La revolución agrícola: la explosión demográfica que hizo imposible su abandono

No, no mencionemos estas cosas que lágrimas provocaron a Deo.
Mejor decir cómo a las ciudades leyes gratas otorgó;
mejor decir cómo la caña y las sacras brazadas de espigas
por primera vez segó y los bueyes hizo que las pisaran,
cuando Triptólemo aprendía el noble arte. […]

“¡Salve, salve, Deméter, que a muchos crías, rica en trigo!”
Y como las yeguas de radiantes crines portan la cesta
en número de cuatro, así a nosotras la gran diosa, poderosa soberana,
vendrá, trayendo la radiante primavera, el radiante verano, el invierno
y el otoño, y hasta otro año nos protegerá. […]

Salud, diosa, a esta ciudad mantén en la concordia
y la prosperidad, y produce en el campo todo en abundancia.
Haz medrar los bueyes, haz brotar frutos y espigas, haz que llegue la cosecha;
haz medrar también la paz, para que, quien are, sea también quien coseche.
Seme propicia, tú, a la que tres veces se suplica, soberana, poderosa entre las diosas.

Así rezan las últimas estrofas del Himno a Deméter del poeta heleno Calímaco (traducción de José B. Torres Guerra). En el canto se menciona como Deméter, la divinidad protectora de las cosechas y la fertilidad de los campos, la responsable del nacimiento y la regeneración de las plantas, transfiere el secreto y conocimiento de los cereales y las artes agrícolas a Triptólemo, príncipe de Eleusis. Triptólemo, representa en la mitología griega la saga de la revolución neolítica, esto es la cultura del cultivo o labor de la tierra, con lo cual el hombre interviene en la Naturaleza no ya como depredador sino como productor, modificando así el juego de la selección natural y creando sus propias fuentes de alimentación. La revolución agrícola constituye lo contrario de la adaptación del sujeto al medio, dando lugar a la adaptación del medio al sujeto. El sujeto crea su propio nicho ecológico, no se adapta a lo que existe, sino que lo modifica, lo altera y reconstruye para suplir sus necesidades. El hombre deja, de alguna manera, de acomodarse a la Naturaleza, para someter ésta a sus necesidades y deseos. La revolución agrícola tiene su peculiar ambigüedad, ya que por un lado, proporciona todos los adelantos técnicos futuros que conocemos hoy y, por otro, da lugar a muchas de las grandes atrocidades acontecidas en la historia, desde las guerras a la destrucción del equilibrio ecológico. Si hasta entonces, el hombre primitivo había sacralizado la naturaleza; el hombre agricultor, efectúa una gradual pero continua desacralización de ella. Su conciencia de artificialidad, la diferencia entre lo «natural» y lo «cultural» va asociada a una creciente pérdida del respeto a la naturaleza.

Casi de manera incuestionable, la revolución agrícola que tuvo lugar a principios del periodo Holocénico a lo largo y ancho del mundo, constituye uno de los eventos más importantes en la historia y evolución de la cultura humana. Ha habido otras, la revolución metalúrgica, la industrial, la de las comunicaciones, la cibernética, y las que estén por llegar; pero muchos estudiosos coinciden en señalar que todas ellas derivan directamente de la revolución agrícola: la madre de todas las revoluciones.

La aparición de la agricultura puede rastrearse en los yacimientos arqueológicos hasta unos 11-12 mil años atrás en el Creciente Fértil, esas tierras que hoy constituyen el sudeste de Turquía, el norte de Irán y el Levante mediterráneo, si bien en los años sucesivos la agricultura se desarrollaría de manera independiente también en el norte y el sur de China, en lo que hoy es Nueva Guinea y Etiopía en el continente africano, así como en zonas del este de Norteamérica, Mesoamérica y los Andes centrales de Sudamérica, con la excepción de Europa donde llegó de la mano de los pobladores del Creciente Fértil en sus migraciones hacia el oeste (Fig. 1). Desde éstos centros, las técnicas y las especies de plantas domesticadas, usadas en las primeras plantaciones, se expandieron por el mundo sustituyendo paulatinamente a las culturas de cazadores-recolectores. La vida nómada fue desapareciendo en muchas comunidades para dar paso a una vida sedentaria (Fig. 2).

