Hiroshima, Godzilla y el terror a las mutaciones

«A fuerza de una repetición tan inclemente como vana, la imagen se ha vuelto anodina: la sublime belleza del horror. La columna de humo incandescente elevándose hacia el cielo. El paraguas espumosos y criminal. El ángel de la muerte. El hongo de fuego. Habría que imaginar, en cambio, el primer día. Ese día. El día de la ira. Hiroshima, 6 de agosto de 1945. Los primeros ojos que presenciaron la explosión. Los primeros ojos que quedaron ciegos. El primer rostro destruido. El primer cuerpo desollado. Los primeros órganos destrozados por la “enfermedad de la radiación”. Y, también, el primer sobreviviente».

Así empieza el prólogo de la novela Lluvia negra del japonés Masuji Ibuse, un libro no tanto sobre la bomba sino sobre la «enfermedad de la radiación». Sus páginas responde de una manera novelada a lo que ocurrió con quienes contemplaron el estallido y tuvieron que continuar con sus vidas, dando voz a los supervivientes. Cuestionándose lo que significó no haber muerto, para morir después poco a poco. 

Ese mismo día murieron de manera instantánea 80.000 personas por la explosión de la bomba bautizada como Little Boy. Eso supuso la muerte del 30% de la población, así como la destrucción de un área de 12 km², demoliendo el 69% de los edificios de la ciudad (Fig. 1). Las personas afectadas por la explosión se estiman en otras 80.000, todas ellas contrayendo la «enfermedad de la radiación». El presidente de Estados Unidos, Harry Truman había escrito días antes en su diario personal:

«Incluso si los japoneses son salvajes, despiadados y fanáticos, como líder del mundo por el bienestar común no puedo arrojar esta terrible bomba en la antigua capital o la nueva (en referencia a Kioto y Tokio)…, sé que Japón es una nación terriblemente cruel e incivilizada en la guerra… eso es porque son bestias».

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Fig. 1. Visión área de la ciudad de Hiroshima tras la bomba atómica “Little Boy”.

Fue precisamente esta visión de los japoneses como seres subhumanos, en los que en la propaganda nacional se les equiparaba a reptiles e insectos, y se les emparentaba con los simios, lo que permitió deshumanizarlos hasta el punto de aprobar su aniquilamiento masivo mediante el uso de las bombas atómicas. Después de Hiroshima, sólo tres días más tarde, una nueva bomba, bautizada como Fat Man fue arrojada sobre Nagasaki ocasionando la muerte inmediata de entre 60.000 y 70.000 personas. El total de víctimas por los efectos de la radioactividad de ambas bombas se estima en 192.020 personas. Al llegar la noticia de los efectos de las bombas Albert Camus diría: «La civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo. Ya se respiraba con dificultad en un mundo torturado. Y he aquí que se nos ofrece una nueva angustia…»

Tres días más tarde de la bomba de Nagasaki, el 12 de agosto, el emperador Hirohito anunció la rendición de Japón, con la consecuente ocupación del país por las fuerzas estadounidenses. Una ocupación que se prolongó de 1945 a 1952. Durante ese período se aplicó una censura que prohibía a los medios y la población hablar de manera negativa sobre los Estados Unidos, lo que  incluía la prohibición a mencionar las bombas atómicas y los efectos que todavía entonces seguían vigentes. La censura se extendió a los libros de texto y las escuelas, donde los bombardeos atómicos quedaron silenciados, tanto los hechos como sus efectos. La ocupación norteamericana de Japón fue una ocupación negacionista sobre los atroces efectos y las consecuencias de sus bombas. Así que no es de extrañar que al poco de retirarse, en 1954, se estrenara la película Gojira (o Godzilla como la conocemos en occidente).

