¿Puede recuperarse la función ecológica de la humanidad para preservar la biodiversidad?

El abandono de los usos tradicionales de la naturaleza se ha visto que muchas veces tienen unas connotaciones negativas para la conservación de la biodiversidad a escala local y regional. Se homogeneizan los hábitats y en el peor de los casos, ante el abandono de los usos tradicionales nuevos usos de explotación modernos pasan a tomar control de los recursos naturales rompiendo el equilibrio que los usos ancestrales habían generado durante cientos o miles de años. Ejemplos sobre la función ecológica de las comunidades humanas sobre los ecosistemas pueden encontrarse desde la cuenca mediterránea, a la selva amazónica o las estepas asiáticas y zonas áridas australianas. Lejos de trazar una línea divisoria entre los humanos y la naturaleza como si de dos entidades incompatibles se tratase, científicos y gestores de la conservación deberían restaurar la conexión histórica que ha existido entre humanos y naturaleza, así como aceptar su rol funcional en el mantenimiento de la biodiversidad.


 

El declive de la biodiversidad observado durante las últimas décadas ha motivado numerosas estrategias entre conservacionistas y administraciones públicas para mirar de contrarrestar los diferentes causas y efectos de dicha pérdida. Las principales causas de la pérdida de la biodiversidad actual pueden atribuirse a un origen humano, destacando principalmente: (1) la destrucción de los hábitats naturales, (2) la contaminación, (3) la introducción de especies invasoras y por último, pero no menos importante, (4) el cambio climático.

Dado que la pérdida de biodiversidad se ha visto que reduce la funcionalidad y la productividad de los ecosistemas, la mayoría de las acciones tomadas para conservar dicha diversidad pasan generalmente por asilvestrar la naturaleza. Es decir, mirar de devolver a los ambientes degradados por las actividades humanas a un estado anterior, mediante la reforestación y la introducción de especies clave para los ecosistemas, con el fin de que, poco a poco, recuperen su dinámica natural previa a la perturbación humana. 

Ha sido la asociación directa que se ha establecido siempre entre la actividad humana y la destrucción del ambiente, y su consiguiente pérdida de biodiversidad,  la que ha llevado que en las políticas de restauración de los medios naturales, el factor humano haya quedado casi excluido de la ecuación. Lo cual no deja de ser sorprendente si se tiene en cuenta la amplia bibliografía que existe sobre el papel ecológico que han jugado las comunidades humanas a lo largo de la historia. Obviamente no me refiero a los efectos nocivos del último siglo, o los dos últimos siglos, en los que la sobreexplotación del medio natural por los avances tecnológicos han resultado ser catastróficos. No hay más que pensar en como la aparición de nuevas herramientas han permitido la deforestación masiva de grandes zonas de selvas y bosques, con el fin de implementar inmensos monocultivos extensivos y agresivos, la abertura de minas, el agotamiento de los recursos marinos o la propia industrialización. Tanto la urbana por su alto nivel de contaminación del aire, agua y suelos, como la rural con el uso masivo de herbicidas y pesticidas; todas ellas han contribuido de una manera u otra a la degradación continua del medio ambiente hasta los niveles actuales.

Pero si nos extraemos por un momento de la visión de la sociedad moderna e industrial, descubriremos que ha existido desde que tuvo lugar la revolución agrícola hace unos 10.000 años, una cultura agrícola, que no sólo resultaba nociva para la biodiversidad, sino que numerosos estudios parecen indicar que la actividad rural tradicional tenía efectos positivos sobre la biodiversidad y los ecosistemas. Es más, diferentes estudios parecen concluir que justamente en muchas partes del mundo el cese de las actividades tradicionales humanas han dado lugar a una pérdida de biodiversidad al empobrecerse los ecosistemas.

En muchas partes del mundo el cese de las actividades tradicionales humanas han dado lugar a una pérdida de biodiversidad al empobrecerse los ecosistemas.

Quizás por eso, son cada vez más los trabajos y las políticas de restauración que reclaman el reconocimiento de las poblaciones humanas como elementos funcionales para ayudar a restaurar los ecosistemas y garantizar una mayor biodiversidad de los mismos. Los efectos positivos se han constatado sobre todo en aquellas comunidades de cazadores-recolectores, aunque también en las comunidades rurales tradicionales. Después de todo, las comunidades humanas no difieren tanto de las de otros animales que crean sus propios nichos ecológicos (Fig. 1) y parte de los beneficios observados en dichos animales pueden atribuirse también a dichas comunidades humanas. Veamos algunos ejemplos.

