Mixomitosis: cuando Hispania se quedó sin conejos

Aunque existen diferentes versiones y grandes discusiones sobre el origen etimológico de Hispania y por tanto de España, una de las que cuenta con más recorrido está vinculada con los conejos. Una especie endémica y original de la península ibérica que hoy está agonizando. Esta es la historia de su declive.

Para algunos eruditos el nombre tendría una raíz de origen fenicio, que bautizaron las costas levantinas como «i-shepan-im». Palabra que vendría a decir «costa» o «isla de los conejos». Aceptándose que más tarde los romanos latinizasen la palabra hasta transformase en Hispania. Lo paradójico es que los fenicios no conocían los conejos, inexistentes en sus tierras de origen, y por tanto no podían tener una palabra explícita para el «conejo». De hecho los fenicios llamaron a la península ibérica «costa de los damanes». ¿Qué es un damán? Pues un damán es un pequeño ungulado africano y de la península arábiga. Vive en grupos y en cuevas entre las rocas por lo que hasta cierto punto la confusión con el conejo sería comprensible, aunque zoológicamente sean animales muy diferentes. De hecho, el damán tiene como «primos» taxonómicos al elefante en África y a los manatíes en América, para nada emparentado con los conejos (Fig. 1).

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Fig. 1. Aspecto de los damanes que conocían los fenicios y con los que posiblemente confundieron con los conejos en la península ibérica para denominarla «i-shepan-im». A la derecha árbol filogenético que muestra lo alejado que están los damanes de los conejos. Los damanes están emparentados con elefantes y manatíes.

Más allá de la confusión entre especies, los registros de los historiadores parecen dar constancia de la abundancia de conejos en la península. El poeta Catulo en su poema 25, en uno de sus versos se refería a Hispania como «cuniculosae Celtiberiae», algo así como «Celtiberia conejera o conejosa». Aparentemente haciendo alusión al increíble número de estos animales que poblaban sus tierras. Tampoco todos los autores coinciden en esta interpretación, pero de lo que no cabe duda es que, diese nombre o no a España, el conejo es una especie totalmente ibérica. En las monedas hispano-romanas de Adriano, el símbolo del conejo representaba a Iberia. El emperador Augusto, a petición de Plinio, ordenó la liberación de hurones en las Islas Baleares para combatir la plaga de conejos que afectaban sus huertos. La misma petición parece que se hizo para proteger las murallas de Tarraco (Tarragona) para evitar así que dañasen su estructura.

Los registro demuestran que el conejo era una especie abundante en todo su territorio. También fue donde se llevó a cabo los primeros intentos de domesticación y desde donde la especie silvestre se introdujo en otras regiones de Europa y del mundo (Fig. 2). La especie domesticada ha llegado a todos los rincones del planeta. El Oryctolagus cuniculus que venimos denominando «conejo europeo» tendríamos que llamarlo «conejo ibérico», pues fue ahí donde tuvo lugar su origen real como especie durante el Pleistocene Medio y sus primeros pasos de domesticación durante la romanización de la península.

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Fig. 2. Distribución mundial del conejo europeo (Oryctolagus cuniculus). En rojo la distribución original de la especie que consiste en la Península Ibérica, sur de Francia y norte de Marruecos. En fucsia poblaciones introducidas: Chile, Europa Occidental, Australia y Nueva Zelanda.

Tanta era su abundancia que puede decirse sin duda alguna que el conejo es una de las «especie clave» de la fauna ibérica mediterránea. La especie que sustenta parte de todo el ecosistema terrestre. Para entender su importancia ecológica sin embargo primero tuvo que llegar el desastre. La especie tuvo que sufrir un declive enorme dejando a sus poblaciones agonizando para que observásemos como el resto del sistema ecológico empezaba a colapsar con ello.

El papel de «especie clave» del conejo se comprende cuando se observa que se han citado a más de 40 especies que consumen frecuentemente u ocasionalmente conejos como parte de su dieta (Fig. 3). Entre ellos figuran el lince ibérico (Lynx pardinus), que consta entre los felinos más amenazados del mundo, y el águila imperial (Aquila adalberti), también fuertemente amenazada. Ambas especies son depredadores especialistas de conejos, así que el declive de sus poblaciones puso en peligro sus dietas y arrastró a sus poblaciones al declive también. Cualquier programa de recuperación de estos depredadores tiene que ir acompañado de una recuperación previa del conejo en la zona.

