¿Nos importa que se extingan las especies?

Los humanos los hemos soñado desde hace 33.000 años. Quedan pinturas de esos años en las cuevas, en los pergaminos, en los tapices, montañas de fotografías y películas de los últimos siglos… y sin embargo muchos de ellos ya no están. Ya sólo quedan recuerdos entre los más ancianos de nosotros, de los afortunados que los vieron andando, descansando, recostados contra horizontes que ya no existen. Se van desvaneciendo: jirafas, elefantes, rinocerontes, tigres, linces, gorilas, orangutanes, osos, lobos, ranas, lagartos, abejas, peces, plantas, etc…, todos ellos en un futuro próximo conformarán un imaginario del pasado con el que solo podrán pintarse sueños.

Cuando llegado ese punto miremos atrás, percibiremos ese período como uno en el cual la naturaleza andaba enlutada, venerando a esa luz que es la vida que parecía escapársele. Pero, que pasado ese momento, seremos nosotros, los humanos, los que llevemos su luto, porque la vida sin ellos habrá cambiado de significado. Los mundos de nuestra memoria, serán sólo eso: memoria. Habrán dejado de existir. Con nuestras acciones habremos puesto límites al misterio infinito de lo vivo, podando las ramas de la evolución, restringiendo su riqueza a aquellos organismos que nos sean necesarios, o al menos no molestos, a los que consigan adaptarse y diversificarse en un planeta entregado al consumo y explotación de una única especie: la nuestra. La exuberancia de la biodiversidad se habrá difuminado ante nuestra mirada impasible. Lo sabemos por el estudio de los registros fósiles, en estos casos no existe el solsticio, los desaparecidos no volverán, y cuando miremos en ese futuro no tan lejano al presente, veremos que éste fue un tiempo de exterminio, una suerte de holocausto. Debemos ser conscientes de ello. Afrontarlo y avergonzarnos por ver venir la tragedia sin hacer nada.

Si tecleamos hoy en día en Google: ¿Por qué se extinguen las especies? En poco menos de un segundo obtenemos alrededor de 4.560.000 resultados, la mayoría de ellos dando explicaciones sobre las razones actuales de las extinciones que no mencionaré en esta entrada, pues sobre ello ya hay mucho escrito, y a día de hoy, la mayoría de la gente interesada sabe perfectamente cuales son las causas principales de las extinciones modernas. En casi todas ellas se hará referencia a los humanos como la principal amenaza para la vida terrestre. Las pruebas científicas que se han ido recogiendo a lo largo de las últimas décadas son irrefutables, nuestras huellas están en casi todos los escenarios de extinción actuales: bien como agentes directos o indirectos. Sin embargo, las extinciones masivas como las actuales no son una novedad en nuestro planeta. De hecho, si analizamos los estratos geológicos y sus registros de fósiles, llegamos a la conclusión que el 99.9% de las especies del registro fósil han desaparecido, se han extinguido a lo largo de la evolución, bien de una manera paulatina por sustitución de otras especies o de manera drástica como parece que sucedió en los cinco grandes periodos de extinciones que los paleontólogos han identificado en el registro y que precedieron al que estamos viviendo estos últimos años (ver Fig. 1). Así que la conclusión que se obtiene es que las especies se extinguen: tarde o temprano casi todas ellas se desvanecen. ¿Por qué se habla tanto entonces hoy en día de la extinción actual de las especies? Analicémoslo un poco.