La película dirigida por Ishira Honda reflejaba todo el miedo y la angustia ocasionada por el terror atómico. El monstruo Godzilla no es más que una metáfora del aniquilamiento atómico, un animal mutado por la radioactividad que, como hicieron las bombas, arrasa las ciudades japonesas. Un monstruo cuya textura de piel imita las cicatrices y manchas padecida por la población irradiada, sus gritos el sonido de las sirenas antiaéreas y sus pisadas la reverberación de las bombas (Fig. 2). La película era una crítica al desarrollo y la proliferación atómica que crecía exponencialmente. El monopolio atómico de Estados Unidos fue breve, en setiembre de 1949 la Unión Soviética detonó su primera prueba atómica. La respuesta de Estados Unidos fue la escalada armamentística con el desarrollo de la bomba de hidrógeno, una arma mil veces más potente que las bombas que devastaron Hiroshima y Nagasaki. El mismo año que se estrenaba Godzilla en Japón, en la ciudad rusa de Obninsk empezaba a funcionar la primera planta nuclear para generar energía a través de la fisión nuclear. Dos años después, el 17 de octubre de 1956 se inauguró en Reino Unido otra planta cuyo objetivo era producir energía y plutonio para uso militar.  En la actualidad existen 451 reactores nucleares operativos en 30 países distintos, con Estados Unidos (99), Francia (58), Japón (42), China (39) y Rusia (37) encabezando la lista de los países con más centrales nucleares. A estos 451 en funcionamiento hay que sumarles 58 que en este momento están en construcción. 

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Fig. 2. Fotograma de la película Godzilla del director Ishira Honda estrenada en 1954.

El terror de Hiroshima y Nagasaki, se extendió durante los años de la Guerra Fría. La bomba atómica, y consecuentemente la energía nuclear, es la metáfora del siglo XX. Resume y condensa el viejo pacto de Fausto con el diablo, en el que la ciencia al servicio del poder y sus delirios puede engendrar monstruos. «Yo soy la muerte», dijo Robert Oppenheimer, el máximo responsable científico del Proyecto Manhattan, tras el lanzamiento de la bomba de Hiroshima. El desarrollo de la bomba atómica fue el envilecimiento de la física, su triunfo como ciencia y su perdición moral.

La energía nuclear que llegó con las bombas, ha disparado, desde ese inicio terrible, grades miedos en la población. La radiación es un peligro voluble e invisible, del que nos cuesta evaluar sus riesgos. La radiación causa pánico por su componente inmaterial. A diferencia de un accidente de tráfico o un incendio, la radiación no es palpable. Ni se ve ni se entiende, y daña las células de los organismos sin que estos sean conscientes de ello (Fig. 3).

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Fig. 3. Ilustración de los efectos de la radiación ionizante sobre la cadena de ADN. La cadena de ADN se ve fragmentada y al repararse puede cometerse errores, dando así pie a mutaciones en el genoma. 

Los estudios llevados en Japón desde 1947 sobre las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, han revelado que las personas afectadas por la radiación han visto incrementadas sus tasas de cáncer respecto a otras poblaciones no afectadas. Las personas que estaban más próximas a la explosión sufrieron más enfermedades que las otras, en ellos los casos de cáncer fueron un 44% más altos de lo normal; en las poblaciones menos afectadas, los casos de cáncer fueron un 10% por encima de las poblaciones no expuestas. Los jóvenes y las mujeres fueron los más susceptibles. Aunque estudios llevados a cabo sobre 77.000 hijos de los supervivientes, no han encontrado grandes evidencias de una mayor tasa de mutaciones, se sospecha que estos efectos saldrán a la luz con las nuevas técnicas de secuenciación que permitirán estudiar su genoma con más detalle.

El miedo a la energía nuclear, lejos de disiparse con el tiempo, ha aumentado como consecuencia de los accidentes sufridos. Han sido cinco, los grandes accidentes nucleares hasta el momento, el último de ellos en 2011 en la planta japonesa de Fukushima (福島第一原子力発電所事故) por los efectos de un tsunami. Pero los incidentes se remontan casi a sus principios, el primero de ellos en la Unión Soviética en 1957 afectando a la planta de Kyshtym. Ese mismo año la planta inglesa de Windscale Piles también sufrió un accidente grave. En 1979 fue la planta estadounidense de Three Mile Island la afectada, pero el accidente más grave fue el que tuvo lugar en Chernobyl en 1986, cuando Ucrania todavía formaba parte de la Unión Soviética. La explosión del reactor nuclear número 4 de la estación libero a la atmósfera una toxicidad radiactiva 500 veces mayor que la liberada por la bomba de Hiroshima. La radiación liberada fue detectada en más de 13 países de Europa. 