Pero más allá de su valor ecológico como «alimento» para otros, el conejo es un «ingeniero de los ecosistemas». Es un animal que cava madrigueras. Modifica y estructura los pastos y las zonas de matorral. Los regenera constantemente. Contribuye con sus deyecciones a mejorar la calidad del suelo. Sustenta con ello a una gran diversidad de escarabajos y otros insectos que enriquecen los suelos y forman parte de su regeneración. También actúa como principal agente de dispersador de semillas de no pocas especies. Al menos contribuye a la dispersión de 72 especies de plantas de 23 familias diferentes. Así como de las esporas de un gran número de hongos y setas. En definitiva: el conejo es un elemento básico en los ecosistemas mediterráneos ibéricos.

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Fig. 3. El conejo como pieza clave de los ecosistemas mediterráneos. La especie forma parte de la dieta de más de 40 especies de depredadores ibéricos. Las flechas rojas indican al lince ibérico y el águila imperial, ambos especialistas en cazar conejos y altamente dependientes por tanto de sus poblaciones para su propia subsistencia.

Así lo fue incluso durante los tiempos modernos cuando el hábitat empezó a fragmentarse aislando a sus poblaciones. Se mantuvo como especie abundante incluso ante ese efecto tan negativo para ecosistemas y especies. Su caza seguía siendo abundante y de un gran interés socioeconómico en las sociedades peninsulares, hasta que llegó e desastre a mitad del siglo pasado.

¿Qué pasó a mitad del siglo pasado? Una epidemia diezmó las poblaciones de conejos silvestres (Oryctolagus cuniculus) de casi todo el mundo. La causa, una enfermedad de etiología vírica denominada mixomatosis. La enfermedad la causa un virus (mixomavirus, Poxviridae) que se transmite tanto por el contacto directo entre animales como por vectores, siendo los más comunes los artrópodos hematófagos: pulgas y mosquitos (no las garrapatas). Pero veamos cómo y dónde surgió el problema.

Historia de la mixomatosis

Al parecer fue el francés Armand Delille quien introdujo el virus de la mixomatosis en Europa en 1952. Su intención era combatir el exceso de conejos que afectaban su propiedad. Desde allí, el virus se propagaría en menos de un año al resto del continente, alcanzando España en 1953, fecha en la cual se describió el primer brote epidemiológico. Luego le seguirían otros que harían que la enfermedad vírica se expandiese por toda la península. La mixomatosis dio lugar a que «la tierra de los conejos» casi se quedase sin conejos. La mortalidad masiva de la mixomitosis fue tanta que según diversos autores las poblaciones perdieron el 90% de sus individuos. El conejo con una actividad reproductora elevada –no es casual la expresión de «reproducirse como conejos»–, se había mostrado hasta entonces una especie de poblaciones de crecimiento incontrolable a pesar de su caza continua. La epidemia dejó en pocos años a sus poblaciones agonizando. Y para cuando unas décadas más tarde se estaban recuperando ligeramente, en los años 80 hizo irrupción otra epidemia vírica: la enfermedad hemorrágica (EHV) con tasas de mortalidad de entre el 50 y el 80% de lo que había sobrevivido a la mixomatosis. Una nueva cepa de la EHV en 2011-2012 volvió a crear situación de declive acusado en las poblaciones resistentes dejando al conejo en una situación de incertidumbre absoluta sobre su evolución a medio-largo plazo.

En España la especie está catalogada como Vulnerable según las categorías de la IUCN. El Instituto Portugués para la Conservación de la Naturaleza la ha catalogado como especie Casi Amenazada, la misma categoría que le atribuye la IUCN a nivel mundial. La enfermedad acabó afectando a la especie en todo el continente europeo, alcanzando incluso Inglaterra el mismo año que lo hacía en España. Como sucede con casi todos los procesos epidemiológicos graves, no tardaron en surgir rumores y teorías de la conspiración, sobre todo en el mundo anglosajón que parece tan predispuesto a estas cosas. Así, en Inglaterra se llegó a decir que la enfermedad había sido diseñada y creada por científicos en un laboratorio para controlar las poblaciones silvestres. No me queda claro si el interés de los científicos era bueno o malévolo, es decir, dejar en un época de hambruna a la gente sin piezas de caza o sin plaga para sus huertos. Como sea, la respuesta es: no. Ningún científico diseñó el virus.