La revolución neolítica siempre se ha considerado un hito en la historia de la humanidad, una singularidad histórica que proyectaba a la especie a una nueva época. Con la agricultura apareció una nueva manera de vivir. Permitió una mayor división de tareas. Un aumento de la producción, el desarrollo de la cerámica, la aparición de los tejedores y otras muchas técnicas y nuevos oficios necesarios para gestionar los nuevos recursos y poner orden en unas poblaciones sedentarias. Probablemente la escritura apareció para dejar constancia de las leyes dentro de estas nuevas sociedades, apareció la profesión del escriba y la humanidad dejó atrás la prehistoria para entrar en la «historia», periodo durante el cual se originó el desarrollo urbano, primeros los poblados y luego las ciudades. Ese fue el nacimiento de la civilización, se ha dicho, y todo ello aparentemente gracias a la agricultura.

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Fig. 1. Mapa que muestra en naranja las regiones donde tuvieron lugar las independientes revoluciones agrícolas y las rutas de dispersión de las mismas.

Los científicos, tanto historiadores como evolucionistas siempre han mostrado gran fascinación por esos momentos temporales de transición, esos periodos relativamente cortos en los que las cosas aparentemente cambian con una rapidez relativa respecto a las fases precedentes y posteriores, en las cuales las cosas no parecen cambiar mucho. La fascinación es comprensible, pues son periodos excitantes que provocan cambios profundos que van a definir el futuro por un tiempo. Los periodos largos y relativamente monótonos en historiografía se llaman «estabilidad» y en evolución «estasis», mientras que las transiciones en historia se denominan «revoluciones», mientras que en biología evolutiva se habla de «puntuaciones». Conocer las causas de dichas transiciones siempre ha intrigado a los estudiosos, las consecuencias también, pero suelen ser más obvias, pues están allí, o han quedado evidencias de las mismas en los largos periodos de estabilidad, es posible comparar entre lo que había antes y lo que hubo después, pudiendo asignar al periodo de transición como fuerza causante de los cambios observados. Sin embargo, reconocer las causas que precipitan los cambios drásticos suele ser más difícil y por tanto más excitante.

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Fig. 2. Diagrama con los diferentes periodos en los que tuvieron lugar las diferentes fases de la revolución agrícola en Oriente Medio, Asia y África; empezando por la cultivación de plantas silvestres (verde claro) hasta acabar en la domesticación de las mismas (verde oscuro)

La revolución del Neolítico, siempre se ha descrito como un periodo de gran crecimiento y desarrollo, cuya consecuencia directa fue el crecimiento poblacional de humanos en la Tierra (Fig. 3). La ecuación es sencilla: a más producción más población.

La idea del progreso, viene de lejos, ya los griegos clásicos determinaron tres estadios en la evolución humana: «Primero hay un estadio cazador-recolector; éste lleva poco a poco a la domesticación de los animales y un estadio nómada de pastoreo; finalmente llega la invención de la agricultura». Esta idea de la historia y evolución cultural persistió en el pensamiento europeo hasta la Edad Media, con la variación, de que mientras los griegos creían en un desarrollo cíclico, algo así como un eterno retorno, en el cual la humanidad volvía una y otra vez al principio, la versión medieval y sobre todo la Ilustración del siglo XVIII establecieron una línea recta de progreso, que iba desde las sociedades más primitivas y menos avanzadas de cazadores o pastores, hasta las sociedades agrícolas más avanzadas. La cosa apenas cambió en el siglo XIX. Incluso el propio Darwin consideraba que la agricultura era una práctica que siempre estuvo/estaba allí para ser descubierta, y que tarde o temprano todas las sociedades la abrazarían al descubrir sus enormes ventajas evolutivas. Hubo que esperar al siglo XX para que surgiesen diferentes hipótesis sobre el origen de la agricultura y poner en duda la idea preestablecida de que con ella todo mejoró.

¿Qué había llevado a ciertas sociedades a abandonar sus hábitos de caza y recolección, a experimentar con la plantación de ciertas especies vegetales? 

