Elefantes del futuro; elefantes sin colmillos

Para bien o para mal, las acciones de los humanos sobre los sistemas naturales han brindado los ejemplos más claros de que la evolución es constante y que los cambios en las poblaciones tienen lugar a una velocidad mucho más rápida de la que se pensaba en un principio. No me estoy refiriendo a los casos de plantas o animales domesticados, en los que los humanos han ejercido una «selección artificial» sobre los organismos, sino a aquellos casos en los que diferentes acciones de la humanidad sobre el medio natural han generado cambios adaptativos en organismos salvajes. Sin duda alguna el ejemplo más evidente y conocido es el de las polillas de abedul (Biston betularia) de Gran  Bretaña.

Hasta antes de la Revolución Industrial las poblaciones de dicho insecto estaban constituidas por individuos de color claro, un tono hueso de manchas grises, que permitía a los animales pasar desapercibidos cuando reposaban sobre los troncos blanquecinos de los abedules. La polución causada por la instalación de fábricas en algunas regiones a principios del siglo XIX hizo que el color de los árboles cambiase. Las cenizas y humos expulsados por las chimeneas tiñeron las cortezas de la vegetación, oscureciendo todos los troncos, sobre todo el de aquellas especies de cortezas claras como los abedules. ¿La consecuencia? El color claro dejó de proporcionar un buen camuflaje a las polillas cuando descansaban sobre los troncos ennegrecidos por la polución, más bien las ponía en evidencia. El color que antes les proporcionaba protección ante los depredadores, de repente las descubría y las hacia evidentes. Lo que pasó ya es un clásico de los libros de texto de Biología. Las polillas en poco tiempo «se volvieron» negras, una gran mayoría de los individuos de las poblaciones afectadas por la polución se adaptaron al nuevo ambiente ennegrecido que les confirió de nuevo camuflaje contra los depredadores (Fig. 1), los que se ha dado a conocer como «mimetismo industrial». El viejo dicho de «cambiar para que no cambie nada». De hecho, no fue hasta hace bien poco, no más de dos años, en junio de 2016 cuando unos investigadores de la Universidad de Liverpool descubrieron que entre 1818 y 1846 tuvo lugar una mutación hasta entonces inexistente que modificó el color de los animales, mutación que resultó ser beneficiosa dados los cambios ambientales del momento y que hicieron que los portadores de la misma gozasen de un éxito de supervivencia del que carecían las polillas de color claro. Todo gracias a un transposón, un pequeño fragmento de ADN móvil que al insertarse en un gen bautizado cortex. Dicho gen parece ser uno de los principales a la hora de explicar la gran variedad de colores y patrones en las alas de las mariposas.

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Fig. 1. Acción de la selección natural por medio de la depredación sobre la polilla del abedul. A la izquierda durante la Revolución Industrial, cuando las cortezas estaban negras por la polución, los individuos claros eran los más depredados. Aumentó la frecuencia de individuos oscuros. En cortezas de abedul normales, los individuos oscuros son los fácilmente detectables y depredados. 

Pues bien, si bien en este caso el humano actuó modificando el ambiente, cambiando así la composición de colores de la polilla del abedul, en las últimas décadas estamos asistiendo a otro cambio, que es del que quería hablar hoy: el de los elefantes sin colmillos. Este parece ser, según algunos estudios, el puede ser el aspecto futuro de los elefantes si no se consigue detener la caza ilegal relacionada con el tráfico del marfil.

Los cada vez más frecuentes casos de elefantes sin colmillos

En el caso del elefante, los humanos no modifican el ambiente y los animales se adaptan, sino que el humano es el agente selectivo que parece estar dirigiendo la evolución de algunas de sus poblaciones. La caza del elefante por sus colmillos de marfil es una realidad bien conocida. Una actividad ilegal que parece difícil de frenar, y que es a día de hoy la principal causa del enorme declive de las poblaciones de elefantes desde el siglo pasado (Fig. 2). Es, como muchas otras cazas, tanto de trofeo como de necesidad, una caza totalmente dirigida. No se caza aleatoriamente a cualquier individuo, tenga o no colmillos, o los tenga grandes o pequeños, lo que se caza son únicamente individuos con colmillos, y cuanto más grandes mejor, pues más beneficio económico se obtiene de ellos.