Históricamente la mayoría de las comunidades humanas se han asentado en regiones concretas donde han desarrollado sus diferentes actividades extractivas, desde la caza, a la recolección de frutos, el pastoreo o la creación de campos y muchas otras actividades, muchas de las cuales tan siquiera eran conscientes pero que activaban el funcionamiento de los ecosistemas. Obviamente no todas las perturbaciones creadas por los humanos eran positivas, pero sí que a lo largo de la historia se creó una serie de sinergias entre especies locales con las poblaciones humanas asentadas que dio origen a unas dinámicas específicas y únicas, hasta el punto de que muchas plantas y animales se vieron favorecidas por las actividades de los humanos que les abrían nuevos nichos ecológicos que supieron aprovechar, contribuyendo con ello a una mayor diversidad paisajística y una mayor productividad de los ecosistemas.

Este conflicto histórico se hace muy evidente en los paisajes mediterráneos. La cuenca mediterránea ha sido considerada muchas veces como la cuna de la civilización moderna, donde nacieron, crecieron y colapsaron durante siglos las más grandes civilizaciones de sus tiempos. Todas estas civilizaciones obviamente tuvieron un gran impacto sobre la biota y los ecosistemas que habitaban, lo que ha llevado a que varios autores consideren que los organismos han «coevolucionado» de manera paralela con las comunidades humanas y sus diferentes prácticas del uso del suelo.

En la cuenca mediterránea, los organismos y ecosistemas han coevolucionado paralelos a las comunidades humanas 

En el caso de la cuenca mediterránea existen dos líneas de pensamiento principales: la que visualiza el mediterráneo como una serie de «Paisajes arruinados», y otra que denomina a la región como «la teoría del Edén perdido». La de los «paisajes arruinados» fue acuñada principalmente por pintores y artistas del siglo XVII en plena euforia prerrománticista en las que se empezó a afirmar el predominio del sentimiento frente a la razón, y el gusto por una naturaleza salvaje, esotérica y misteriosa que distaba mucho de la naturaleza arreglada y tranquila que tanto agradaba a los artistas neoclasicistas que los antecedieron. El enciclopedista francés Denis Diderot, por ejemplo, escribió en el año 1760:

«¿Qué necesita el poeta? ¿Una naturaleza bárbara o cultivada, tranquila o tormentosa? ¿Preferiría la belleza de un día puro y sereno al horror de una noche oscura, donde el mugido de los vientos se mezcla por intervalos al murmullo sordo y continuo del trueno lejano, y donde se ve el relámpago inflamar los cielos sobre nuestra cabeza? ¿Preferirá un estanque a una catarata que se quebranta y rompe entre los peñascos, estremeciendo al pastor que a oye lejos, apacentando su rebaño en la montaña? ¿Cuándo veremos nacer poetas? Después de grandes desastres y grandes desdichas, cuando los pueblos comiencen a respirar, y las imaginaciones excitadas por espectáculos terribles, se atrevan a pintar cosas que ni siquiera podemos concebir los que no hemos sido testigos de ellas».

La tesis de una naturaleza degradada o empobrecida, poco salvaje, más tarde fue adoptada por no pocos ecologistas que consideraron que el paisaje de la cuenca mediterránea era uno totalmente deforestado y excesivamente humanizado que había dado lugar al aspecto degradado y desertificado actual. Dicho visión se basa en pasajes idílicos en los que se imaginan un mediterráneo primordial cubierto por vastas extensiones de bosques, que según las leyendas permitirían en el pasado a un mono desplazarse desde la Península Ibérica hasta Turquía sin prácticamente pisar el suelo, simplemente saltando de rama en rama de un árbol a otro. En España fuimos muchos los que crecimos con la creencia de que el geógrafo griego Estrabón había mencionado que una ardilla podía cruzar la península ibérica de punta a punta sin tocar el suelo. Tal se suponía la frondosidad de la península en el pasado, imaginada como un inmenso manto de hayas y extensos pinares que cubrían el territorio de norte a sur y de este a oeste. La realidad es que Estrabón, si bien describió una península frondosa, nunca hizo mención alguna a la famosa ardilla de mi imaginario infantil. Por otro lado, el naturalista romano, Plinio el Viejo, describió una España muy diferente, mucho más parecida a la actual, con algunas regiones cubiertas por bosques mediterráneos, grandes llanuras sin árboles en la meseta y bosques de coníferas en las cordilleras.