Hasta bien entrada la década de los sesenta, aún con la inercia de la idea del progreso, se asumía que la agricultura era preferible a la recolección. Hasta entonces sólo se habían visto ventajas en la agricultura respecto a los modos de vida de otros grupos humanos de prácticas nómadas o recolectoras. Pero hace cincuenta años esa visión empezó a cambiar ligeramente y aparecieron estudios que contradecían los grandes beneficios que había supuesto en un origen la adopción de la agricultura, señalando problemas asociados con la nueva práctica y el estilo de vida derivado de ello.

Tradicionalmente se ha creído que cultivar siempre es la mejor opción, que sus ventajas respecto a vivir de la recolección y la caza son tan grandes, que todas las culturas tienden a acabar abrazando la domesticación y el cultivo de plantas, porque el saldo coste/beneficio siempre es positivo. Sin embargo, estudios recientes demuestran que la agricultura en sus orígenes tenía muchas desventajas, era (y sigue siéndolo a pesar del desarrollo de maquinaria y herramientas que facilitan su labor) un trabajo muy duro que causaba grandes lesiones en las espaldas de los que la practicaban, consumía todo el tiempo del día, e implicaba dedicación completa al cuidado del campo siendo un trabajo muy intenso, tanto o más que la caza y la recolección. Los esqueletos de aquella época muestran graves lesiones de discos intervertebrales luxados, artritis y hernias, entre otras dolencias crónicas propias de un uso continuo de malas posturas y esfuerzos físicos inapropiados. Después de todo, la anatomía humana no evolucionó para pasarse el día doblado sobre el campo limpiando suelos, arrancando malas hierbas, aportando agua y nutrientes al terreno, o recogiendo los frutos a nivel del suelo. El humano había evolucionado como especie cazadora-recolectora y su cuerpo sufrió las consecuencias de aquella nueva práctica. Así visto, uno debe plantearse por qué la gente, llegado un punto, optó por la agricultura, aunque eso implicase efectos negativos sobre la salud, en lugar de seguir con su vida nómada de pastores, cazadores o recolectores.

Han surgido muchas hipótesis para dar explicación a las causas que empujaron a los pobladores de entonces a cambiar sus modos de vida por la agricultura. Algunas apuntan a una extinción excesiva de animales por los grupos cazadores que forzaría la búsqueda de maneras alternativas de conseguir recursos. También, en parte relacionado con la anterior, un incremento de la población humana que llevase a unos a competir con los otros, haciéndose evidente la necesidad de crear nuevos recursos para sobrevivir en lugar de esperar pasivamente a que éstos se produjesen. Las hipótesis economistas apuntan a que una vez unos grupos la adoptaron todos a su alrededor se vieron forzados a hacerlo. Veamos con más detalle algunas de ellas.

 

Lo que parece evidente, es que la agricultura y el asentamiento, dio lugar a culturas agrícolas dominadas por el esclavismo y el uso de mano de obra de otros grupos. Algunos economistas creen que existe una correlación directa entre el momento histórico en el cual cada región hizo la transición a la agricultura con la actual distribución de riqueza en el mundo. Enseguida aparecieron sistemas de dominación y explotación que permitieron a unos acumular más riqueza que aquellos que no la habían desarrollado. Aquellos que abrazaron la agricultura antes y con ello pudieron empezar a acumular más recursos siguen siendo hoy las regiones que dominan en cada área respectiva, con una acumulación de riqueza que ha ido persistiendo a  lo largo del tiempo.

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Fig. 3. Reconstrucción artística del poblado neolítico de Çatalhöyük en la actual Anatolia central (Turquía). Obra original de Dan Lewandowsk.

