Cuando los científico veían hombrecitos en los espermatozoides

Leeuwenhoek habló a la Royal Society de una visita que le había hecho Johan Ham, que estudiaba medicina en Leiden. Ham le llevó una ampolla de cristal llena de lo que dijo que era semen “espontáneamente descargado” de un hombre enfermo de gonorrea. Ham había visto “animálculos vivos” en el semen, que él creía que habían surgido por la putrefacción del semen como consecuencia de la enfermedad. […] Pero después de la visita de Ham las reanudó (las observaciones de semen), considerando conveniente examinar el semen de un hombre sano. Aún así, cuando informó de sus hallazgos a la Royal Society, hizo traducir su carta al latín, para que pareciese más docta, e indicó a William Brouncker, presidente de la Royal Society, que ocultase sus resultados si se consideraban “inaceptables” para los miembros.

[…] Leeuwenhoek observó “animálculos vivos” moviéndose en su semen fresco. A diferencia de Ham, se dio cuenta de que aquellos pequeños animales no nacían de la descomposición del fluido seminal causada por una enfermedad, sino que estaban presentes en el fluido seminal de todos los hombres. Calculó que su tamaño era de una millonésima parte de un grano de arena.Observó, asombrado, que “se movían hacia delante debido al movimiento de sus colas, como el de una serpiente o una anguila nadando en el agua”. 

Una cosa era ver glóbulos flotando en la sangre, y otra que ahora Leeuwenhoek hubiera encontrado criaturas que se movieran autónomamente dentro del semen masculino. ¿Estaban vivas esas criaturas, como aquellas tan minúsculas que había visto en el agua? ¿Tenían los hombres criaturas vivas dentro de su cuerpo? Las consecuencias de esa idea eran asombrosas.

Laura J. Snyder. El ojo del observador. Johannes Vermeer, Antoni van Leeuwenhoek y la reinvención de la mirada (2017). Editorial Acantilado

 

Tan asombroso le pareció el descubrimiento, al investigador holandés Antoni van Leeuwenhoek, que inmediatamente empezó a estudiar el esperma de otros animales, empezando por conejos, ratas, perros, bacalaos, lucios, doradas, mejillones, ostras, saltamontes, gusanos y mosquitos. El resultado en todos ellos fue el mismo: el esperma estaba lleno de esos animálculos vivos que había observado en su propia muestra (Fig. 1). El hallazgo tuvo grandes consecuencias para la ciencia, la primera de ella, refutar indirectamente la teoría de la generación espontánea de los animales pequeños, que todavía defendían muchos científicos. Sin entender cual era la función concreta de aquellos animálculos vivos, la confirmación de que todos los animales, desde los humanos hasta el insecto más insignificante, tuviesen esperma, sugería que la reproducción era similar en todos ellos. No había animales superiores y animales inferiores que pudiesen surgir de la nada o la materia en descomposición. 

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Fig. 1. Ilustración original de Leeuwenhoek describiendo sus observaciones sobre los espermatozoides (animálculos vivos).

Pero también supuso una revolución en el pensamiento científico respecto a la reproducción humana. Hasta aquel momento la corriente mayoritaria era la del ovulismo, pensamiento impulsado por el investigador italiano Marcello Malphigi, a la que apoyaban entre otros Reiner de Graaf, Swammerdan o Harvey. Estos autores consideraban que el óvulo femenino era el huevo humano, el origen del embrión. Para ellos, el esperma masculino tan sólo tenía la función de aportar nutrientes al huevo, en cuyo interior ya se encontraba un pequeño humano en potencia que sólo estaba esperando para desarrollarse. El ovulismo, definía el esperma como el vehículo a través del cual viajaba un espíritu animal volátil que activaba el desarrollo del embrión.

Sin embargo, con el descubrimiento de los espermatozoides por parte de Leeuwenhoek, la cosa se alteró. Al debate sobre la generación de la vida, se incorporó una nueva teoría que competiría con el ovulismo: el espermismo.