Extinct
Figura 1. Incremento de la diversidad a lo largo de la historia de la Tierra cuantificado en el número de familias de organismos presentes en cada momento, donde se aprecian los cinco episodios principales de extinciones masivas observables en el registro fósil.
Antropoceno, es un nombre casi nuevo, acuñado por primera vez por el premio Nobel de química Paul Crutzen en una conferencia en el año 2000: «Yo estaba en una conferencia en la que alguien comentaba algo sobre el Holoceno. En ese momento pensé que tal término era incorrecto, porque el mundo ha cambiado demasiado. Así que le dije: ¡No, estamos en el Antropoceno!, creando en el ardor de ese momento la palabra. Todo el mundo estaba sorprendido. Pero parece haber persistido». En 2008, el término fue aceptado por la Sociedad Americana de Geología por recomendación de  Zalasiewicz. Término que define el período que iría desde finales del siglo XVIII, cuando se inició la Revolución Industrial, hasta la actualidad, durante el cual nuestra actividad masiva a alterado completamente, y para siempre, el mundo natural, dejando incluso un registro de dichas acciones a nivel geológico. No todos los geólogos están de acuerdo con la definición de este nuevo estrato, recientemente, en 2015, el entonces presidente de la Comisión Internacional de Estratigrafía, Stanley C. Finney, y Lucy E. Edwards, miembro de la Comisión Norteamericana de Nomenclatura Estratigráfica, criticaron en un artículo que el Antropoceno es más una declaración política que una propuesta científica. Al margen de polémicas de nomenclaturas, lo que nadie pone en duda a día de hoy es que estamos frente a lo que ya se conoce como la sexta extinción.

Analizando los registros fósiles concluimos que el 99.9% de las especies se han extinguido a lo largo de la evolución

Sorprendentemente, ésta está teniendo lugar en la época de mayor diversidad que parece haber presenciado la historia de la Tierra. Así es, en la actualidad hay más especies animales que en ningún otro momento de la evolución. Este auge de la biodiversidad en el tiempo evolutivo sigue siendo uno de los misterios de la biología y producto del empuje inexorable del motor de la evolución, que no cesa de generar variaciones alrededor de unos cuantos planes estructurales básicos. Y es en este punto, sobre el cual quiero llamar la atención. Todas las formas estructurales modernas se remontan al Cámbrico, a un intervalo que tuvo lugar entre los 530 y los 525 millones de años anteriores a nuestra época. Fue aquel un tiempo de grandes innovaciones evolutivas, un tiempo en el cual en palabras de Stephen Gould: «Los ecosistemas tenían espacio para todos, reptadores, marchadores, excavadores, sorbedores, predadores, lo que se quisiera, y la vida respondía con un abanico de oportunidades sin igual. Una vez que explotó la explosión cámbrica, ya no volvieron a darse las mismas oportunidades porque el espacio ecológico disponible no ha vuelto a estar tan vacío.» En algunos de los periodos que han seguido a las grandes extinciones del Cámbrico hasta hoy, se han registrado también brotes de diversidad evolutiva, pero cabe resaltar, que desde el Cámbrico, dichas explosiones de diversidad que han llevado hasta el pico actual, han sido siempre de carácter cuantitativo pero no cualitativo. Si un fílum en potencia no apareció en el Cámbrico, se condenó eternamente a no aparecer. El registro fósil dibuja un panorama en el cual parece que la maquinaria de saltos e innovaciones evolutivas se detuvo al terminar dicho periodo, quedando desde entonces fijadas las principales novedades funcionales de los nuevos tipos estructurales de la vida que han llegado hasta hoy. El Cámbrico se caracterizó por una experimentación extrema de formas de vida, cualquier otra explosión de diversidad posterior ha sido sobre variaciones de temas ya existentes. La sexta extinción que estamos viviendo no va a ser diferente en este sentido, la pérdida de especies de fílums y familias únicas que estamos extenuando no van a volver nunca, después de todo, la evolución tiene un gran componente de azar; de poder rebobinar la cinta de la evolución y volverla a pasar, la nueva proyección sería bastante diferente.