Tras el accidente, 115.000 residentes fueron evacuadas de la zona, 200 hospitalizadas al momento, de las cuales 30 murieron por una sobreexposición a la radiación. Más tarde, en 1992, el número de evacuados aumentó hasta los 220.000. Cerca de 600.000 personas participaron en el proceso de descontaminación que acabó cubriendo el reactor con un sarcófago de acero que retiene en su interior la radioactividad (Fig. 4A-4C). Como medidas preventivas se delimitó una zona de seguridad de un radio de 30 km para impedir la entrada de gente en la zona contaminada. 

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Fig. 4A. Vista aérea de la planta nuclear de Chernobyl
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Fig. 4B. Personal soviético refrigerando el reactor.
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Fig. 4C. Personal encargado de limpiar los restos del reactor.
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Fig. 4D. Granjero sueco con traje amontonando la cosecha perdida por la radioctaividad.
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Fig. 4E. Granjero de Alemania del este amontonando vegetales afectados por la nube radioactiva.

Eso no ha impedido que se estime que en los próximos 70 años la tasa de cáncer en la región aumente en un 2%. La radiación de Chernobyl fue la causa del incremento del cáncer de tiroides registrado en niños que vivían cerca de la zona. La ingestión diaria de productos contaminados fue la mayor fuente de absorción de la radioactividad. Aún el año pasado, más de tres décadas después de aquel desastre, los niveles de isótopos radiactivos medidos en la leche de la vecina Bielorrusia siguen dando valores 10 veces más altos de los considerados seguros. Aquel desastre afectó a más de 9.000 granjas con 4.000.000 de ovejas. En países como Suecia, Noruega y Finlandia se impusieron restricciones en algunas zonas para el consumo de reno, al igual que en Alemania, Austria, Italia y otros países, donde aún hoy siguen manteniendo restricciones en el consumo de jabalíes o ciervos salvajes (Fig 4D-4E). La contaminación de los grandes herbívoros tiene lugar a través del consumo de plantas y líquenes contaminados por la radiación depositada en el suelo. El agua y los pastos de las zonas afectadas siguen contaminadas, un informe de este mismo año ha concluido que la leche ucraniana en territorios que están a más de 200 km de Chernobyl siguen presentando niveles de radiactividad cinco veces por encima de los niveles permitidos. Treinta años después, la radiactividad liberada sigue afectando a la vida y salud de las personas. Se estima que la población mundial afectada por las nubes radiactivas de Chernobyl oscila entre los 5 y los 8 millones de personas, tanto en Europa, Asia como en Norteamérica. Un informe de la Academia Rusia de Ciencias calculó en 2005 que las muertes posteriores asociadas a Chernobyl podían ser 4.000, aumentando esa cifra a 200.000 años más tarde. El total de cánceres detectados entre 1990 y 2000 en Bielorrusia fue un 40% más alto, alcanzando el 52% en las zonas más contaminadas, y un 32% en las menos contaminadas.

Las moscas mutantes de Müller y el terror a los mutágenos

El miedo que sin embargo engendró en 1954 a Godzilla no era el cáncer sino las mutaciones. Se conocía la capacidad mutagénica de la radiación desde 1927, cuando Hermann J. Müller publicó que la aplicación de rayos X inducía mutaciones en las células germinales de moscas (Fig. 5). Un reportero del New York Times escribió lo siguiente en su columna:

«El carácter sensacional de los logros del profesor Muller pueden ser mejor apreciados si en vez de moscas, nos lo imaginamos produciendo 100 especies de seres humanos completamente nuevas, algunas sin piernas, algunas con brazos de longitud desigual, algunos con otro tipo de anormalidades. Biológicamente hablando, no hay diferencia si el sujeto de su evolución controlada es una mosca de la fruta o un humano».

El conocimiento social sobre los efectos de la radiación al ionizar el ADN era el de la creación de aberraciones biológicas. Por ello, cuando Estados Unidos lanzó sus bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, todo hizo pensar que con los humanos sucedería lo mismo. Se temía que los efectos de la bomba se proyectasen en las futuras generaciones en un mayor número de niños con malformaciones. Esa preocupación hizo que se desarrollase un plan de seguimiento de niños nacidos tras las bombas, que incluyó a 77.000 bebés de las zonas afectadas. El temor a las mutaciones y las malformaciones era tan fuerte que la prensa no paraba de hablar de ello. Fue en ese ambiente de ansiedad y terror que nació el monstruo Godzilla que condensaba todos los temores de aquel trauma social. Godzilla no fue el único monstruo surgido de la radiación, le siguieron en los años 60 el monstruo Gamera, arañas y hormigas gigantes, saltamontes atómicos e incluso un Branquiosaurio, todos ellos como resultado de las pruebas nucleares que los humanos estaban llevando a cabo en zonas remotas y despobladas. 