Ambas se agrupan dentro de una misma línea de pensamiento, el preformacionismo que proponía que dentro de las células germinales habían réplicas microscópicas de los humanos. De ahí, el nombre preformacionismo, en referencia a que consideraban que los humanos y otros animales estaban «preformados» en el cuerpo de los adultos antes de reproducirse. Para ellos, la generación era equiparable a una muñeca rusa, cada individuo guardaba en su interior una serie de copias de humanos en miniatura que aguardaban para desarrollarse. Bueno, todos no, y es aquí donde diferían los partidarios del ovulismo y el espermismo.

Los espermistas, a diferencia de los ovistas, argumentaban que el hombre minúsculo se encontraba en el esperma masculino. Para Leeuwenhoek, tras observar los animálculos vivos del esperma, estaba claro: el óvulo no aportaba nada más que nutrientes; el pequeño humano se encontraba en los espermatozoides. Los espermatozoides de todos los animales estaban vivos, se movían por sus propios medios como animales, nadaban, y por tanto demostraban tener una esencia de vida, mientras que los huevos de todos ellos, eran elementos pasivos, no podían moverse. Estaba tan seguro de sus suposiciones que en marzo de 1678 escribió de nuevo a la Royal Society:

«Es exclusivamente el semen del varón el que forma el feto, y toda la contribución de la mujer sólo sirve para recibir el semen y alimentarlo». 

Unos años más tarde, en 1683, escribiría a su amigo Christopher Wren, renombrado arquitecto que ostento el cargo de director de la Royal Society durante unos años, reafirmando su postura: «El hombre viene no del huevo, sino de un animálculo que se halla en el esperma del varón».

La larga historia del homúnculo

La idea no era nueva, a lo largo de la historia, los hombres consideraron que el semen masculino constituía un elemento clave en el proceso de generar vida. Durante tiempo se le atribuyó al esperma un rol casi mágico. Incluso se llegó a considerar un elemento místico. El propio Aristóteles le otorgó un papel principal en el proceso de generar vida, al ser el factor que moldeaba la sangre femenina en un embrión. También encontramos el semen como parte de la receta del alquimista Philip von Hohenheim, más conocido como Paracelso, para crear un ser humano. El sueño de crear homúnculus (pequeños hombres, en latín) formó parte de la tradición alquimista durante siglos (Fig. 2). El nombre homúnculus apareció por primera vez escrito en un libro sin fecha árabe, titulado El libro de la vaca (Liber vaccae). En ese libro ya se enumeraba entre los ingredientes para dar forma a un pequeño humano viviente, semen humano, una vaca y sangre animal entre otros. El libro que escribiría más tarde, en 1572, Paracelso, De Natura Rerum, también implicaba semen humano, pero utilizaba una mezcla diferente para conseguir la vida por generación espontánea:

«Deje que el semen de un hombre se pudra por sí mismo en una curcubitácea sellada con en su interior un estómago podrido de caballo, durante cuarenta días, o hasta que finalmente comience a vivir, moverse y agitarse, lo cual puede apreciarse fácilmente. En este momento será, en cierto modo, como un ser humano, pero transparente y sin cuerpo. Si ahora, después de esto, se nutre todos los días y se le alimenta con cautela con sangre humana, y se guarda durante cuarenta semanas en el calor de un vientre equino, se obtiene al final un verdadero bebé vivo. Tendrá todos los miembros de un niño nacido de una mujer, pero mucho más pequeño. Esto lo llamamos homúnculo, y debe ser educado después con el mayor cuidado y celo, hasta que crezca y comience a mostrar inteligencia»

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Fig. 2. Ilustración que representa la visión de un alquimista (Paracelso) generando un homúnculo en su laboratorio.