Otros autores hacen hincapié en las condiciones climáticas locales y la genética de las especies disponibles en la zona. De todas las plantas existentes son muy pocas las que los humanos han conseguido domesticar y modificar para su consumo. De los cientos de especies que nuestros antepasados cazaban y recolectaban, solo unas pocas eran susceptibles de ser domesticadas y cultivables. Las que lo eran, vivían en unas zonas concretas, y no parece que fuese una casualidad que fuese en aquellas regiones donde tuvieron lugar las revoluciones agrícolas. El trigo, el arroz, las patatas y el maíz fueron los grandes motores de la agricultura, y de alguna manera, se podría hasta argumentar que fueron las plantas las que en parte domesticaron al hombre. Alteraron su modo de vida, los asentaron y usaron al humano como instrumento para colonizar todo el mundo. Mientras que hace 10.000 años el trigo era una pequeña graminia silvestre que sólo crecía en Oriente Medio, en la actualidad es una de las especies más distribuidas del mundo, que goza de grandes extensiones por todos los continentes (Fig. 4). La patata también abandonó hace siglos su reducto americano para expandirse por todo el planeta (Fig. 5). Si el éxito evolutivo de una especie va en función de cuantas veces consigue transmitir sus genes y perseverar en el tiempo y el espacio, es obvio que las plantas domesticadas han triunfado con la ayuda de los humanos. Es la teoría bautizada como «simbiosis humano-planta», en la que ambos, humanos y plantas, dependen los unos de los otros, los humanos empezaron ayudando a una serie de plantas a sobrevivir aportándoles agua y eliminando a las plantas competidoras y herbívoros, y a cambio los humanos obtenían unos frutos o semillas de los cuales con el tiempo también se volvieron dependientes. Sus vidas habían quedado ligadas y difícilmente podían liberarse unas de las otras. Tanto dependían las unas de la otras, que históricamente los inmigrantes siempre han llevado consigo semillas para plantar sus plantas, las que conocen.

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Fig. 4. Distribución original (en rojo) del trigo silvestre, y en verde la distribución actual de todas las diferentes variedades domesticadas.
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Fig. 5. Distribución original (en rojo) de la patata silvestre en la región andina, y en verde la distribución actual de todas las diferentes variedades domesticadas.

Una vez las poblaciones abrazaron la agricultura, crecieron sus poblaciones creciesen y su abandono se hizo imposible

Pero volviendo sobre las causas que dieron pie a la revolución agrícola, una de las hipótesis que más éxito ha tenido es la propuesta por Cohen en 1977. Aquel año, Cohen, consideró que la transición se vio forzada por la presión poblacional del momento, la población humana había crecido tanto que las poblaciones no conseguían suficientes recursos por los métodos tradicionales de recolectar frutos y raíces, o cazar presas. Fue necesario ingeniar nuevas formas de obtener alimentos, de controlar y dominar unos recursos que alimentasen sus poblaciones. Una vez las poblaciones abrazaron la agricultura, permitiendo así que sus poblaciones creciesen aún más, su abandono se hizo imposible, ya no había marcha atrás. Puede decirse que la agricultura constituyó una singularidad tecnológica, un punto en la historia que aceleró el crecimiento poblacional y cultural, de la que los humanos fueron incapaces de predecir sus consecuencias. La idea de una sobreexplotación de recursos por sobrepoblación anterior a la revolución agrícola, se abandonó en las décadas siguientes por la ausencia de evidencias arqueológicas. Los dientes y huesos anteriores a la revolución, muestran unas poblaciones sanas, muchas veces más sanas que las de las primeras civilizaciones agrícolas. Pero en los últimos años ha vuelto a ganar adeptos por las nuevas evidencias proporcionadas por la genética.

Buscando la huella genética de la revolución agrícola

Los favorables a las bondades de la agricultura sostienen que fue la agricultura la que permitió un rápido crecimiento de las poblaciones. De ser así, debería poder apreciarse en los estudios genéticos una huella genética causada por un crecimiento repentino de las poblaciones. Los últimos estudios genéticos dan resultados ambiguos que rompen con la idea tradicional y optimista de la agricultura. Todos ellos han encontrado evidencias de un crecimiento progresivo de las poblaciones humanas previas a la revolución agrícola, bien porque las condiciones climáticas fueron mejores, o los cazadores-recolectores mejoraron sus conocimientos y técnicas de caza. Según estos estudios, las poblaciones parecieron florecer en los años (siglos) anteriores a la adopción de la agricultura. Ese aumento poblacional, como argumentó Cohen en 1977, podría haber generado en algunas regiones una sobreexplotación de los recursos forzándoles a plantar y cuidar de las plantas para alimentarse de ellas. Las evidencias geológicas constatan que entre 10.800 y 10.300 años atrás, hubo un periodo de cambio climático que bajó las temperaturas en el norte y conllevo gran escasez de agua en otras regiones, reduciendo las piezas de caza y la recolecta de cereales en las llanuras. Esa escasez de recursos pudo llevar a los pobladores de Oriente Medio a cuidar los cereales aportándoles agua, iniciándose así el círculo vicioso de simbiosis entre humanos y plantas descrito antes. Encontrar explicaciones para el resto de las regiones del mundo donde también se hizo el salto a la agricultura implica buscar causas locales. Lo que sorprendentemente han evidenciado estudios genéticos recientes, es que al poco de llegar la agricultura, y si bien por un momento las poblaciones parecieron aumentar exponencialmente, bien por la acción de la agricultura o la inercia de crecimiento que ya llevaban de antes, llega un punto en el que muchas poblaciones experimentaron un repentino declive. La huella genética permite apreciar unas reducciones considerables en las poblaciones (Fig. 6). También en los cementerios de aquella época, la denominada «Transición Demográfica del Neolítico» o «Transición Demográfica Agrícola», se ha encontrado un abrupto incremento de cadáveres infantiles de edades comprendidas entre los 5 y los 19 años de edad.