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Fig. 2. Representación gráfica de la caída ininterrumpida en el número de elefantes africanos a lo largo del siglo XX hasta nuestros días.

Cuando uno piensa en un elefante, inmediatamente representa mentalmente a un individuo con grandes colmillos de marfil. La gente no suele saber que existe una gran variedad entre poblaciones en el tamaño y en la posesión o no posesión de colmillos. El elefante con colmillos es parte del imaginario común. Sin embargo, la realidad es bien distinta, donde la frecuencia de machos sin colmillos parece variar entre poblaciones, tanto, que en Asia incluso los machos sin colmillos tienen una denominación diferente. Son los llamados, maknas. Sin ir más lejos, aproximadamente el 90% de los machos de Sri Lanka, que cuenta con unos 5.000 individuos, carecen de colmillos. Frecuencias similares parecen darse en la población que sobrevive en la provincia china de Yunnan. Es decir, algunas de las poblaciones de elefante asiático, que son las que han estado históricamente más expuestas a la caza y el comercio del marfil, presentan una mayoría de individuos sin colmillos. Se sabe que la presencia o no de colmillos, así como el tamaño tiene una gran componente genético y hereditario, así que es fácil sacar conclusiones. La persecución causada por el marfil ha dado lugar a unas poblaciones en las que predominan individuos con la alteración genética que impide el desarrollo de los colmillos.

En Sri Lanka el 90% de los machos no tienen colmillos

Pensemos en la subespecie del elefante asiático de Sri Lanka (Elephas maximus maximus), primero sus poblaciones fueron diezmadas durante el periodo de colonización entre 1505 y 1948, cuando las zonas húmedas se convirtieron en campos y se animó desde el gobierno a matar a los elefantes por destruir los campos cultivados. La alteración del hábitat luego se extendió a las montañas donde se instalaron plantaciones de café y té. Durante el dominio inglés de la isla, su caza como trofeos fue común entre los militares y las clases altas. A un solo alto cargo del ejército se le atribuyen más de 1,500 muertes. Sólo entre 1829 y 1855 se registraron más de 6,000 capturas y muertes. En los últimos años sus poblaciones fragmentadas se han recuperado de unos 2,000 individuos contabilizados en 1993 a unos 6,000 en 2011. 

Pongamos ahora el foco en África, donde hay dos especies diferentes: Loxodonta africana o elefante de la sabana y el Loxodonta cyclotis o elefante de bosque. Ambas consideradas especies vulnerables. Es allí, en las poblaciones africanas, donde la mayoría de individuos tienen colmillos, donde se están registrando cada vez más casos de individuos sin colmillos. Muchos investigadores ya hablan de ello como de una muestra más de lo rápido que actúa la selección natural, y la velocidad con la que pueden cambiar las poblaciones cuando están sometidas a una gran presión. Y es que la presión de la caza por la demanda de marfil no para, sigue siendo lamentablemente la principal causa de muerte en las poblaciones africanas (Fig. 3).

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Fig. 3. Diagrama que muestra que en las diferentes regiones del continente africano, la caza ilegal sigue siendo la mayor causa de muerte, con los valores más bajos registrados en el sur donde la caza representa el 51% de las muertes, mientras que en el centro ese porcentaje de muertes debido al tráfico de marfil alcanza cuotas del 90%.

En condiciones «naturales» o previas al comercio del marfil moderno, la frecuencia de elefantes africanos sin colmillos era muy baja, casi opuesta a la de los elefantes asiáticos, con unos valores de entre un 2% y un 6%. Ahora hay poblaciones en las que se ha registrado que el 98% de las hembras no desarrollan colmillos. Los especialistas consideran que dicha extraña mutación, antes apenas expresada en las poblaciones, puede ser la que en algunas regiones salve a los elefantes de ser exterminados. 