Vayamos pues un poco más atrás en el tiempo para entender cómo y dónde surgió el virus y cómo llegó a Francia y de allí saltó a España.

El origen sudamericano

La enfermedad fue descrita por primera vez por el eminente bacteriólogo italiano Giuseppe Sanarelli en 1896. Fue aquel año cuando observó una mortalidad insólita en los conejos europeos (Oryctolagus cuniculus) de su laboratorio del Instituto de Higiene de Montevideo, Uruguay. Al agente causante lo denominó Myxomatosis cuniculi y apareció publicado como Das Myxomatogene Virus en una revista alemana dos años más tarde.

Fue unos pocos años más tarde, en 1911, cuando trabajadores del Instituto Oswaldo Cruz en Rio de Janeiro (Brasil), clasificaron al agente causante de la enfermedad como un virus. Fue Henrique de Beaurepaire Aragão, de dicho instituto, quien demostró que el virus podía transmitirse por la picada mecánica de un insecto. En los años 20, al acabar la Primera Guerra Mundial, ya se tenían registros de mixomatosis en Uruguay, Argentina y Brasil. El brasileño Henrique de Beaurepaire Aragão descubrió que el reservorio natural del virus era el tapetí o conejo de páramo brasileño (Sylvilagus brasiliensis), una especie silvestre local (Fig. 4) que era resistente conteniendo al virus en nódulos que se formaban en su piel. El conejo europeo, y el domestico que desciende del europeo, en cambio no tenían resistencias ante ese virus y morían tras un periodo de incubación de poca más de 5-6 días.

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Fig. 4. Tapetí o conejo de páramo brasileño (Sylvilagus brasiliensis) ilustrado por el naturalista John James Audubon (1785 – Enero 27, 1851) y por Alston, E. R. (1879-82).

La conexión australiana

Ya entonces, en 1919, el propio investigador brasileño escribió al gobierno australiano sugiriendo la introducción del virus para controlar sus poblaciones de conejo europeo que estaban creciendo de manera descontrolada.

El conejo domesticado llegó a Australia con los primeros colonizadores en 1788, pero fue en 1806 cuando se introdujeron conejos silvestres europeos. Sin darse cuenta de los desperfectos ecológicos que causaban sobre la flora local se volvieron a introducir 24 individuos más en un parque de Geelong, Victoria en 1859. Su progenie se disparó in pocas décadas habían invadido el continente entero, destruyendo la flora autóctona así como los huertos de los colonos. Tal era la dimensión de la plaga que el gobierno entre 1091 y 1907 construyó una valla, que emulando a la muralla china, cruzaba Australia de norte a sur, con el fin de detener al «invasor». Obviamente la valla «a prueba de conejos» no funcionó y su expansión alcanzó todo el territorio (Fig. 5). Los desperfectos económicos fueron enormes. Se invirtieron millones para detener a la plaga sin resultado alguno

Cuando llegó la propuesta desde Brasil del virus se estudio. La idea de usar el virus como control biológico estuvo un tiempo sobre la mesa, pero al final las autoridades descartaron la importación del virus.

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Fig. 5. Ilustración cómica de 1884 cuando por primera vez se sugirió la erección de una valla que detuviese la expansión de los conejos por el continente australiano.

En los años 30 numerosas granjas de Estados Unidos en California y San Diego sufrieron la mortalidad de sus conejos domésticos, y en Australia volvió a surgir la idea de introducir el virus para controlar su plaga. Crearon una comisión gubernamental para su control, algo así como una «Comisión Especial para la Amenaza del Conejo» (Special Rabbit Menaje Commissioner) que estaba adquiriendo proporciones gigantescas.