A pesar de que la idea del homúnculo de Paracelso tuvo un considerable número de seguidores, muchos teólogos y científicos de la época, y los siglos posteriores, se dedicaron a rechazar la idea de poder generar vida. El libro Chimia in Artis Formam Redacta Sex Libris Comprehensa (1661) de Werner Rolfink, refutó enérgicamente los conceptos de Paracelso. También lo hizo el libro de George Kinsten publicado en 1674, Destillatoria Curiosa, donde listaba una serie de falsedades, entre ellas la del homúnculo de Paracelso. Otros autores llegaron más lejos, y además de considerar la idea ridícula, la tacharon de herejía. Este fue el caso del jesuita Athanasius Kircher en su Mundus Subterraneus (1664), o de Joanes Bickerus en su Hermes Redivivus (1612). Los ataque hacia el concepto del homúnculo también formaron parte del trabajo de Francesco Redi, quien, mediante una serie de experimentos con insectos, refutó la teoría de la generación espontánea. Consideraba que crear vida desde la muerte era un escándalo, un fraude y un insulto a la fe cristiana. Dado el clima de repulsa que existía hacia el término en el ámbito intelectual de la época, ¿es posible que los espermistas adoptasen el término? A pesar de que es así como ha pasado a la historia, y que existan decenas de páginas web relacionando a Leeuwenhoek y sus coetáneos con el homúnculo, parece ser que la historia no siempre recoge fielmente lo que realmente sucedió.

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Fig. 3. Ilustraciones originales del libro Donum Dei, Ortus diviciarum sapiencie Dei, o Pretiosissimum Donum Dei (El más precioso de los regalos Dios). Un libro de alquimia del siglo XV o XVI, atribuido a Georgius Aurach de Argentina, que recoge fórmulas que permite crear y dar forma a la vida. 

La búsqueda de hombrecitos en el esperma

Tanto los ovistas como espermistas creían en la existencia de un homúnculo u hombrecito, sólo difería en el lugar: en el semen masculino o en el útero femenino. Leeuwenhoek tenía tal convicción sobre su localización en el semen, que refutó la idea del ovulismo sin aportar pruebas. De un plumazo resto importancia al huevo, llegando a considerar que su papel era mínimo en el proceso de crear nueva vida. En su cruzada por confirmar su hipótesis, aseguró que sería posible observar, con mejores microscopios, pequeños humanos en las cabezas de los espermatozoides. Pasó horas sentado ante el microscopio, buscando, a través de su lente, apreciar los contornos de un hombrecito recogido dentro de los animálculos vivos que se movían en sus muestras de esperma. 

El descubrimiento de Leeuwenhoek, y sus animálculos vivos en el esperma, llegó enseguida a otros investigadores europeos. Muchos de ellos se volcaron en sus propios microscopios para observar aquella novedad que parecía ponerlo todo pata arribas. En enero de 1678, Swammerdam observó: «En el semen de una rata y de un gran perro hemos observado innumerables pequeños gusanillos». Por las mismas fechas, el anatomista danés Thomas Bartholin, examinó semen humano y reafirmo el descubrimiento de Leeuwenhoek. En verano del mismo año, el también holandés, Nicolaas Hartsoeker mandó a carta a París en la que afirmaba haber visto pequeñas criaturas como «ranas recién nacidas» en el esperma de varios animales.

Y al final, entre tantos observadores buscando a homúnculos entre el esperma, en 1694, Nicolaas Hartsoeker publicó en París su libro Essai de dioptrique. Hastsoker, había sido alumno de Leeuwenhoek, fue con él con quien aprendió a construir microscopios y a interesarse por el mundo de lo invisible. Y fue con él con quien se enzarzó en una discusión para demostrar quien había sido el primero en describir los espermatozoides. Y aunque, Leeuwenhoek se ha llevado la fama de ser el primero en observar y describir los espermatozoides, el dibujo que incluyó Hartsoeker en su libro de 1694 ha pasado a la historia como icono de las teorías preformacionistas (Fig. 4), y concretamente de los espermistas. Entre sus páginas se encuentra la ilustración de un espermatozoide, en cuya cabeza se encuentra recogido un hombre diminuto, del homúnculo sólo se observan las piernas dobladas y unos brazos que emergen del cuerpo del espermatozoide (Fig. 4). Nicolaas Hartsoeker probablemente dibujó lo que vio, al menos eso aseguró, y es que muchas veces lo que vemos no es más que aquello que buscamos, no lo que vemos, igual que les sucedió a muchos científicos cuando aseguraban haber observado canales de agua en la superficie de Marte. Hartosoeker no utilizó en ningún momento el término homúnculo de Paracelso, que seguía ligado al rechazo intelectual, como acabamos de ver, sino que se refirió a él como: le petit animal (el pequeño animal) o l’enfant (el niño).

