¿Por qué desaparecieron los osos cavernarios?

Los primeros humanos que encontraron sus restos, atribuyeron los enormes huesos a dragones. Era la Edad Media y estas mitológicas bestias estaban en boca de todos. Querían creer que existían, o al menos, que habían existido. ¿De qué podían ser sino esos huesos tan grandes?

La cueva de los Alpes austriacos, donde se encontraron sus restos, pasó a ser conocida como la «Cueva del Dragón» (Drachenhöle), e inmediatamente nació el mito el degollador de dragones de Mixnitzer. La historia del hijo adoptivo de un granjero que liberó a los campesinos de la zona del dragón que habitaba la cueva.

Dicha especulación siguió hasta 1774, cuando el pastor alemán y paleontólogo Johann Friedrich Esper describió por primera vez en un libro los detalles de los fósiles que empezaban a aparecer en otras cuevas europeas. A la sospecha popular de ser los restos de antiguos dragones, se unió parte de la comunidad científica de la época que dejó volar su imaginación y vio en ellos posibles unicornios. De poco sirvió que el propio Esper insinuase que eran de oso polar, durante décadas lo fantástico dominó a lo científico, hasta que Johann Christian Rosenmüller, de la Universidad de Leipzig, le asignó el nombre por el cual lo conocemos hoy: el oso de las cavernas, Ursus spelaeus.

En el pasado se creyó que sus huesos pertenecían a dragones extintos

Sus huesos eran tan abundantes que en la misma «Cueva del Dragón», en plena Primera Guerra Mundial se obtuvieron 2.500 toneladas de ácido fosfórico de sus huesos. El conflicto impidió que llegase el guano de Sudamérica, una carencia que se suplió hirviendo y triturando miles de fósiles de osos cavernarios. Se calcula que se destruyeron 50.000 fósiles para obtener fosfato con el que fabricar armas o fertilizar campos.

Unos números que nos dan una idea de lo abundantes que debieron ser en su momento. Hay restos suyos en todo el continente, desde España hasta Rusia. Junto con los mamuts, los leones cavernarios y los rinocerontes lanudos, los osos cavernarios formaron parte de la fauna europea, hasta que hace 25.000 años desaparecieron misteriosamente.

Se diferenciaron, hace 1,2 millón de años, de un ancestro común que compartían con osos pardos y osos polares (Fig. 1). De hecho, hoy sabemos, que las tres especies se cruzaron entre ellas en algún momento. Habitaron el continente durante el Pleistoceno, una época en la que el clima sufrió cambios extremos en un período relativamente corto, pasando de un ambiente cálido y seco a uno frío y húmedo. Una vez el hielo se extendió por Europa los osos cavernarios se extinguieron.

Evolución osos
Fig. 1. Árbol evolutivo del oso cavernario (Ursus spelaneaus) y los osos contemporáneos (osos pardos y oso polar), a partir del Ursus etruscus.

Sin duda, el cambio climático que experimentó la Tierra en ese período debió suponer un estrés ecológico a muchas especies, pero a diferencia de los osos cavernarios, los osos pardos sobrevivieron a aquello, igual que lo hicieron los lobos o los leones de las cavernas. ¿Qué hizo que no sobreviviesen los osos cavernarios?

Primero se especuló mucho sobre la relación que mantuvieron los neandertales con ellos. Se llegó a pensar si competirían por las mismas cuevas cuando se encontraron huesos de ambos en los mismos yacimientos. ¿Los cazaban? ¿Los temían? ¿Los adoraban? Hay hipótesis para satisfacer todas las posibilidades: desde el culto al oso, por encontrarse un cráneo depositado sobre una gran losa; a las evidencias de su consumo en huesos con marcas de corte. A pesar de ello, los científicos están convencidos de que los humanos no tuvieron nada que ver con su extinción.

Una de las causas posibles fue que su dieta herbívora se volvió insostenible durante la glaciación 

La principal sospechosa de su desaparición es la dieta. Todo y su enorme tamaño, algunos machos alcanzaban los 1.000 kilos, y su potentes mandíbulas y enormes dientes –en otros tiempos interpretados como de dragón–, su dieta era principalmente herbívora. Por contra, los osos pardos son omnívoros, pudiendo pasar de una dieta herbívora a otra carnívora en función de los recursos disponibles. Para algunos investigadores los osos cavernarios no tenían esta capacidad.

Sus mandíbulas y sus anchos dientes parecen ser los adecuados para despedazar alimentos vegetales. En un clima que se enfriaba más y más, las plantas lo debieron pasar muy mal, igual de mal que lo debieron pasar aquellos animales que dependían de ellas. Con el frío escasearon las plantas y cayeron los osos

…a menos…, a menos que fuesen omnívoros. El investigador rumano, Marius Robu, del Emil Racovita Institute, miró los isótopos de sus huesos, para determinar que tipo de dieta tenían, y sus valores resultaron ser iguales a los de los osos del parque de Yellowstone, omnívoros sin duda. Pero la conclusión no convence a todos, después de todo, valores similares de isótopos se han encontrado en restos de mamuts y nadie duda de que los enormes paquidermos fuesen herbívoros.