Paralelamente en Inglaterra algunos granjeros también percibían el conejo como una plaga en sus campos y habían iniciado experimentos con el virus de la mixomitosis. En 1936 se llevó a cabo un experimento en la isla de Skokholm donde se liberaron 83 individuos infectados. La primera impresión fue que la infección no había cumplido las expectativas como control biológico. Volvieron a probarlo introduciendo al verano siguiente 35 animales más infectados. Murieron algunos conejos pero los resultados no parecían muy prometedores. Volvieron a hacer otro intento con los mismos resultados negativos.

Experimentos llevados a cabo en Dinamarca esa misma década habían constatado el poco resultado del virus como un posible agente de control biológico. Parecía que los animales enfermos se aislaban y no contagiaban al resto de la población.

Sin embargo todas las investigaciones quedaron bloqueadas por la llegada de la Segunda Guerra Mundial. Durante ese periodo, y con el foco en el conflicto bélico, el problema de los conejos en Australia se disparó entre 1939-1946 hasta alcanzar densidades insoportables. así que se volvió a rescatar la idea de introducir el virus sudamericano como método de control biológico. Para ello permitieron importar cepas del virus desde Sudamérica. Se comprobó que el virus no afectaba a otros animales, como cerdos, ovejas, perros, gatos, murciélagos, etc…no querían que el agente biológico se les fuese de las manos. Una vez comprobada la inocuidad en otras especies empezaron a establecer zonas de estudio en Australia. Como los anteriores experimentos ingleses y daneses, el éxito resultó ser aparentemente bajo, hasta que en las Navidades de 1950-1951 la infección escapó al perímetro de estudio y ocasionó la muerte de millones de conejos en la zona de Murray-Darling. En una conferencia de 1952 dando un balance de aquel «escape» los científicos dijeron que la tasa de mortalidad en algunas zonas alcanzaba el 99,5%, es decir, no quedaba nada vivo, estimando que entre un 25 y 50 por ciento de la población australiana había sido aniquilada. «Quizás unos 300 o 400 millones de conejos han muerto», aseguraron los investigadores. No hubo en ningún momento ningún tipo de valoración moral sobre el uso de aquel mortífero control biológico. Pero la alarma social se disparó con el tiempo cuando los valles se llenaron de cuerpos de conejos en descomposición y la gente empezó a temer por su salud higiénica.

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Fig. 6. Signos clínicos de la mixomatosis probados en laboratorio, la primera fotografía es el aspecto a los 10 días de la inoculación del virus, la segunda a los 25. El animal moriría al día siguiente de la segunda toma. Fotos originales de Fenner and Marshall (1957).

La conexión francesa

La repercusión de la epidemia de los conejos australianos saltó enseguida a la prensa europea. Ese mismo año, el Instituto Pasteur de Francia, contactó con los investigadores australianos para mostrar su interés sobre la cepa usada. Querían informarse sobre la cepa usada como solución al problema de los conejos en los campos franceses. Recibieron toda la información sobre su origen, como preparar las inoculaciones, etc… Si en Australia todo el mundo coincidía en que los conejos eran una plaga introducida, en Francia existía una gran controversia.

El sur de Francia se encuentra dentro del área natural de distribución del conejo ibérico. Además desde tiempos remotos el conejo campaba por los campos franceses y constituía una presa de caza y un extra nutricional o económico para los granjeros, así como un símbolo tradicional de su paisaje cultural. Finalmente se optó oficialmente por no hacer uso del control biológico en territorio francés.

Aún así, en junio de 1952 el doctor Paul Armand Delille inició la suelta de animales infectados con mixomitosis en suelo francés. Era un doctor distinguido en bacteriología retirado, que ya superaba los setenta años de edad y que vivía retirado en su casa de campo a las afueras de París, donde tenía una propiedad de unas 300 hectáreas. Al parecer había en ellas demasiados conejos y pensó que sería buena idea matar a unos cuantos. Para ello le pidió a su amigo, otro bacteriólogo, el profesor Hauduroy del Laboratorio Bacteriológico de Lausanne, Suiza, que le enviase una muestra de la cepa del virus. Esa pequeña introducción desató una epidemia que pondría en riesgo, hasta el día de hoy, la población de conejos silvestres en Europa.