 Aún así, no son pocos los ecologistas que han contribuido ha pintar un mediterráneo degradado por los asentamientos históricos y el efecto nocivo de las sucesivas civilizaciones. El propio David Attenborough en su serie de cuatro capítulos «The First Eden: The Mediterranean World and Man» para la BBC en 1987 se acogió a dicha concepción de un Edén destrozado y deforestado por las diferentes civilizaciones que han ocupado la zona, hasta el punto de generar una gran pérdida de diversidad. Su segundo capítulo lo concluye de esta manera:

«Fueron los propios ciudadanos de Éfeso quienes mancillaron la fertilidad de las tierras que rodeaba su ciudad. Solían decir que en lugares como estos, la naturaleza no apoyaba al hombre. La realidad es exactamente la contraria: aquí, fue el hombre quien no apoyó a la naturaleza».

En un ámbito más local, nuestro gran divulgador Félix Rodríguez de la Fuente, en su primer capítulo de «El Hombre y la Tierra», con su peculiar voz nos explicaba a millones de familias sentadas en el sofá en la sobremesa del fin de semana:

«En tiempos históricos España fue un paraíso forestal. Un águila imperial, la reina de las aves de nuestros bosques, hubiera podido sobrevolar la península Ibérica sin dejar de sobrevolar un infinito manto verde. Hubiera viajado sobre pinares, sobre encunares, robledales, sobre bosques de coníferas, mediterráneos o caducifolios».

La segunda visión, la de la «teoría del Edén perdido», no es tan catastrofista a la hora de evaluar los efectos históricos de la actividad humana, considerando que la visión prístina del mediterráneo es una idealización de artistas y científicos sin un conocimiento real de las contribuciones humanas al enriquecimiento de los ecosistemas mediterráneos. Como suele suceder la realidad posiblemente se encuentre entre tan opuestas visiones; en las que ni el humano ha sido tan pésimo para la destrucción de los ecosistemas antes de la era industrial, ni tampoco tan positivo. Las acciones de las poblaciones locales posiblemente han tenido a la vez efectos negativos sobre algunas especies y positivos sobre otras.

Repasemos un poco los paisajes tradicionales e históricos que aún a día de hoy conforman parte del paisaje mediterráneo para entender mejor sus posibles efectos positivos y negativos. Para ello, lo primero es recuperar tres conceptos de diversidad básicos usados en ecología, como son los diferentes índices de diversidad biológica que nos permitirán comprender la contribución humana. El índice de diversidad más común es el ⍺-diversidad que hace referencia a la diversidad que se encuentra dentro de un hábitat concreto (por ejemplo, la diversidad que se puede observar dentro de un bosque). Por otro lado, tenemos la β-diversidad, que es aquella suma de diversidades que se encuentra entre dos diferentes hábitats, que puede aumentar cuando un paisaje no es homogéneo sino que está constituido por una serie de hábitats diferentes. Y por último tenemos la γ-diversidad que hace referencia a la diversidad regional, que apela a toda la diversidad que se encuentra en una región. Una vez más, una región constituida por hábitats diferenciados podría acoger una mayor diversidad de plantas y animales.

