Los Bestiarios medievales y el nacimiento de la Zoología

«Allí se ven unos animales que llaman jirafas. En Arabia los llaman gerifaltes. Es un animal con rayas que no llega a ser tan grande como un destrero pero tiene un cuello de veinte codos por lo menos, la grupa y la cabeza como la de una cierva. Con tan largo cuello, alcanza a ver por encima de una alta torre. También hay unas bestias llamadas camaleones: son unas bestezuelas parecidas a los cabritos de monte, que siempre tienen el morro abierto, porque nunca comen ni beben y sólo se alimentan de aire. Mudan a menudo el color y tan pronto se les ve de un color como otro…»

Así describe John Mandeville a las jirafas y camaleones en una de las lecturas más difundidas durante la Baja Edad Media en Europa: el Libro de las Maravillas del Mundo, escrito hacia mediados del siglo XIV. La Baja Edad Media fue una época en la que aparecieron numerosos libros que pretendían describir el mundo natural desconocido, una época en la que los libros de viaje y los Bestiarios constituyeron unos verdaderos géneros literarios que fueron aceptados como textos verdaderos que describían la realidad, pero, ¿es realmente así? ¿Podemos considerar dichos libros como textos de interés o vocación científica? ¿Son los Bestiarios los precursores de los tratados de zoología? Veámoslo.

Existió un tiempo en el cual el mundo parecía mucho más vasto, un mundo lleno de espacios desconocidos en los que tenían cabida todo tipo de misterios: de maravillas y de monstruos. Un tiempo que conocemos a través de los escribanos de la época que recopilaban las experiencias de viajeros, mercaderes y exploradores que se aventuraban más allá de sus fronteras volviendo con historias de pueblos extraños y criaturas fabulosas. Los relatos de viajes empiezan a popularizarse en el siglo XII constituyendo un gran impacto en la sociedad medieval. En ellos el hombre no sólo realiza un viaje espacial sino también uno interno, aspecto que hay que tener muy en cuenta a la hora de interpretarlos.

Al viajero o explorador de entonces, el Homo Viator, como se ha dado a conocer, siempre relata un viaje real y uno simbólico, de manera que sus escritos se mueven siempre entre el mundo real y un mundo imaginario.

Lo mismo sucede con la cartografía. «Los mapas son los ojos de la historia» dijo en su momento el cartógrafo Gerardus Mercator, y no andaba nada errado, pues estudiando los mapamundis y su evolución a lo largo de la historia, se va descubriendo como en ellos quedaba reflejado el conocimiento de los territorios y la visión que de los mismos se tenía. Los mapas sin embargo más allá de reflejar el mundo son un reflejo histórico de la psique humana, de su afán por entender el territorio que habita y los lazos con el mismo, así como al mismo tiempo los miedos humanos ante la incapacidad de poder explicar el mundo (Fig. 1). Esa necesidad de ubicarse en el mundo que ha quedado plasmada en los mapas históricos, donde se representaba el conocimiento y el desconocimiento por igual.

La mirada de los antiguos exploradores, y mucho más los escritos de los escribanos muchas veces eran incapaces de «descubrir» los otros mundos, porque simplemente «no se puede ver aquello para lo que se está preparado». La mirada está condicionada siempre por el mundo conocido, por lo familiar y lo que se sabe. Las cosas que se ven afuera, en lo desconocido, son distintas de las que esperamos y conocemos de casa. Esto es lo que les sucedía a los viajeros y cronistas antiguos, y en esta clave deben leerse sus crónicas e interpretarse sus mapas. El efecto de no ver aquello para lo que no se está preparado le ocurrió por ejemplo a Cristobal Colón y a muchos otros exploradores posteriores.

Entre los relatos más conocidos encontramos la obra de Marco Polo: Il Millione o Viajes de Marco Polo, redactado entre 1298 y 1299; la Image du monde de Gossouin escrita en 1250 en la que su autor describe su viaje por Oriente describiendo su vegetación y sus fantásticas criaturas, el Libro de las Maravillas del Mundo de John Mandeville escrito alrededor de 1350 o Los libros de Viajes (Séfer Masaot) del viajero y escritor medieval español Benjamín de Tudela, que aunque llevó a cabo sus viajes entre 1159 y 1172, su obra no se publicó hasta 1543 en Constantinopla en hebreo basándose en sus notas e impresiones recogidas en sus viajes por el Mediterráneo, desde Navarra hasta Oriente Medio.

Si comparamos estos relatos de viajes con otras obras medievales como las obras de Dante o cualquier obra caballeresca, enseguida se aprecia una diferencia entre ambos géneros. Las novelas caballerescas son sobre todo una peregrinación interna. Los libros de viajes pretenden abrir horizontes, hablar de otras realidades que existen más allá de lo conocido por el público al que van dirigidos, sin embargo la mentalidad medieval en la que el plano espiritual ejercía una gran influencia se filtra en sus textos, y ello hace que todos ellos no den importancia a la exactitud del conocimiento sino a la aceptación social del mismo, haciendo uso para ello de muchos mitos e ideas preconcebidas de lo exótico que le restan credibilidad y realismo a sus descripciones.