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Fig. 4. Ilustración original del “pequeño animal” que Nicolaas Hartsoeker decía haber observado en su libro Essai de dioptrique, publicado en 1694.

Leeuwenhoek pareció ignorar ese descubrimiento, pero no el que, unos años más tarde, publicó el aristócrata francés François de Plantade, bajo el seudónimo de Dalenpatius. Su trabajo iba acompañado de una serie de ilustraciones donde se representaba a un hombre en la cabeza del espermatoziode, donde el flagelo de la cola emerge de su cabeza a modo de gorro (Fig. 5). Hay quien considera ese trabajo, como una burla a las ideas de la época, una farsa en toda regla, pero de ser así, Leeuwenhoek no lo entendió y envió una carta de crítica a la Royal Society. En ella argumentaba que en sus muchas horas observando muestras de semen, jamás había visto algo así. «Aunque he imaginado a veces que […] ahí estaba la cabeza, y ahí, también, están los hombros y ahí las caderas, el no haber sido capaz de determinar eso con el menor grado de certeza no puedo afirmarlo como definitivo». Lamentablemente, en su carta a la Royal Society incluyó el dibujo de Dalenpatius, hecho que hizo que durante mucho tiempo los historiadores vinculasen el dibujo con él, e incluso le atribuyesen el concepto homúnculo a Leeuwenhoek, haciendo mofa de ello. Aunque, al igual que Hartsoeker, no utilizó nunca en término homúnculo en sus textos, tan siquiera en aquellos trasladados al latín. La visión negativa que existía del término en la época hizo que los propios preformacionistas, evitasen ese término, haciendo uso de otros como: «animalia», «figura animalculorum», «animalcula seminalia», «corpore animalculi», «pequeños animales», «animálculos» o «hombre con todos sus miembros completos». 

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Fig. 5. Ilustración del hombrecito presuntamente observado por Dalenpatius en 1696. Algunos estudiosos consideran que aquel trabajo era una frase que pretendía burlarse de aquellos que buscaba hombres en el esperma.

Ni espermistas ni ovistas hicieron uso entonces de la palabra homúnculo. Incluso en la única ilustración que representaba la idea ovista de Theodore Kerckring en 1670, en la que se muestra el desarrollo de un huevo en el útero, que acaba desplegándose como una flor y mostrando en su interior el esqueleto de un pequeño humano que va creciendo y desarrollándose (Fig. 6). Más curioso es que ni los críticos más feroces del preformatismo, años más tarde, una vez demostrada la fertilidad del óvulo por parte del espermatozoide y su desarrollo, mencionasen el término homúnculo. En sus criticas se burlaban de sus antecesores usando los conceptos animalculae, mínimos de existencia, pequeños hombrecitos y mujercitas, diminutos candidatos a la vida, u otros términos ocurrentes, pero nunca el vocablo homúnculo que seguía vinculado a la alquimia y la brujería de Paracelso, y no parecía tener cabida en el ámbito científico.

Pero si ni los preformacionistas, ni sus retractores posteriores, evitaron el uso de homúnculo, ¿por qué hoy sus nombres aparecen ligados al mismo? Al parecer la vinculación entre el término homúnculo con los espermistas y preformacionistas en general se debe a libros aparecidos en la década de 1930, donde al recoger la historia de la biología del desarrollo, se mencionaba las ideas preformacionistas del siglo XVII y equivocadamente se las vincula con el homúnculo y las concepciones de crear vida de los alquimistas como Paracelso. Aunque la idea de creer que dentro de los espermatozoides o los huevos existían personas preformadas fue real, los autores originales cuidaron mucho de no referirse a esos hombres diminutos como homúnculos, un término estrechamente vinculado a la alquimia y brujería, que sin embargo hoy aparece vinculado a la ciencia.