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Fig. 5. Hermann Müller en su “cuarto de las moscas” elaborando medio del que se alimentaban las moscas.

Los que llevan más de medio siglo haciendo un seguimiento a los hijos de las bombas, han llegado a la conclusión de que la dosis de radioactividad a la que estuvieron expuestos los supervivientes de las bombas fueron bajas como para provocar mutaciones graves. Aquellos que estuvieron expuestos a mayores dosis de radioactividad murieron al instante o poco después, de manera que los supervivientes que tuvieron hijos se enfrentaron a dosis de radiación bajas del orden de 0,4 Gy, mientras que en los experimentos de mutagénesis para provocar mutaciones, en animales y plantas, suelen usarse dosis altas del orden de 3Gy. Sin embargo los resultados pueden prestarse al engaño al concentrarse, precisamente en eso, en gente que estuvo expuesta a poca radiación. Cuando en el estudio se incluyen otras mujeres que sufrieron mayores dosis de radiación, los resultados son distintos. El registro de 50.689 bebés de estas mujeres demuestra que el número de anormalidades físicas en mujeres con dosis superiores a 1Gy llegaban al 12% mientras que en el grupo control las anormalidades rondaban el 5%, demostrando que la tasa de malformaciones era más del doble en hijos de personas expuestas a altas dosis. Y a ello habría que añadir los datos de todas aquellas mujeres que quedaron excluidas de las estadísticas por sufrir abortos debida la inviabilidad del feto.

La poca tasa de malformaciones en gente expuesta a bajas dosis ha hecho incluso que algunos doctores hablen de los beneficios de la radiación. Estos trabajos suelen ser de oncólogos que ante la visión negativa que la sociedad tiene de la radiación, incluso las de aplicaciones médicas, buscan argumentos para contrastar dicha imagen. La radiación a pequeñas dosis no tiene porque ser negativa, de hecho los humanos, como el resto de organismos, estamos permanentemente expuestos a ciertos niveles de radiación. La radioactividad es algo natural que se encuentra en muchos materiales, en los suelos de nuestros apartamentos, sus paredes, en la comida y bebida, en algunos gases del aire, e incluso nuestros músculos, huesos y otros tejidos contienen elementos radiactivos (Fig 6). La radiactividad no es más que la desintegración de los átomos su energía resultante. La radiación al entrar en contacto con una célula puede dar lugar a cuatro escenarios: (1) Puede atravesarla sin causar ningún daño; (2) puede que afecte las moléculas de la célula pero que esta sea capaz de reparar los daños correctamente, (3) a veces durante el proceso de reparación se pueden dar errores que dan lugar a las mutaciones (Fig. 3); y (4) en el peor de los casos puede matar directamente a la célula. Los efectos de la radiación sobre las células son la base de las radioterapias para combatir los tumores. Al irradiar directamente al tumor se consigue que el ADN de las células cancerosas deje de ser funcional, evitando su crecimiento y división, controlando así el tumor y matándolo con el tiempo. 

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Y aunque en algunos países, como Japón, se apliquen terapias de radiación por sus supuestos efectos positivos, lo que no es éticamente correcto es que los científicos utilicen para contrarrestar la mala imagen de la radiación, los resultados de la población de Hiroshima y Nagasaki expuestos a pocas dosis radiactivas. Existen otros muchos casos de gente expuesta a dosis bajas, ya se ha comentado que la radiación forma parte de nuestro día a día, como para tener que usar como ejemplo de los efectos positivos de la radiación a personas que sobrevivieron a los devastadores efectos de unas bombas atómicas. Esta visión fría y deshumanizada de la ciencia es precisamente la que permitió, no sólo que se desarrollaran las bombas atómicas sino que además se decidiese hacer uso de las mismas. La ciencia si quiere combatir los temores que causan sus avances no puede limitarse a presentar datos y hechos, eso funciona dentro del gremio científico, pero la comunicación con la sociedad tiene que ir más allá, y mostrar su capacidad de empatía y buscar las emociones de la gente. 