Veamos que sucede con dos de los paisajes más característicos de la región mediterránea. El paisaje con mayor influencia y más antiguo de los presentes hoy en día sigue siendo el que se conoce por su triada latina de Sylva-saltus-ager (foresta-pastura-campos), una composición paisajística explotada por los romanos que extendieron por todo su imperio a lo largo y ancho de la cuenca mediterránea. En este sistema conviven tres tipos de actividades diferentes en un espacio físico relativamente pequeño, pero bien determinadas en el espacio, donde el hombre establece una serie de parcelas que le permite combinar todas sus actividades: la de cazador-recolector en las fragmentos forestales, la de crear aberturas para que sus animales domesticados puedan pastar libres, y la existencia de unos terrenos dedicados al cultivo de sus plantas domesticadas. La organización del paisaje en fragmentos si bien provoca que la diversidad dentro de un habitat concreto pueda bajar (la ⍺-diversidad), en general la β-diversidad entre hábitats aumentará al permitir convivir en el mismo espacio a plantas y animales que en una zona homogénea no podrían hacerlo, y lo mismo sucede cuando miramos la diversidad a nivel regional (Fig. 2). Muchas flores que no podrían crecer y florecer a la sombra de las extensiones forestales encuentran su lugar en los campos de pastura y las zonas agrícolas. La aparición de estas zonas abiertas y una mayor riqueza de flores, favorece a su vez a una mayor diversidad de insectos polinizadores o que simplemente se alimentan de las mismas, lo que a su vez atrae a nuevos depredadores.

Aunque diferente, algo parecido sucede con el modelo paisajístico de la dehesa tan común en España, Portugal y algunas islas mediterráneas. A diferencia del sistema Sylva-saltus-ager, en la dehesa, las tres actividades: cazador-recolección, pastoreo y cultivo suelen combinarse en el mismo espacio. Es decir, el espacio no se parcela, sino que los bosques se esclarecen para permitir desarrollar dentro de los mismos el pastoreo y otras actividades. Este sistema, al ser homogéneo presenta unos valores de β-diversidad entre hábitats bajo, pero permite mantener unos niveles elevados de ⍺-diversidad dentro del hábitat, así como de γ-diversidad a nivel regional (Fig. 2).

usos tierra tradicionales
Fig. 2. Tres tipos de paisajes mediterráneos y sus respectivos niveles de biodiversidad, a nivel de hábitat, entre hábitats y a nivel regional. Véase como en masas forestales homogéneas la diversidad entre hábitats y regional es moderada, índices que aumentan al generarse nuevos hábitats como la parcelación tradicional romana de Sylva-satur-ager, o la dehesa ibérica en la que se combinan diferentes usos en unos bosques esclarecidos.

Lo cierto es que hay varios trabajos que apuntan a que los usos tradicionales de las tierras han generado grandes movimientos de suelo (pensemos por ejemplo en las terrazas sostenidas por muros de piedra en las zonas con pendientes para ganar terrenos cultivables), han alterado con el trabajo las propiedades del suelo, aireándolo, comprimiéndolo, enriqueciéndolo con nutrientes, etc… acciones que han favorecido el crecimiento de unas plantas que antes no disponían de estos hábitats y su fauna asociada.

Los humanos pueden generar nuevos hábitats, dispersas especies, favorecer a unas sobre otras, etc… son verdaderos agentes funcionales dentro de los ecosistemas

Pero más allá de la modificación de los paisajes y del suelo, las comunidades humanas ejercen otro tipo de acciones sobre los ecosistemas. Una de ellas es la de actuar como agentes de dispersadores de semillas e incluso de trastocar especies animales (Fig. 3). Este es un punto que a muchos lectores les puede resultar conflictivo, pues le vengan enseguida a la cabeza la introducción de especies alóctonas que no son propias de la zona y que algunas de estas acaben considerándose especies invasoras con efectos nocivos para las especies nativas. Esta visión negativa se debe a que en las últimas décadas los estudios dedicados al movimiento de especies generado por los humanos se han basado principalmente en analizar movimientos a grandes distancias geográficas entre continentes o regiones muy alejadas las unas de las otras. Sin embargo cuando se mira el papel que las pequeñas comunidades juegan a una escala geográfica menor, se ve que muchas veces los humanos en sus movimientos cotidianos actúa como un gran vector y dispersador de semillas, al igual que hacen muchos otros animales como aves y mamíferos, llevando enganchadas en sus ropas o en las suelas de sus zapatos gran cantidad de esporas y semillas que pueden transportar durante kilómetros favoreciendo así a la dispersión de las especies y encontrar nuevos hábitats. Algo que sin duda contribuye a la dinámica de los ecosistemas y a mantener una mayor biodiversidad a nivel regional.