Algunos expertos estiman que al ritmo de extinciones actual, la mitad de las especies podrían desaparecer para el año 2100

Los números de la extinción actual son vertiginosos, aunque difíciles de precisar, en parte por el desconocimiento real de la diversidad actual y su clasificación. Algunos trabajos estiman que durante el siglo XX entre 20.000 y 2.000.000 de especies se han extinguido, habiéndose acelerado drásticamente el número de extinciones en los últimos 50 años. Dichos expertos estiman que a este ritmo, la mitad de las especies podrían desaparecer para el año 2100. ¡Nada más que la mitad de las especies actuales! Si nos ceñimos a los datos de registros de la IUCN (International Union for Conservation of Nature), los datos no proyectan un panorama más alentador. El último informe de su base de datos del año 2016 contiene un total de 77.300 especies, han registrado 849 casos de especies extinguidas comprobadas, 5.157 especies en estado crítico, al borde de la extinción; 7.676 especies en riesgo de extinción y 11.137 en situación vulnerable. Unos números altos pero que indudablemente infravaloran el problema real, dado el desconocimiento actual de la diversidad en según que regiones y sobre todo en grupos concretos de organismos. La propia IUCN se ha propuesto como objetivo ampliar su base de datos hasta la cifra de 160.000 especies, un esfuerzo enorme que sin duda ayudará a dibujar mejor el panorama actual de la salud de la biodiversidad; pero reducido al mismo tiempo de las aproximadamente 1.900.000 especies que hay descritas en la actualidad. Lo que más llama la atención de los datos disponibles por parte de la IUCN es la sensibilidad de algunos organismos y ecosistemas, y la disproporcionalidad con la cual algunos grupos de seres vivos están desapareciendo más rápido que otros (ver Fig. 2). El 34% de las especies coníferas están en riesgo de extinción, el 33% de los corales que forman parte de los arrecifes también, así como el 25% de los mamíferos, el 13% de las aves, o el más impresionante todavía 41% de los anfibios, por no mencionar que algunos trabajos apuntan a que el 40% de las poblaciones de insectos están cayendo en picado.

Fig1_RLI_Graph
Figura 2. Evolución desde 1980 hasta 2012 del número de especies de distintos grupos considerados. Mientras que el estado crítico de aves y mamíferos se mantiene relativamente estable, aunque empeorando, la evolución ha sido mucho peor para anfibios y corales, cuyas especies han ido apareciendo en los últimos años encontrarse en condiciones aún peores a las anteriores.
Por ello los conservacionistas no pueden quedarse en el simple recuento de especies, cuantificar las extinciones es importante, pero igual o más importante es comprender el valor ecológico y evolutivo de las especies que van desapareciendo o que se encuentran en riesgo de correr esa suerte. Durante años se ha puesto el foco en el número de especies, asumiendo que dichas entidades taxonómicas son una buena medida para evaluar el impacto de las extinciones en la estructura y funcionamiento de los ecosistemas. Se considera que la pérdida de un elevado número de especies refleja adecuadamente la pérdida de variabilidad morfológica, procesos de desarrollo y funcionalidad de los organismos. Obviamente no es así, pues las especies tienen diversos roles en los sistemas y sus historias evolutivas pueden ser muy distintas, pero al mismo tiempo varias especies pueden tener funciones similares en un ecosistema supliendo la ausencia de otra, por ello los científicos llevan ya unos años buscando fórmulas que permitan incorporar nuevas maneras de evaluar la pérdida de diversidad. Fórmulas que consideren la historia evolutiva o filogenética de las especies, y la función de las especies en los ecosistemas.