Los científicos creen con demasiada frecuencia que la ciencia es una realidad objetiva, ignorando con ello la percepción que la gente tiene de la ciencia, lo cual puede llevar a que se abra una gran brecha entre lo que los científicos piensan y lo que piensa la mayoría de la población. Los miedos son sentimientos y no se combaten con simples datos, se combaten escuchando, entendiendo las razones de esos miedos y dialogando. El miedo es un sentimiento irracional que todo el mudo tiene. Se tiene miedo a la oscuridad y se tiene miedo a cosas que no podrían dañar nunca nuestra integridad física. Pero existen también miedos mucho más vagos, como el miedo al futuro, a la muerte y a lo desconocido. La radioactividad ha sido posiblemente el mayor temor a lo largo del siglo XX. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki pusieron fin a la mayor contienda de la historia y se sumaron a las muchas atrocidades que se llevaron a cabo esos años, como los bombardeos masivos de poblaciones civiles a uno y otro lado, y la creación de los campos de concentración. La destrucción de las bombas atómicas se propagó en el imaginario civil a través de la propaganda y la posterior Guerra Fría que se extendió a lo largo de la segunda mitad del siglo. El mundo vivió durante décadas con la amenaza de un holocausto nuclear. Para convencer a la población de las bondades de las centrales nucleares para generar energía o de las propiedades terapéuticas de su uso, no es suficiente con proporcionar datos. Y mucho menos, querer convencer a la gente que las poblaciones supervivientes de Hiroshima y Nagasaki son la prueba viviente de los efectos positivos de la radiación, pues es un recurso indígnate que degrada la calidad humana de la ciencia. Las bombas arrojadas sobre ambas ciudades japonesas deberían incluirse entre los crímenes de guerra más atroces de la historia y no usar a sus víctimas como meros conejillos de indias con los que sembrar la duda sobre los efectos destructivos de la radiación sobre los humanos.

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Fig. 7. Imágenes de civiles de Hiroshima tras la explosión de la bomba.

La realidad es que la gente afectada por las bombas atómicas sufre con la edad una mayor frecuencia de enfermedades que los grupos de control. El cáncer de tiroides es mucho más frecuente entre ellos, igual que lo son enfermedades crónicas del hígado o cirrosis, como también lo son las cataratas, la propensión a la hipertensión, la acumulación de colesterol y problemas cardiovasculares. Más allá de los problemas de salud, como sucedió en Chernobyl, y no hace tanto en Fukushima, se deben añadir grandes daños emocionales y mentales. Más allá del trauma de sobrevivir a una experiencia como esta, se debe añadir el desplazamiento forzado de las poblaciones, los cambios de hábitos de vida, así como el estigma social y la autoculpa que han manifestado muchas veces las víctimas. Las chicas en Japón escondían su lugar de origen para evitar la discriminación que ello suponía. Nadie quería casarse con mujeres expuestas a la radiación, el temor a su infertilidad o a la probabilidad de tener hijos malformados con mutaciones eran tan alto, que se creó un enorme estigma social alrededor de ellas. Son daños, los mentales, que no suelen incluirse en los estudios científicos ni aparecen en los informes médicos.

No ha sido el uso de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, el único caso con el cual se han intentado minimizar los efectos de la radioactividad. Lo mismo ha sucedido con la catástrofe de Chernobyl. En 2011 se emitió un documental producido por PBS titulado Radioactive Wolves que tuvo un gran impacto. En ese audiovisual se explicaba que los lobos habían vuelto a la zona de exclusión no apta para humanos, y que en ausencia de los humanos prosperaba mejor que en ningún otro sitio. Se quería hacer creer que aquel espacio se había convertido en un Edén postnuclear para la fauna salvaje. La idea ya venía de lejos, por esa razón se liberaron ahí individuos de bisonte europeo, y caballos salvajes de Przewalski, una especie en peligro de extinción de la que se introdujeron 200 individuos y de los que, en el último censo de 2011, ya sólo quedaban 30 o 40. ¿Cómo puede considerarse un Edén para la fauna salvaje, cuando los investigadores que entran ahí lo hacen con trajes y controlando en todo momento la radiación acumulada? Los propios investigadores del documental capturan a los lobos envueltos en trajes protectores y mascarillas, mencionando que el pelaje de los lobos es altamente radioactivo. Los huesos de los alces consumidos por los lobos contienen 50 veces el nivel normal de radiación, un nivel tan alto, que ni tan sólo es posible manipularlos con las manos desprotegidas. ¿Es eso beneficioso? ¿Son estos los síntomas de un ecosistema paradisíaco?  

