De animales salvajes a dueños del sofá: como los gatos se domesticaron así mismos

«El pillaje del cementerio era algo digno de ver, pero uno tenía que ponerse de espaldas al viento. Los niños de la villa llegaron y se hicieron con las momias más atractivas que encontraron. Corrieron cuesta abajo a orillas del río para vendérselas por la moneda más barata a los viajeros que por allí transitaban. El camino quedó cubierto con gasas de momias, cráneos y huesos de gatos, así como pelajes resecos en extrañas posturas. El viento sopló y se llevó consigo muchos de esos fragmentos, llevándose la pestilencia bien lejos.»

Así describía en 1888 el egiptólogo E. Grant una fosa común descubierta por un granjero cerca del pueblo de Beni Hasan en el lado oeste del Delta del Nilo. El agujero estaba lleno de cuerpos, amontonados unos sobre los otros. No eran cuerpos humanos. Eran gatos que habían sido momificados y apilados en enormes fosas. Los había a miles. Cientos de miles. Dos años más tarde un barco inglés atracó en Liverpool con la inusual carga de 180.000 momias de gatos: unas nueve toneladas según las crónicas de la época. El precio de salida de la subasta fue de 3 libras por tonelada de gato momificado. La mayoría fueron comprados por compañías para pulverizarlos y venderos como abono en Inglaterra. Otras hicieron de sus huesos jabones y pasta de dientes. La momificación de gatos en el antiguo Egipto era un gran negocio, un proceso casi industrial, y 2.500 años más tarde la producción fue reciclada por la industria inglesa.

Aparecieron muchas fosas de gatos momificados en lo que había sido Bubastis, antigua ciudad egipcia situada en la zona oriental del delta del Nilo. Su origen se remontan casi al 3.000 a.C., pero fue durante la dinastía XXII, entre 945 y 725 a.C. que llegó a su esplendor, alzándose incluso como capital del Bajo Egipto. Fue una ciudad consagrada al culto de la diosa Bastet, la diosa gato, cuyo oráculo residía en el templo de la ciudad (Fig. 1). Cada año se celebraba allí un gran festival para homenajear a la diosa. El historiador griego Heródoto dejó constancia de ello en uno de sus escritos:

«Las barcas, llenas de hombres y mujeres, flotaron cauce abajo por el Nilo. Los hombres tocaban flautas de loto, las mujeres címbalos y panderos, y quien no tenía ningún instrumento acompañaba la música con palmas y danzas. Bebían mucho y tenían relaciones sexuales. Esto era así mientras estaban en el río; cuando llegaban a una ciudad los peregrinos desembarcaban y las mujeres cantaban, imitando a las de la ciudad. Cuando alcanzaron Bubastis celebraron un solemne banquete: se bebió más vino en esos días que en todo el resto del año. Tal era la costumbre de este festival; se cuenta que casi setecientos mil peregrinos celebraban el banquete de Bastet

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Fig. 1. Pintura orientalista del siglo XIX en la que se reproduce según el imaginario occidental la vida en los alrededores del templo de Bastet.
Muchos animales fueron representados como divinidades en el Antiguo Egipcio, pero los animales propiamente dichos, nunca gozaron de la condición divina. Con la única excepción del gato. Se cree que los gatos en algunas épocas fueron considerados semidioses. Eso hacía que nadie pudiese tomar posesión de un gato, a excepción del faraón, considerándose el maltratar o matar a un gato un delito penal. Su sacrificio solo era admisible para su momificación y como ofrenda a la diosa. El historiador griego del siglo I a.C., Diodoro Sículo de Sicilia, escribió:

«Quien sea que mate un gato en Egipto es condenado a muerte, no importa si el crimen ha sido deliberado o no. El culpable sufre un linchamiento popular. A un romano desafortunado, que mató accidentalmente un gato, nada le salvó del linchamiento, ni el rey Ptolemeo de Egipto ni el miedo que inspira Roma

La adoración de los gatos es mucho anterior a YouTube y las redes sociales

La adoración de los antiguos egipcios por los gatos quedó bien registrada por los historiadores de la época, griegos y romanos, así como en los jeroglíficos de sus templos. Fue ese aprecio por el felino, tantas veces representado en sus murales, papiros y en numerosas estatuas, lo que llevó a los historiadores a creer que fue allí, donde el gato fue primero domado y más tarde domesticado (Fig. 2). Que de allí surgieron todos los gatos que hoy callejean por todas las ciudades, se apropiaron de nuestros sofás, nuestras camas y hoy dominan incluso las redes sociales.