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Fig. 6. Gráfico que representa el crecimiento poblacional en diferentes regiones de Europa tras la llegada de la agricultura (aprox. 6.000). En el gráfico se aprecia como la población ya tenía años antes una tendencia positiva que sin embargo se hace mayor, con crecimiento repentino en los años posteriores a la introducción de la agricultura (en rojo), a la que sin embargo sigue una caída igual de repentina de las poblaciones (en azul). Fuente original, Shennan et al. (2013) Nature Communications 4, 2486.

El incremento inmediato de la población conllevó también a un incremento de las tasas de mortalidad. ¿Cuáles fueron sus causas? Se sospecha que con la aparición de los hábitos sedentarios y el vivir atinados en poblados, las poblaciones tuvieron que enfrentarse a nuevos problemas. Viejos y nuevos patógenos irrumpieron en ese nuevo estilo de vida que tuvo que aprender a encontrar soluciones a las causas que diezmaban sus poblaciones, una vez superada la ausencia de recursos. La mayor densidad de poblaciones contribuyó a una difusión más rápida de enfermedades entre ellos. Las condiciones higiénicas de la vida sedentaria permitían la aparición de nuevos patógenos, la ausencia de agua limpia, la contaminación por las propias heces humanas, la ausencia de letrinas, muchos factores que se repetirían más tarde, en las grandes aglomeraciones poblacionales durante la Revolución Industrial, cuando se abandonó el campo para concentrarse en las ciudades. Muchos de los patógenos relacionados con estos problemas de insalubridad causan fuertes diarreas que se ceban sobre todo con los individuos más débiles, en este caso los niños, lo que explicaría la aparición masiva de cuerpos infantiles en los cementerios y la sucesiva pérdida de poblaciones al verse afectada la pirámide poblacional. La zoonosis, la transmisión de patógenos de animales a humanos, debe incluirse en la lista de causas. Al convivir confinados en pequeños espacios, humanos junto a cerdos, o gallinas, o llamas, o alpacas, u ovejas o búfalos, cada región tuvo la posibilidad de exponerse a los agentes infecciosos de sus respectivos animales domesticados. La mortalidad observada (Fig. 6) que siguió a la adopción de la agricultura también se cree que pudo deberse al alto grado de dependencia que habían generado dichas poblaciones con la agricultura. En años malos de baja producción unas poblaciones totalmente dedicado a la agricultura tenía que hacer frente sin duda alguna a periodos de hambruna. La poca productividad no tenía porque estar relacionada directamente con un cambio en las condiciones climáticas, sino más bien a factores endógenos de las poblaciones, como una mala gestión de los suelos, dando lugar a un empobrecimiento y erosión de los mismos que transcurrido un tiempo los haría poco productivos. La agricultura y la ecología de los suelos ha sido un aprendizaje largo que aún hoy en día sigue para garantizar la productividad de los terrenos explotados.