Es común leer en muchos artículos de divulgación que cada especie es algo así como la pieza de un gran rompecabezas, que una vez perdida, el puzzle ya no puede completarse. Personalmente me parece un símil erróneo, más que un rompecabezas los ecosistemas se parecen más al juego de La Torre o la Jenga, aquel en el cual los jugadores deben retirar bloques de la base de una torre edificada de piezas de madera procurando que la torre no colapse. Las especies, al igual que las piezas del juego, pueden ir desapareciendo de un ecosistema sin que apenas se perciban efectos nocivos, las especies restantes pueden sustituir funcionalmente a las desaparecidas y restablecer el aparente equilibrio del sistema, pero llegado un momento, al retirar una pieza más, de repente toda la construcción puede desmoronarse. El ecosistema puede sufrir un cambio drástico por la simple pérdida de una especie cuando anteriormente parecía haber aguantado inmutablemente la pérdida de otras especies. La productividad y estabilidad de los ecosistemas está relativamente ligada al número de especies, pero dicha relación dista mucho de ser lineal, numerosos estudios han demostrado que unas especies son más importantes que otras a la hora de mantener la estructura y funcionalidad del ecosistema. ¿Cómo saber que especies son más importantes? Para prevenir estos efectos, es necesario conocer la función ecológica de las especies, sus relaciones tróficas, las especies con las que interactúa, su comportamiento y cómo afecta a otros organismos, así como su distinción evolutiva.

La biodiversidad debe ser algo más contar especies

Ya hace tiempo que se ha intentado introducir en el campo de la conservación, conceptos como los «hotspots», o lugares biogeográficos que incluyen taxones endémicos, así como la diversidad filogenética de las especies en peligro que reflejen la singularidad evolutiva de las especies consideradas. Sin embargo, cuantificar y clasificar las especies según su funcionalidad en un ecosistema es un concepto más reciente, que aunque intuido y mencionado en la literatura científica desde mediados de los años 90 del pasado siglo, a efectos prácticos sigue encontrándose con grandes inconvenientes.

Con el auge de las herramientas genéticas, obtener e incorporar la información sobre la historia evolutiva y la singularidad de las especies de un lugar, resulta hoy en día relativamente asequible y sencillo; pero dotar a las especies de caracteres funcionales ecológicos, resulta más costoso y polémico. Costoso, pues implica un profundo estudio de la biología básica de las especies, un conocimiento morfológico y estructural de las mismas, de sus dietas, de las otras especies con las que interactúa, con las que compite, a las que parásita, las que la parasitan, su comportamiento, etc… en definitiva, recopilar el mayor número posible de información de las especies para dotarlas de unas propiedades que nos permitan evaluar su papel en el ecosistema de estudio y que se quiere proteger. Por si hacerse con este conocimiento no fuese poco, por las horas o años de estudio que pueden llevar, existen aún más complicaciones. Estas son las que son producto de la interacción de los genes (el genotipo) y el ambiente que dan lugar al fenotipo (el organismo en sí que se ha desarrollado en unas condiciones ambientales concretas); pues se sabe que el fenotipo es en gran medida plástico, es decir, el comportamiento, la dieta e incluso la morfología de una especie cambia cuando las condiciones ambientales cambian. Así pues, ¿qué caracteres son válidos para evaluar la funcionalidad de las especies? ¿Sólo los fijos, aquellos más estables que apenas se ven modificados en función del ambiente, o también aquellos caracteres más plásticos como el comportamiento y la dieta? El problema está sobre la mesa, mientras que algunos científicos ya han empezado a incluir en sus informes de políticas conservacionistas las características funcionales de las especies, otros avisan de las dificultades, de los problemas derivados de obviar unos caracteres, así como de la plasticidad ya mencionada de los mismos y las condiciones bajo las cuales se desarrollan los estudios. Encontrar puntos de consenso que permitan en el futuro considerar que caracteres pueden ser informativos de la funcionalidad de las especies es uno de los puntos más importantes y urgentes a resolver por los biólogos implicados en temas de conservación, para poder añadir estos datos a los que hacen referencia a la diversidad filogenética y su historia evolutiva, para entre todos ellos mitigar en lo posible los efectos de la pérdida de biodiversidad sobre los ecosistemas.

