el Genetics Citation Index un índice que crearon Irving H. Sher y Eugene Garfield, a partir del Science Citation Index (SCI), y que ha culminado finalmente el Journal Impact Factor (JIF) que procura considerar el número de artículos publicados por cada revista y sus citaciones en lugar de sólo contabalizar citaciones para evitar que las revistas pequeñas con menos publicaciones aparezcan infravaloradas ante las grandes revistas. El tema en sí es tan complejo, que en las últimas décadas ha surgido una revista propia para analizar alternativas para medir las citaciones e indexar las revistas, la International Society of Scientometrics and Infometrics. Sin duda el índice no resulta perfecto, y aún menos como medida para evaluar y juzgar la calidad científica de un investigador como advierte uno de sus creadores (Garfield 2006).

Impact Factor is not a perfect tool to measure the quality of ar- ticles but there is nothing better and it has the advantage of al- ready being in existence and is, therefore, a good technique for sci- entific evaluation. Experience has shown that in each specialty the best journals are those in which it is most difficult to have an ar- ticle accepted, and these are the journals that have a high impact factor. Most of these journals existed long before the impact fac- tor was devised. The use of impact factor as a measure of quality is widespread because it fits well with the opinion we have in each field of the best journals in our specialty.” (Hoeffel, C. Journal impact factors. Allergy 1998; 53:1225)

Pero es innegable que a día de hoy el mundo académico y el de la investigación gira alrededor de las publicaciones y de su índice de impacto. Publicar en revistas independientes o sin índice de impacto resulta poco más que un “suicidio académico”. Ello da lugar a que las revistas más importantes de cada campo tengan garantizado un inmenso número de estudios por publicar independientemente de sus tarifas y políticas, aprovechando la delicada situación en la que se encuentran los investigadores, especialmente aquellos que inician su carrera académica y dependen únicamente de las becas para seguir en ella. Afortunadamente poco a poco parece que van surgiendo alternativas al circuito editorial clásico y la comunicación científica puede sufrir grandes modificaciones que se discutirán en la próxima entrada.

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Referencias

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