Otros estudios genéticos sostienen que las poblaciones previas a la revolución agrícola, eran mayores en las regiones donde tuvo lugar la revolución, que en aquellas poblaciones en las que no se dio el salto. Los estudios paleoclimáticos que han analizado las condiciones climáticas de las diferentes zonas con el tamaño de sus poblaciones, no han encontrado evidencia alguna que establezca una relación directa entre ambiente favorable y poblaciones más grandes. Los autores de estos estudios sugieren, que lo que conllevó al crecimiento de las poblaciones en unas regiones y en otras no, posiblemente fue el hecho de unas profundas diferencias culturales ya existentes entre las regiones. En aquellas donde acabó teniendo lugar la revolución agrícola, es posible que adoptasen previamente una vida más sedentaria, una estratificación social más marcada, una mayor conectividad e intercambio entre grupos humanos, factores todos ellos que permitieron un aprovechamiento optimizado de los recursos locales, permitiendo con ello que creciesen sus poblaciones, posteriormente pasando a la agricultura y domesticación de las plantas, y la dependencia de las mismas, dada la densidad poblacional.

Modelos económicos: la revolución agrícola, el concepto de propiedad y el nacimiento del capital

Los modelos económicos que han mirado de explicar las razones que dieron pie a la revolución agrícola, se basan en el concepto de «propiedad». Sostienen que a lo largo de la Edad de Piedra, el desarrollo de nuevas tecnologías permitió mejorar la productividad, tanto de la caza, la recolecta, como posteriormente la agricultura y domesticación de los animales, y que la asimilación de la idea de propiedad inclinó la balanza hacia la agricultura. El argumento es el siguiente: en un mundo de cazadores-recolectores, las poblaciones tenían que controlar el crecimiento de sus poblaciones a la productividad de la zona explotada, es posible que la sobreexplotación de los recursos fuese común entre grupos diferentes que competían por los mismos recursos. Aquellos grupos más grandes tenían mayores posibilidades de mantener lejos de sus áreas a otros grupos más pequeños, favoreciéndose así la creación de grupos grandes, que pudiesen proteger «sus propiedades». Con esa idea, los grupos grandes fueron asentándose en zonas ricas en recursos que sin embargo debieron aprender a explotar mejor, desarrollando para ello la agricultura, así como el surgimiento de leyes y normas a seguir por sus ciudadanos, prohibiciones, tabúes y otras restricciones que protegiesen efectivamente no solo las propiedades comunes, sino con el tiempo las propiedades privadas. No es difícil comprender de qué manera la cultura agrícola y pecuaria configura la revolución cultural por antonomasia. La cultura agrícola tiene por base procesos tales como la siembra, el regadío, la fertilización, la cosecha y el almacenamiento, determinantes de una actividad económica compleja, que implica inversión, capitalización, ahorro y comercio. Habría nacido el capitalismo, la acumulación de capital que inmediatamente daría lugar a clases sociales entre los individuos dentro de los grupos, y la sumisión de unos grupos a aquellos más poderosos por una mayor acumulación de recursos (Fig. 7). Al parecer el desequilibrio de capital vino de la mano de la agricultura.

Las nuevas evidencias arqueológicas apuntan que la vida sedentaria fue adoptada por diversos grupos antes del desarrollo de la agricultura, así como el desarrollo de las herramientas que más tarde les permitieron explotar sus suelos. Yacimientos como el de Göbekli Tepe, el considerado más antiguo templo, situado al sudeste de la actual Turquía, muestran unas poblaciones de cazadores-recolectores, que no eran nómadas, asentados en la zona, capaz de levantar complejos templos, pero sin animales ni plantas domesticadas, con cultos complejos y bien desarrollados que posiblemente ayudasen a cohesionar grupos grandes, igual que hacia las representaciones artísticas. Las nuevas evidencias sugieren que la agricultura surgió en sociedades que ya eran relativamente complejas, sociedades donde el culto a la muerte o la religión ya era evidente, y posiblemente existían jerarquías, donde el contacto y comunicación con otros grupos debía ser común, facilitando el comercio de recursos y posiblemente intensificando el sentimiento de «propiedad privada». A la vista de los resultados arqueológicos, genéticos y los modelos económicos, la agricultura fue una consecuencia lógica de una serie de cambios profundos que estaban teniendo lugar en algunas regiones de la Tierra, y que se repitieron de manera independiente en todos los continentes, una necesidad que una vez adoptada secuestro el modo de vida de las sociedades y les impidió dar marcha atrás, aunque su llegada introdujese nuevos problemas (enfermedades, lesiones, alta mortalidad infantil). La domesticación de plantas y animales, domesticó a los humanos, teniendo que aprender a afrontar los nuevos retos higiénicos y sociales, retos a día de hoy vigentes.


Lecturas suplementarias:

 

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