Los argumentos son que desde que la región se despobló de humanos muchos animales se desplazaron a ella y que con el tiempo sus poblaciones han aumentado. Parte del problema a la hora de interpretar los resultados se debe a que la salud de la fauna salvaje siempre se ha cuantificado en función de su cantidad. Si las poblaciones crecen, se considera que se trata de una población sana, sin importar las condiciones y la calidad de vida de sus individuos. Que algunas poblaciones aumenten, a pesar de la radioactividad en ausencia de los humanos, no demuestra más que lo perniciosos que somos la especie humana para la vida salvaje. Deja en evidencia que nuestras actividades sobre el medio natural son mucho peores que las mutaciones que puedan sufrir.

Pero en la imagen del santuario salvaje de Chernobyl no suele mencionar la presencia de roedores más pequeños de lo normal y con vidas más cortas, o la de escarabajos que han perdido su cornamenta. Tampoco los resultados de estudios serios que advierten sobre las poblaciones de insectos, aves y mamíferos que parecen estar en declive dentro de las zonas más contaminadas. Mariposas y aves parecen ser los organismos más afectados, pero quizás también los más estudiados. Mousseau, que lleva estudiando la fauna en Chernobyl desde el 2000, aporta pruebas de que el 40% de los pájaros machos son completamente estériles, incapaces de formar esperma, que muchas de las especies de aves sufren cataratas, al igual que un mayor número de tumores y de malformaciones durante el desarrollo. Las golondrina, por ejemplo, presentan un mayor número de manchas albinas, picos y garras deformes, un mayor número de tumores y coloraciones del plumaje aberrantes, modificando sus patrones naturales (Fig. 8). Los efectos sobre las aves son muy parecidos a los detectados sobre las poblaciones humanas expuestas a radioactividad. El autor considera simplista considerar que la fauna salvaje va bien porque el número de algunas de sus poblaciones han aumentado. De hecho, el número de aves es menor, el de mariposas también, los abejorros también se ha reducido, así como el de arañas, saltamontes y libélulas; en general la biodiversidad es mucho menor en las zonas contaminadas. 

The Animals of Chernobyl - Mutated Birds Tumours www.RadioactiveChat.Blogspot.com

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Fig. 8. Ejemplos de individuos de diferentes especies de aves capturadas dentro de la zona de exclusión de Chernobyl, indicando la presencia de coloraciones atípicas que implican la presencia de mutaciones.

Aunque muchas mutaciones no sean visibles, científicos que trabajan en la zona, sospechan que los individuos acumulen mutaciones en su interior y que las pasen a las siguientes generaciones, y como los animales no se quedan restringidos en la zona de exclusión, que esas mutaciones puedan propagarse con el tiempo a poblaciones colindantes. La no reducción de tasas de mutación observadas en algunas poblaciones a lo largo del tiempo y las generaciones, sugiere que las mutaciones se van acumulando y propagando de una generación a otra, confirmando así los efectos negativos de estar expuesto a niveles intermedios de radiación. Más estudios a nivel genético son necesario para llegar a entender los efectos mutagénicos de la radiación y sus consecuencias a largo plazo, no solo a nivel individual sino poblacional. Ni la naturaleza está reviviendo en Chernobyl, ni la región es un Edén postnuclear para la vida salvaje, tal y como los lobbys pronucleares quieren hacernos creer. La realidad es que la naturaleza allí está sufriendo a pesar de la ausencia humana. Una lección clara de Chernobyl es que lo peor para la naturaleza es el ser humano. Cuanto nos ausentamos de una zona, la vida lo aprovechan aunque su salud se vea afectada. Pero el ser humano no es sólo un peligro para la naturaleza, sino su peor enemigo. Como dijo Albert Einstein poco después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki: «La liberación de la energía atómica no ha creado un nuevo problema. Simplemente ha hecho más urgente la necesidad de resolver uno ya existente».

 


Lecturas complementarias:

 

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