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Fig. 6. Ilustraciones de Theodor Kerckring donde se explica la secuencia de desarrollo de un embrión preformado según su visión ovista.

Observando el gran secreto de la generación

Los defensores del ovulismo reclamaban a Leeuwenhoek que explicase, cómo era posible que Graaf y Harvey no encontrasen espermatozoides al estudiar el útero de diversos animales. Propuso que se podía tratar de errores de observación, que los animálculos vivos se evaporasen con el tiempo si las observaciones no eran frescas. Pero, para poder reafirmar su idea del espermismo, diseñó una truculenta disección. Forzó a una perra en celo a copular tres veces seguidas y acto seguido la sacrificó para estudiar bajo el microscopio su útero. Lo que observó fueron miles de animálculos vivos nadando cerca de las aberturas de las trompas de Falopio. Concluyó que lo que su mentor Graaf y Harvey habían descrito como huevos, no eran más que espermatozoides que se habían desprendido de su cola. Tras aquello proclamó que había descubierto «el gran secreto de la generación».

Al igual que los renacuajos encogen su cola durante la metamorfosis, Leeuwenhoek consideró que los animálculos vivos, una vez en la trompa de Falopio, empezaban a desarrollarse, desprendiéndose primero de la cola. El huevo (óvulo) descrito por Graaf y Harvey no era otra cosa que un cúmulo de espermatozoides que se habían agregado y desprendido de sus colas, según sus observaciones aquello era «un cuerpo animado por un alma viva, derivado de la semilla del macho».

Aquella afirmación constituía una nueva revolución en la biología. Según aquellas observaciones, los animales vivíparos y ovíparos, serían organismos con dos sistemas de generación muy diferenciados. Mientras que los vivíparos, como los humanos, ratas, conejos o caballos, el animálculo era alimentado en el interior del útero, sin que las hembras apenas tuviesen implicación alguna en el proceso; en los ovíparos, como lagartijas, gallinas o moscas, el huevo era la principal fuente de alimentación del animálculo, existiendo una mayor contribución por parte de las hembras. Leeuwenhoek estaba convencido de que los vivíparos no producían huevos, y aunque buscó y buscó en el útero de muchos animales, nunca consiguió dar con los óvulos descritos por Graaf años antes. Un hecho curioso, considerando que los óvulos son mucho más grandes que los espermatozoides que si observó sin problema alguno. Es más que posible que sus observaciones se viesen distorsionadas por sus ideas, y que los glóbulos que describió en el útero, fuesen en realidad los óvulos.

Igual que Hartsoeker creyó ver un pequeño hombrecito en el semen humano, viendo lo que deseaba ver, es posible que Leeuwenhoek no viese los óvulos porque no los quería ver. Obsesionado con la idea espermacentrista no logró descubrir los óvulos a pesar de su mayor tamaño. Insistió a lo largo de su vida en el símil que comparaba el semen con la semilla de una planta. Al igual que la mayoría de sus contemporáneos, Leeuwenhoek no supo reconocer que las propias semillas eran un producto de la unión sexual, de una parte femenina y otra masculina. En su analogía con las semillas, consideraba que el semen era la semilla animal que daba vida, y el cuerpo femenino el campo fértil en el que crecería. A pesar de lo erróneo del concepto, hoy en día se continúa denominando al fluido masculino que transporta los espermatozoides, o semen, que proviene etimológicamente del latín seminis (semilla), o esperma, cuyo origen se encuentra en el griego sperma (semilla). Tanto semen como esperma hacen referencia a la semilla, confiriéndole a los fluidos masculinos el don de generar nueva vida. El descubrimiento de los espermatozoides de Leeuwenhoek permitió a los hombres considerarse la parte más importante de la reproducción. La visión de la semilla sigue persistente en nuestra sociedad, en la que en muchos casos de infertilidad se sigue culpando directamente a la mujer, como si la semilla masculina fuese infalible.