Y mientras los científicos siguen buscando métodos y soluciones a como evaluar mejor la biodiversidad para desarrollar mejores medidas y políticas de conservación, el grueso de la sociedad y los políticos siguen ignorando el problema (al margen de la decisión de la semana pasada de Trump, de retirar a Estados Unidos del convenio de París sobre el cambio climático, actitud que va más allá del ignorar o minimizar el problema). Después de todo, la pasividad actual, se deba a que la pregunta formulada a Google: ¿por qué se extinguen las especies?, no sea la importante, lo verdaderamente relevante hoy es plantearnos: ¿nos importa que se extingan las especies? Cada uno de nosotros debería formularse esta pregunta, salir un día de su ciudad, de su paisaje urbano y acercarse a la naturaleza por un momento y reflexionar sobre si aquello que le rodea merece la pena ser conservado o no. Porque mientras la concienciación social no sea mayoritaria, la demanda sobre los políticos, y por tanto su interés y sus medidas políticas, por la conservación de la naturaleza y su legado evolutivo serán minoritarias. Un problema menor sin repercusiones electorales y carentes de interés político por tanto.

Mientras tanto las poblaciones y las especies seguirán agonizando hasta perecer. Aquellas que ya han desparecido o de las que quedan pocos ejemplares, en un par de generaciones caerán en el olvido. No se les mencionará, sus nombres serán palabras vacías de sentido, al que sólo el mundo académico e historiadores volverán como lo hacemos hoy nosotros con el tilancino, el bandicoot de pies de cerdo, el dodó, el norfolk kaká, el antílope azul, el tigre del Cáspio, el Quagga, el perico de Seychelles, el Wallaby de cola puntiaguda, el toolache wallaby, el dugong de Steller, el emu negro, el bilby, el ciervo de Schomburgk,  el jambato esquelético, la rana amarilla de Maracay, el sapo dorado, el solitario de Rodrigues, el alca gigante, el escribano patilargo, el zampullín del lago Atiitlán, el nínox reidor, el pinzón koa mayor, el bucardo, el guará, el lirón gigante de Mallorca, el elefante cartaginés, la foca monje del Caribe, la pantera nebulosa de Formosa, los lémures gigantes, el león negro del Cabo, el tigre de Java, la pika corsa, el oso del Atlas, el león marino del Japón, la lagartija del desparecido islote de Ses Rates, el olivo de Santa Helena, o el sándalo de Juan Fernández de Chile, cuya aromática madera condenó a la especie a existir como iconos religiosos y cajas de reliquias. Nombres exóticos que en general no asociamos a nada, porque dejaron de ser parte de nuestra historia hace tiempo. La mayoría de ellas carecen de imagen, son nombres de fantasmas que han dejado de ser parte del imaginario humano, otras, nunca llegaron a serlo y las hemos extinguido sin tan siquiera ser conscientes de su presencia. De las que sabemos algo, suelen presentarse casi como fábulas, historias moralistas de lo que no se debería hacer y se sigue haciendo, incluso con mayor intensidad. Un goteo constante de extinciones desde nuestra aparición que ha encontrado su apogeo a lo largo del siglo XX y lo que llevamos de XXI. Se calcula que el goteo constante de un grifo suele constituir una pérdida de dos litros de agua por hora, o lo que es lo mismo unos 17.000 litros de agua anuales. Con estos datos en mano no hay quien no corra a llamar al fontanero para solucionar el problema, ¿quién está dispuesto o puede permitirse hoy en día pagar una factura del agua así? De momento la sociedad no parece tener mucha prisa por poner fin al goteo de pérdida de especies. Cuando llegue la factura en forma de ecosistemas poco productivos, paisajes totalmente deteriorados, etc… y las consecuencias económicas y humanitarias asociadas a ello, querremos poner freno, pero para entonces ya será tarde. Tras la extinción masiva del mesozoico, la evolución requirió de más 10.000.000 años en restaurar los niveles de diversidad previos al desastre. Dicho de otra manera, si las predicciones para el año 2100 de pérdidas superiores a la mitad de las especies actuales se cumplen, la humanidad tendrá que aprender a vivir en una Tierra mucho más simple, lejos de la diversidad actual. Tendremos que acostumbrarnos a habitar un planeta empobrecido.

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Lecturas suplementarias:

 

 

 

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