Algo similar pasa con las técnicas tradicionales de caza y recolección. La caza tradicional tiene unas consecuencias negativas sobre muchas de las especies de animales cazadas, la principal de ellas es la del miedo. Donde hay cacería los animales depredados se vuelven más miedosos, modifican sus pautas de comportamientos para evitar el encuentro con los hombres. Estos cambios en la conducta sin embargo abre nuevas oportunidades a las presas de los animales depredados que aliviados por la caza humana pueden verse favorecidos (Fig. 3). Lo mismo sucede con muchas plantas, que dada la presión generada por los humanos, pueden crecer mejor aumentando su producción sin sufrir tanto la depredación de los animales cazados.

humansactivities
Fig. 3. Diferentes acciones que genera el hombre a nivel local en sus usos tradicionales de los ambientes que pueden enriquecer la biodiversidad de la zona: aumentar la diversidad del paisaje y los hábitats mediante quemas controladas, modificando las propiedades del suelo, trabajándolo o rebuscando raíces y tubérculos, alterando el comportamiento de algunos animales mediante su caza favoreciendo así indirectamente a otras especies, o actuando como un agente dispersador de esporas y semillas a grandes distancias facilitando la movilidad de las especies vegetales. Diagrama original de Bliege Bird, R., Nimmo, D. (2018) Restore the lost ecological functions of people. Nature Ecology & Evolution 

En resumen, a pesar de las numerosas pruebas que se han ido recogiendo en todo el mundo sobre las interacciones positivas que existen entre las comunidades tradicionales y la biodiversidad, sigue existiendo una tendencia a ver dichas interacciones siempre como negativas. El impacto, tremendamente negativo, que ha tenido la industrialización moderna de la actividad humana, tanto a nivel urbano como agrícola o en la propia explotación de las zonas forestales y las minas, con sus consabidos problemas de contaminación y destrucción de los habitats, ha dado lugar a que la mayoría de la gente tenga a día de hoy una visión catastrofista en cualquier relación humano-naturaleza, hasta el punto de contraponer lo humano a lo natural. Como si el hombre no fuese un agente natural. Una idea peligrosa pues no hace más que alejarnos más de la naturaleza, como si fuésemos dos entidades incompatibles y alienas la una de la otra.

Incluso en el relato histórico, de las poblaciones nativas o indígenas, suele hacerse uso de un relato negativo. Ahí están los estudios que demuestran que los humanos contribuyeron de manera determinante a la extinción de la megafauna en el pasado, y que sigue haciéndolo. Hay realidades que obviamente no pueden negarse, en la entrada anterior sobre la distribución de la biomasa terrestre los datos eran espeluznantes, la humanidad y sus animales domesticados han superado con creces a los mamíferos y las aves salvajes.

Pero más allá hay también que reconocer la co-evolución que ha existido en muchas partes entre los usos tradicionales de la naturaleza. La selva amazónica, por ejemplo, está siendo hoy destruida por enormes plantaciones de café, soja o para pastos de ganado que acabarán transformados en hamburguesas en grandes factorías. El problema actual es que los usos de los suelos y los recursos naturales ya no están en la mayoría de los casos en mano de las poblaciones indígenas o locales, sino que han sido expropiadas y a día de hoy son explotadas por enormes empresas multinacionales que no son ni tienen ningún otro interés en el país o el territorio que el de extraer su recurso, sea cual sea el coste ecológico que ello conlleve, porque no tienen ningún afecto o apego a las tierras que explotan. 

Hay que darle un mayor mérito y reconocimiento desde el ecologismo y las políticas de restauración de los ecosistemas del rol de las comunidades humanas locales. Hay que devolverle a la gente el poder de mantener sus territorios de una manera respetuosa con la naturaleza, en la que los gestores ambientales no vean a los humanos sólo como una amenaza potencial sino como un elemento estabilizador y protector de la biodiversidad. Hemos visto que a través de la creación de nuevos hábitats, el movimiento de suelos, la caza controlada e incluso la dispersión de semillas de manera inconsciente, los humanos contribuyen positivamente a la riqueza de los ecosistemas. 

El abandono de los usos tradicionales de la naturaleza se ha visto que muchas veces tienen unas connotaciones negativas, los hábitats se homogeneizan y en el peor de los casos, ante el abandono de los usos tradicionales nuevos usos de explotación modernos pasan a tomar control de los recursos naturales rompiendo el equilibrio que los usos ancestrales habían generado durante cientos o miles de años. 

 


 

Lecturas suplementarias:

 

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