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Fig. 7. Ilustración que representa a Antoni van Leeuwenhoek haciendo observaciones con uno de sus microscopios.

Aún así, mucho contemporáneos de Leeuwenhoek no coincidían con sus ideas, ni de su símil con las semillas. Entre los religiosos, aquella idea resultaba aberrante. No podían aceptar que en cada eyaculación se desperdiciasen tantas vidas, si cada espermatozoide llevaba en su interior a un hombrecito. Menos cuando el propio Leeuwenhoek afirmaba que en una muestra de semen de bacalao había estimado diez veces más animálculos que humanos había en la faz de la tierra. No podían creer que cada episodio de generación representase un despilfarro tan grande de humanos. Miró de convencerlos volviendo a las semillas. Comparó al hombre con un higo, argumentando que dentro de un higo hay miles de semillas, pero que sólo crece un árbol. Pero ni así logró convencer a los escépticos. Aunque insistió en sus observaciones, incluso mirando de «despellejar» espermatozoides para descubrir lo que escondían en su interior, en 1699 pareció darse por vencido, reconociendo que se escondía un gran secreto dentro de las semillas de las plantas y el semen de los animales. Aquel año escribió: «Es inconcebible que el ingenio humano penetre tan profundamente en ese gran secreto que, por casualidad o por disección del animálculo del semen, lleguemos a a ver al hombre completo». Y aún así, no guardó nunca dudas de que el hombre completo, en cualquier forma, ya estaba allí. No podía verlo, pero lo intuía. Y se aferró a esa idea toda su vida.

Fue años más tarde, en 1759, cuando Caspar Friedrich Wolff publicó su Theoria generationis, que se acabó la controversia entre ovistas y espermistas. Wolff describió en su libro el origen del feto como producto de la unión del espermatozoide y el óvulo, acabando así con las ideas preformacionistas y recuperando la teoría de la epigénesis. Pero las pruebas tardaron algo más en llegar. En 1775 el fisiólogo italiano Lazaro Spallanzani probó que los óvulos de los animales no se desarrollaban si antes no habían sido fertilizados por el fluido seminal. Para demostrarlo, diseño unos pantalones para los machos de las ranas que evitaban la salida del esperma. De esta manera observó como al aparearse con hembras, los huevos no se desarrollaban y las puestas acababan degradándose. Casi dos siglos más tarde, de las observaciones de Leeuwenhoek, en 1875, Hertwing demostró por primera vez que los espermatozoides penetraban el óvulo, uniéndose ambos. 

Hoy las ideas de los preformiacionistas nos parezcan ridículas e inocentes. La imagen de un hombre diminuto dentro de un espermatozoide o en el óvulo femenino, parecen del todo menos científicas, más cuando se unen al término homúnculo de orígenes mágicos, pero no debemos olvidar, que más allá de sus errores, las observaciones de aquellos primeros investigadores que fabricaban sus propios microscopios y exploraron los mundos invisibles de lo microscópico, cambiaron radicalmente nuestra visión del mundo. El descubrimiento de los espermatozoides es en sí mismo un hito, si bien su descubridor cometió el error de interpretar su función; sus descripciones y cuantificaciones fueron acertadas para los métodos con los que contaba. Su descubrimiento y el conflicto entre espermistas y ovistas impulsó a nuevas generaciones de investigadores a indagar sobre los secretos de la reproducción hasta observar que el inicio del desarrollo era el producto de la unión de ambos, de óvulos y espermatozoides. Esta es la grandeza del conocimiento científico, que se forma sobre sus errores, desechando ideas a medida que nuevas observaciones no coinciden con ellas. Sin errores no habría avance científico, y aunque hoy resulte irrisoria la historia de esos hombres que veían hombres en el semen, hay que reconocer su labor científica aunque incorporase errores que más tarde quedaron en evidencia. 

 


Lecturas complementarias:

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