En el Parque Nacional de Gorongosa en Mozambique, por ejemplo, entre 1977 y 1992 aproximadamente el 90% de los elefantes fueron asesinados por sus colmillos. De los individuos que sobrevivieron a ese periodo, sólo el 50% de las hembras tenían colmillos.

En Zambia, en el Parque Nacional del Sur Luangwa encontramos una situación similar, entre 1969 y 1989, la proporción de hembras sin colmillos paso del 10,5% a un 38,2%. Fue un período de intensa actividad de caza furtiva. La situación cambió en 1993, donde el porcentaje cayó hasta un 28,7%, en parte gracias a la incorporación de individuos de poblaciones adyacentes.

Un elefante sin colmillos no es un elefante atractivo para los furtivos

Obviamente en estos dos casos, las que carecían de colmillos no tenían ningún valor para los cazadores. Esa caza selectiva a dado lugar a que la frecuencia del «gen» que impide su desarrollo esté mucho más presente de lo que debería. No tener colmillos no tiene prácticamente ninguna ventaja más allá de no ser un objetivo de caza. Más bien siempre se ha visto como una desventaja para los individuos, pues los elefantes los emplean para arrancar la corteza de los árboles, cavar en busca de comida, para batirse entre ellos, e incluso para defenderse de otros depredadores que no sean los humanos. No tener colmillos solo tiene la ventaja de no resultar atractivo para los cazadores furtivos y traficantes de marfil. Que aumente la frecuencia de individuos sin colmillos sólo pone en evidencia que el humano, el cazador de marfil, es su principal causa de muerte, tanto como para alterar la evolución de las poblaciones, igual que sucedió con las polillas del abedul.

Quizás el elefante sea capaz de sobrevivir a su extinción cuando ya no tenga aliciente como pieza de marfil, cuando entre sus poblaciones el tener colmillos sea una rareza. Quizás entonces los cazadores dejarán de matar ilegalmente elefantes, pues para ellos el elefante ya no tendrá valor alguno. Eso sí, las generaciones futuras tendrán un imaginario del elefante completamente distinto a la actual y a las que nos han precedido. La suya será la imagen de un animal enorme, de grandes orejas y trompa, pero sin colmillos. Sus característicos enormes colmillos de marfil podrán haber desaparecido. Los colmillos serán una estampa del pasado. Sólo quedarán tallas de marfil en las colecciones de museos de arte y en los esqueletos armados de los museos de zoología. El hombre habrá modificado la evolución del elefante favoreciendo a aquellos con una dotación genética especial, en un inicio minoritaria, y que quizás en el futuro sea la única que sobreviva a la presión humana.

La evolución ya no es algo que se estudie sólo a partir de los restos fósiles. El registro de observaciones y el cuantificar la naturaleza a lo largo del tiempo, nos ha permitido ver que la evolución es algo que siempre está allí, que sus mecanismos y procesos son más rápidos de lo que pensábamos, que incluso grandes cambios morfológicos como el color de las polillas del abedul o los elefantes sin colmillos, son procesos que pueden tener lugar durante la vida de un ser humano. Y no, no sólo se trata de las polillas del abedul o los colmillos de los elefantes, el mundo entero ha sido y sigue siendo modificado por la humanidad continuamente afectando con ello a todos los organismos, plantas y animales, a cambiar y a adaptarse a las nuevas condiciones, a los nuevos hábitats, muchos de ellos irreconocibles tras la transformación ejercida por el hombre. A las especies en una situación así pocas alternativas les quedan: adaptarse y sobrevivir, o extinguirse, descansar en el mejor de los casos en pequeñas muestras de ADN congelado con la esperanza de poder ser revividas en un futuro mejor.

 


Lecturas suplementarias:

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