Pero no siempre fue así, de hecho en el informe número ocho de las exacciones de 1887-1889 en Bubastis, redactado por Eduard Naville, los huesos se atribuyeron a gatos no domésticos:

«A petición del Profesor Virchow recolectamos aquellos huesos que pudiesen resistir un viaje y se los mandamos a un ilustre naturalista de Berlín. […] Tras una interesante discusión en la Sociedad Antropológica de Berlín, los huesos parecen pertenecer al grupo de los gatos, pero no del gato doméstico, que posiblemente nunca poseyeron los egipcios. La mayoría de huesos de Bubastis fueron clasificados como del tipo africano, el denominado Felis maniculata, quien según el doctor Hartmann es el antecesor de nuestro gato doméstico, siendo muy común en las tierras de Etiopía y el Alto Nilo. Es la forma primitiva de nuestro gato domestico, su domesticación se remonta a épocas mucho más recientes, no tan atrás en el tiempo, mucho después de las pinturas que decoran las tumbas egipcias. Es posible que los egipcios pudiesen amansar y domar a los gatos, e incluso usarlos para cazar o cualquier otra cosa, pero hay buenas evidencias de que no llegaron a la domesticación propiamente dicha del animal

Los arqueólogos occidentales de entonces no aceptaban la idea de que los antiguos egipcios pudiesen haber sido los primeros en domesticar los gatos que ya poblaban sus salones y correteaban por sus calles (Fig. 3). Para ellos, el proceso de domesticación había tenido lugar poco tiempo atrás. Parte de sus ideas venían apoyadas por la carencia de caracteres neoténicos (caracteres infantiles, propios de las crías o primeros estadios de desarrollo de los animales) en los gatos domésticos contemporáneos, mientras que la mayoría de animales domésticos artificialmente seleccionados por los humanos presentan dichos caracteres neoténicos respecto a sus formas salvajes, así como en la poca variación en tamaños y formas respecto a otras especies domesticadas (por ejemplo perros, vacas o caballos).

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Fig. 3. Radiografía de rayos X de un par de momias de gatos egipcias para estudiar el esqueleto de las mismas.
Estudios más recientes refutan las ideas de entonces. Durante décadas se ha creído que la domesticación del gato tuvo lugar por primera vez en el Antiguo Egipto, hace 3.600 años. Con el tiempo y la aparición de nuevos restos arqueológicos nuestra relación con los felinos se ha ido extendiendo atrás en el tiempo. La doma de los gatos salvajes en Egipto llega a los 6.000 años, pero el hallazgo de un enterramiento humano en compañía de un gato en la isla de Chipre, establece la prueba más antigua de la asociación humano-gato a unos 9.500 años atrás.

«Es la evidencia más sólida de que hace 9.500 años los gatos ya tenían un lugar especial en las vidas y el más allá de los nativos de la isla», comentó en su día la autora del hallazgo de la tumba de Chipre. Como los gatos salvajes no son nativos de la isla, los arqueólogos deducen que los pobladores los introdujeron en barcos desde el Levante mediterráneo. Dicho descubrimiento sugiere que la afiliación entre hombres y felinos posiblemente tuvo lugar hace 12.000 o 10.000 años, en la región conocida como «Creciente Fértil» o «Media Luna Fértil». Fue en esa zona que corresponde a los territorios del Levante mediterráneo (sureste de Turquía, Siria, Líbano, Palestina, Israel), Mesopotamia y Persia donde tuvo lugar la revolución neolítica en Occidente. La también llamada «cuna de la civilización», donde aparecieron los primeros asentamientos humanos y se cree que apareció la agricultura. De allí son los antepasado de muchas plantas comestibles actuales como el farro, la cebada, el trigo escaña, el lino, el garbanzo, el guisante, la lenteja o el yero. También se atribuye a esa región la domesticación de la cabra, la oveja, el cerdo, la vaca y el caballo. Y a la luz de los últimos datos también de los adorados gatos (Fig. 4).