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Fig. 7. Imagen del doctor Paul Armand Delille que liberó y propago la mixomatosis en Europa y la medalla con la que lo honoraron granjeros y horticultores. En la medalla se aprecia la figura de un conejo muerto.

El doctor siempre se excusó en que aquella no había sido su intención. Alegó que como entomólogo aficionado pensó que los mosquitos del norte de Francia no servirían como vectores de la infección y que todo quedaría controlado dentro de su propiedad. Nada más desacertado. El virus y la enfermedad se dispersó con una rapidez y virulencia enorme, igual que la observada un año antes en Australia. En menos de un mes aparecían conejos muertos a más de 45 quilómetros de distancia de su propiedad. Los cadáveres de conejos empezaron a aparecer en Bélgica y Holanda, dejando un rastro de cientos de miles, millones, de animales muertos.

¿Tuvo aquel acto inconsciente e irresponsable alguna consecuencia? No mucha, la verdad, quienes más explicaciones le pidieron fueron los cazadores por sus pérdidas, y a los que tras dos juicios tuvo que abonar unos 5000 francos, es decir unos 6 euros. Para otros, como granjeros, agentes forestales y horticultores fue un héroe, una especie de benefactor, al que en 1956 concedieron una medalla en reconocimiento por sus servicios (Fig. 7). Un gracias por aniquilar la población silvestre de conejos.

El desastre ecológico de la mixomitosis

Fue aquel doctor retirado que quería su campiña libre de conejos el responsable de que medio año más tarde se detectasen los primeros casos de mixomatosis en España. La mortalidad fue inmediata y en pocos años más del 90% de la población ibérica había desaparecido.

Su reducción alteró los ecosistemas mediterráneos. Modificó la calidad de los suelos en algunas zonas y sobre todo afectó a sus principales depredadores: el lince ibérico y la águila real. Ambos especialistas cazadores de conejos que de repente vieron como su presa principal había desaparecido. Incapaces de alimentar a sus crías o reproducirse, sus poblaciones también empezaron a alcanzar niveles críticos.

Cuando la población ibérica parecía que se estaba recuperando un poco hizo su aparición en 1989 la enfermedad hemorrágica llegada a través del conejo doméstico desde China a Europa (Fig. 8), pero esta es otra historia que quizás deberá ser contada en otra ocasión.

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Fig. 8. Dinámica poblacional del conejo en España desde 1950 hasta 2004. En amarillo la caída de la población por la aparición de la mixomatosis en 1953, en rojo la recaída  de la población por la enfermedad hemorrágica (EHV). Fuente original Pérez de Ayala Balzola, R. (2017)

Pocos ejemplos existen en Biología de la Conservación como el del conejo. Es un tema muy controvertido entre los especialistas. En una región: España y Portugal, se considera una especie clave para el ecosistema bajo grave amenaza. Existen muchos proyectos de repoblación de los conejos, así como el uso de vacunas eficaces que combatan los efectos aún persistentes de la mixomatosis en las poblaciones naturales. Por contra, en otras partes, el conejo sigue apreciándose como una plaga, una amenaza exótica para sus ecosistemas y a las que la mixomatosis y cualquier otro método de erradicación es válido.

La búsqueda de vacunas ha sido un tema de debate intenso entre los que lo quieren proteger y los que lo quieren erradicar. Parece, que la solución a la discusión puede llegar desde la tecnología de modificación genética. El uso de estas herramientas para crear organismos modificados genéticamente (OMGs) podría satisfacer dos visones e intereses diferentes. España busca desarrollar un virus de la mixomatosis modificado genéticamente que pueda actuar como vacuna, mientras que en Australia están intentando modificar el mismo virus para generar una vacuna de inmunocontracepción que rebajase la fertilidad de los conejos, pudiendo así seguir controlando a la población.

La historia de la myxomatosis en cualquier caso es un ejemplo de los peligros y cuidados que hay que tener al querer usar controles biológicos en la naturaleza. Un caso que sin duda ha servido para que los controles y medidas hoy en día sean mucho más rigurosas para mirar de minimizar efectos negativos de la actuación.


Lecturas suplementarias:

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