Un cerebro pequeño podría haber impedido que se adaptasen a las nuevas condiciones

Una nueva hipótesis se puso el año pasado sobre la mesa: el tamaño de su cerebro. Los osos cavernarios se hicieron enormes pero sus cerebros no crecieron a la par. Kristof Veitschegger, de la Universidad de Zurich, analizó el coeficiente de encefalización (EQ) de diferentes especies de osos a través de sus cráneos. El oso cavernario obtuvo el valor más bajo ante los osos contemporáneos. Su valor EQ fue de sólo 0,60. El EQ de los osos pardos es de 0,83 y el de los osos malayos de 1,31 (Fig. 2). Para hacernos una idea, de lo que estos valores representan, pensad que los humanos tenemos un EQ de 6,56. 

Ursus spelaeus, Ursus arctos, Ursus maritimus, Helarctos malayanus, oso malayo, oso pardo, oso polar, oso de las cavernas.
Fig. 2. Esquema del cráneo de tres osos modernos (oso malayo, oso polar y oso pardo) y el del oso cavernario, en bermellón, el espacio cerebral de cada uno de ellos simplificado.

Los mamíferos que habitan ambientes estacionales muy marcados generalmente desarrollan, a lo largo de su evolución, dietas flexibles. Eso les permite alimentarse en función de los recursos más abundantes en cada estación. Sin embargo animales con largos periodos de hibernación, no requieren tener una dieta flexible. En vez de adaptarse a comer lo disponible, las grasas acumuladas el año les permite sobrevivir el invierno sin comer nada. Evolutivamente eso tiene un precio. Toda la energía que va a las reservas de grasa, es energía que no puede invertirse en nutrir el cerebro, con lo cual no se puede desarrollar un cerebro grande. Una dieta herbívora como la suya debió suponer unos límites muy fuertes al crecimiento de su cerebro. Uno puede vivir con un cerebro pequeño sin problemas, hasta que cambian las condiciones. Ante los cambios, el cerebro permite adaptarse rápidamente a las nuevas circunstancias. Algo que no pudo hacer el oso cavernario.

Cuando el clima empezó a cambiar y las nieves y los glaciares cubrieron los suelos del continente, la estrategia de hibernar para superar el invierno dejó de funcionar. El invierno no se acababa nunca. No era posible hibernar todo el año. Con un cerebro pequeño, que limitaba su capacidad para adaptarse al nuevo clima, los osos desaparecieron.

Se ha observado que en con el tiempo perdieron diversidad genética, algo que aún recortaría aún más sus posibilidades de adaptarse. No hay una explicación, ni una causa única, pero está claro, que los descomunales osos, cuyos restos un día nos hicieron soñar con dragones, quedaron atrapados ante un cambio climático drástico sin capacidad de reacción. Quizás hay ahí alguna lección.


Lecturas complementarias:

Baca M, Popovic D, Stefaniak K, Marciszak A, Urbanowski M, Nadachowski A. 2016. Retreat and extinction of the Late Pleistocene cave bear (Ursus spelaeus sensu lato). The Science of Nature 103: 92

Brunner B. 2007. Bears: a brief history. Yale University ISBN 978-0-300-12299-2

Döppes D, Rabeder G, Frischauf C, et al. 2018. Extinction pattern of Alpine cave bears – new data and climatological interpretation. Historical Biology 10.1080/08912963.2018.1487422

Knapp M. 2018. From a molecules’ perspective – contributions of ancient DNA research to understanding cave bear biology. Historical Biology 10.1080/08912963.2018.1434168

Robu M, Wynn JG, Mirra IC, et al. 2018. The diverse dietary profiles of MIS 3 cave bears from the Romanian Carpathians: insights from stable isotope (δ13C and δ15N) analysis. Paleontology 61: 209–219

Romandini M, Terlato G, Nannini N, Tagliacozzo A, Benazzi S, Peresani M. 2018. Bears and humans, a Neanderthal tale. Reconstructing uncommon behaviors from archeological evidence in Southern Europe. Journal of Archaelogoical Science 90: 71–91

Stiller M, Baryshnikov G, et al. 2010. Withering away – 25,000 years of genetic decline preceded cave bear extinction. Molecular Biology and Evolution 27: 975–978

Stuart AJ. 2015. Late quaternary megafauna extinctions on the continents: a short review. Geological Journal 50: 338–363

Orlando L, Bonjean D, Bocherens H, Thenot A, Argant A, Otte M, Hänni C. 2002. Ancient DNA and the population genetics of Cave Bears (Ursus spelaeus) though space and time. Molecular Biology and Evolution 19: 1920–1933

Veitschegger K. 2017. The effect of body size evolution and ecology on encephalization in cave bears and extant relatives. BMC Evolutionary Biology 17: 124

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