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Fig. 4. Línea del tiempo que muestra cuándo y dónde tuvieron lugar los procesos de domesticación de diferentes animales. La mayoría de ellos ocurrieron en Asia, concretamente en la región de Oriente Medio, concretamente en la zona del Creciente Fértil.

 

 

Veamos como las pruebas sugieren que fue aquella primera aproximación entre humanos y felinos

Un estudio de 2013 demostró, mediante el uso de isótopos estables de carbono y nitrógeno, que los perros y cerdos de un yacimiento chino de más de 5.300 años se alimentaban básicamente del mijo cultivado por los pobladores de Quanhucun, mientras que los gatos encontrados allí se alimentaban de los roedores que a su vez se veían atraídos por el grano acumulado. Los isótopos sacaron a la luz que los roedores se alimentaban de mijo y que los gatos de ratones que habían comido mijo; una pequeña cadena trófica descifrada hoy de un antiguo poblado chino que existió hace 5.300 años. Una prueba de que al menos vivir cerca de los agricultores humanos era favorable para los felinos. Un lugar donde encontrar roedores en grandes cantidades y posiblemente muy concentrados. Acercarse a vivir entre humanos parecía ser una buena idea para un gato silvestre. ¿Dónde sino podría encontrar tan fácilmente tanta cantidad de comida? Este ha sido el panorama general que arqueólogos y biólogos habían imaginado siempre para explicar como los gatos se acercaron a las poblaciones humanas, pero hasta entonces no habían pruebas empíricas que lo demostrasen. ¿Pero qué obtenían los humanos de aquella relación? ¿Tenía algún interés económico la domesticación del gato?

Al trabajo de los científicos chinos hay que sumar otro más reciente, de investigadores suazi (esa diminuta monarquía al este de Sudáfrica) y sudafricanos, que han demostrado experimentalmente que los roedores modifican su comportamiento y salen mucho menos de sus escondites para comer grano, cuando perciben la presencia de gatos y perros. Pero parece que ambos depredadores tienen que estar presentes para realmente notarse su presencia sobre la conducta de los roedores. Solo perros o solo gatos apenas supone cambios en la conducta de sus presas. Es la combinación de dos estrategias de caza muy distintas lo que vuelve a los roedores más precavidos y menos perjudiciales para el grano almacenado. Creen que por ello, es importante que el gato fuese adoptado por los pobladores antiguos siempre y cuando dispusiesen de perros, de lo contrario sus beneficios económicos serían muy pocos.

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Fig. 5. Mosaico romano del siglo I a.C. representando un gato cazando un pato.

Los ancestros del gato doméstico y sus rutas de dispersión: historia de una conquista.

Primero en 2007 y este mismo año, en 2017, estudios genéticos han aportado luz sobre el ancestro del gato doméstico. El trabajo de 2007 incluyó un total de 979 muestras de gatos domésticos y gatos salvajes (Felis silvestris) de Europa, Africa, Oriente Medio y Asia. Para ello usaron dos tipos de marcadores genéticos: ADN mitocondrial (sólo se hereda de la madre y permite trazar líneas genéticas directas entre individuos) y microsatélites (pequeñas secuencias repetitivas de ADN nuclear que pueden presentar variaciones que permitan identificar y agrupar individuos en poblaciones concretas).

Los resultados dibujaron un panorama claro y definido, agrupando a gatos domésticos y salvajes en cinco grupos: F. silvestris silvestris en Europa, F. silvestris bieti en China, F. silvestris ornato en Asia central, F. silvestris cafra en el sur de África y un quinto grupo, F. silvestris lybica que incluye al gato salvaje de Oriente Medio y norte de África, así como los cientos de gatos domésticos incluidos en el estudio (Fig.6). Que gatos domésticos de Estados Unidos, China, Japón e Inglaterra fueran genéticamente indistinguibles de gatos salvajes de Israel, Arabia Saudí o los Emiratos Árabes, sugiere que los gatos domésticos tienen un sólo origen. Todo y que los gatos salvajes se distribuyen por todo el Viejo Mundo, los domésticos tienen todos ellos sus ancestros en los de Oriente Medio.

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Fig. 6. Distribución antigua y actual de las 5 subespecies de gatos salvaje (Felis silvestris
) en el mundo. Figura original correspondiente al estudio de Otoni et. al. (2017) Nature Ecology & Evolution El trabajo de 2017 ha querido ir un poco más allá, indagar el lugar exacto y la distribución de los gatos domesticados a lo largo de la historia. Para ello los investigadores, no sólo incluyeron muestras de animales vivos, sino que se centraron en muestras antiguas. Para ello han analizado más de 200 muetras de momias de gatos egipcias, gatos de yacimientos antiguos en Rumania, Bulgaria, de la región de Anatolia, Siria, Jordania, Israel, Congo, Burundi y un largo etc. Según los resultados han sido dos líneas diferentes del grupo F. silvestris lybica las que han contribuido a la composición genética actual de los gatos domésticos.

La primera fase de domar o amansar a los gatos tuvo lugar en el Creciente Fértil, a lo largo de la franja que va de Anatolia al Levante mediterráneo, durante el Neolítico, la Edad de Bronce y la Edad de Hierro. Desde allí, los gatos amansados que convivían con los grupos humanos asentados se dispersaron al sudeste europeo hace unos 7.000 años. Más tarde, durante el periodo Greco-Romano, aparecen en el pool genético de los gatos domesticados trazas de gatos salvajes provenientes de Egipto y África. Al parecer la prohibición egipcia de comercializar con gatos, dada su categoría casi divina, no fue capaz de detener el tráfico de los mismos a lo largo y ancho del Mediterráneo. De hecho, los gatos egipcios en esa época alcanzaron un grado de popularidad tan alto, que todas las muestras de Anatolia de aquel periodo incluyen genes provenientes de Egipto y África. Se cree que su popularidad podría ir ligada a una mejor doma de los mismos, que ya en proceso de domesticación, se mostraban más dóciles y sociales con sus amos (siervos) humanos. Los gatos de las islas del mediterráneo europeas como Cerdeña, Córcega, Creta o las Baleares, todos pertenecen a la variedad F. silvestris lybica de Oriente Medio y no a la variedad más próxima europea de F. silvestris silvestris. Los comerciantes del Mediterráneo exportaron con ellos los gatos hasta todas las islas habitadas. A la expansión del Imperio romano por el interior de Europa le siguieron los felinos, más allá de los Alpes, encontrándose restos de gatos domésticos de origen egipcio incluso en un puerto vikingo del norte de Alemania entre los siglos V y XI. Los gatos se convirtieron en grandes aliados de los marinos y navegantes de la época, siendo comunes en las embarcaciones para controlar las poblaciones de ratas (Rattus rattus y Mus musculus) que consumían e infectaban sus provisiones de grano, siendo vectores de numerosas enfermedades. De hecho las rutas de dispersión de gatos, ratas y ratones a lo largo del mundo han sido las mismas. Las suyas son dos historias paralelas. Un largo y perpetuo juego del gato y el ratón. Los gatos acompañaban a los humanos en sus largas travesías: desde la Ruta de la Seda conectando el este asiático con África y Europa, como a través de las rutas marítimas del océano Índico y el Mar Rojo hasta el Mediterráneo. En cada nuevo lugar, los gatos domesticados provenientes de Oriente Medio y Egipto, han conseguido hibridar con sus diferentes variedades salvajes. En Europa es común encontrar en las poblaciones salvajes de F. silvestris silvestris individuos con rastros de mezcla de gatos domésticos asilvestrados que ponen en peligro la integridad genética de las poblaciones naturales.

Lo que todos los estudios genéticos parecen evidenciar es que el proceso de domesticación de los gatos ha sido completamente distinto al del resto de animales domesticados. Darwin dedicó el primer capítulo de su libro «La variación de animales y plantas domesticados» (1868), discutiendo la domesticación de perros y gatos, pero en realidad ambos procesos parecen haber sido completamente diferentes. De hecho, el perro fue el primer animal domesticado unos 15.000 años atrás (Fig. 4), los humanos nómadas y recolectores apreciaron enseguida las cualidades de los lobos que se les aproximaban como guardianes y compañeros de caza. No tardaron en crear mediante procesos de cruces seleccionados (selección artificial) múltiples variedades de perros que les sirviesen para desarrollar diferentes funciones. La historia de los gatos, es muy distinta, incluso hoy en día se puede decir que los gatos no responden muy bien a las «instrucciones» de sus amos. Aparentemente no resultaban ser animales de una gran utilidad, en lugar de ser los humanos los que adaptaron los animales salvajes a sus hábitats, fueron los gato los que acudieron a los humanos por las oportunidades que se crearon alrededor de sus asentamientos. Dado el relativo pequeño tamaño de los gatos salvajes y su poca peligrosidad, los humanos toleraron su presencia y cada vez les cedieron más espacio dentro de sus comunidades.

No se cree que los humanos en un principio intentasen domesticarlos, no ejercieron sobre ellos ningún tipo de selección artificial, sino que fueron ellos mismos los que se domesticaron, cruzándose entre ellos aquellos individuos que mejor toleraban la presencia de los humanos y la de otro gatos. Pues el gato doméstico, a diferencia de sus antecesores salvajes y otros felinos, no es tan territorial y puede convivir con otros gatos y animales. Su domesticación ha sido tan suave que pocas modificaciones genéticas han sido identificadas, más allá de las relativas a los patrones de sus pelajes, cuya selección empezó a efectuarse de manera más artificial a finales de la Edad Media inicios de la Edad Moderna, cuando floreció un lustroso negocio de pieles de gatos. La nobleza empezó entonces a encapricharse con unos patrones concretos que llevó a una selección de gatos concretos, originándose el principio de la diversidad de razas actuales. Pero la definición de las razas actuales suele ponerse en Inglaterra, en el año 1871 cuando por primera vez se hizo una exhibición de variedades de gatos del mundo en el Palacio de Cristal de Londres. El ganador entonces fue el gato Persa, pero ya entonces el gato Siamés generó gran expectación. En la actualidad hay más de 60 razas reconocidas, todo y así los estudios genómicos sólo han podido identificar una docena de genes que diferencian a las unas de otras, todos ellos, genes relacionados con la longitud y la textura del pelo, así como en los patrones estriados, a manchas o la aparición de zonas claras ausentes en las formas salvajes.

Al parecer, entre los científicos, o más bien entre aquellos que conceden dinero para los proyectos de investigación, los gatos no gozan de tanta popularidad como los perros. Los estudios llevados a cabo sobre el origen de los perros, sus genomas, variedades, etc… superan con creces a los relativamente pocos estudios llevados a cabo sobre gatos, aún así, poco a poco, los gatos van enseñando sus garras incluso en los estudios genómicos, y seguro que en el futuro llegaremos a conocer más secretos sobre la evolución de estos compañeros tan especiales que han cautivado a artistas a lo largo de la historia (Fig. 7 y 8) con su belleza y su carácter salvaje. En Internet los gatos ganan de goleada a los perros. Han conquistado las redes sociales, igual que lo hicieron antes, sigilosamente, sin quererlo, sin que nos percatásemos de ellos se introdujeron en nuestras vidas y ahora no podemos vivir sin ellos.

Lo hasta aquí redactado constituye la historia de los gatos desde la perspectiva humana, habrá que aguardar al día en que escriban la historia desde su propia perspectiva:

«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner ms ojos sobre un espécimen de la raza humana. Según pude saber más tarde, se trataba de un ejemplar de lo más perverso, un shoshei, uno de esos estudiantes que suelen realizar pequeñas tareas en las casas a cambio de comida y de alojamiento. En algún sitio he escuchado incluso que, en ocasiones, esos crueles individuos nos dan caza y nos guisan, y luego se nos zampan.» “Soy un gato” (1905) de Natsume Soseki (Ediciones Impedimento  2017, 648pp)


Lecturas suplementarias:

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