En dichos relatos aparece la idea de construir un propio «yo» o un “nosotros» a partir de las imágenes de los «otros», ya sean prejuicios o verdades. De hecho la dificultad que surge en los relatos de viajes consiste precisamente en lo «exótico», no es un «otro» conocido por la persona o la sociedad a quien se dirige el texto, sino que se adentra e introduce a su público algo nuevo y desconocido.

El historiador y filósofo búlgaro-francés Tzvetan Todorov explicó: «El desconocimiento de los otros, la negativa de verlos ta como son, difícilmente pueden considerarse formas de valorar. Es un cumplido muy ambiguo el de elogiar al otro simplemente porque es distinto que yo. El conocimiento es incompatible con el exotismo, pero el desconocimiento es, a su vez, irreconciliable con el elogio a los otros; y, sin embargo, esto es precisamente lo que el exotismo quisiera ver, un elogio en el desconocimiento. Tal es su paradoja constitutiva».

Igual que Marco Polo y John Mandeville hablaban de humanos con cabeza de chacal y muchos otros monstruos como si fuesen entidades reales con las que interactuaron u oyeron hablar durante sus viajes, las descripciones de animales y paisajes se contaminan con las ideas y mitos de las sociedades de las que parten. Así pues no sorprende la descripción de los rinocerontes de Marco Polo:

«Tienen muchos elefantes y bastantes unicornios, que apenas son más pequeños que un elefante; tienen el pelo de búfalo, el pie como el del elefante, un cuerno en mitad de la frente, muy gordo y negro. Y os digo que no hace ningún daño a los hombre y a los animales con su cuerno, sino sólo con su lengua y las rodillas, porque su lengua tiene espinas muy largas y aguadas. Cuando quiere destruir un ser, lo pisotea y lo aplasta en el suelo con las rodillas, luego le inflige los males que hace con su lengua. Tiene la cabeza como jabalí salvaje, y el porte siempre inclinado hacia tierra; permanece gustosamente entre el barro y el fango en lagos y bosques. Es un animal vil de ver, y repugnante. No es del todo como nosotros, los de aquí, decimos y describimos cuando pretendemos que se deja atrapar por el pecho de una doncella. Es todo lo contrario de lo que creemos…»

La decepción de Marco Polo con los rinocerontes es obvia al creer que se encontraba contemplando un unicornio, simplemente su concepto fantasioso chocó con el de la realidad. Como dijo Umberto Eco sobre dicho fragmento, la visión de Polo es lúcida, Marco Polo duda, pero no duda sobre la existencia de los unicornios europeos sino sobre su sentido, pues visto su aspecto repugnante y feo le parece poco creíble que sean capaces de acercarse y rendir pleitesía a las doncellas puras como relataban las leyendas medievales (Fig 2). Marco Polo no pudo dejar de ver unicornios porque le resultaba imposible sustraerse a su propia cultura poblada de animales fantásticos. Pero, ¿de dónde viene toda esa creencia en los animales fantásticos que tan presentes tenían todos los viajeros y exploradores de la época?

Para entender ese mundo poblado de animales fantásticos debemos entender el otro género literario de la época, pues en este mismo contexto entre los siglos XII y XIV junto a los libros de viajes aparece un nuevo género que es el de los Bestiarios medievales.

¿Son los Bestiarios medievales libros de Historia Natural?

Los Bestiarios medievales suele decirse que desciende filológicamente del Phisiologus y que por tanto se definen en un sentido amplio como libros «acerca de la naturaleza». La distinción sin embargo de dichos libros es la de incluir en sus páginas seres que hoy consideramos imaginarios y a los que entonces se les abordaba otorgándoles el mismo nivel, el mismo tratamiento que a los animales reales, y por tanto la misma credibilidad que a éstos. Es en este sentido en por el cual algunos estudiosos consideran que dichos Bestiarios se alejan y diferencian de los libros de historia natural de tradición grecolatina, así como de los posteriores tratados de inventarios naturales que estarían más cercanos a los estudios de zoología moderna.

El género prospero en la Baja Edad Media, especialmente en Inglaterra y Francia. Uno de los más famosos es el Bestiario de Aberdeen (Fig 3), cuyo manuscrito data del siglo XII, pero se desconoce la fecha exacta y el lugar en cual fue creado.

Su estructura se basa en el trabajo enciclopédico de la Etymologiae de Isidoro de Sevilla redactado en el siglo VII. Los animales no están ordenados por reinos sino agrupados en una serie de categorías: (1) las bestias (que incluye al león, el tigre, el elefante, el castor, la hiena, el mono, el ciervo, la cabra, e incluso al sátiro o el unicornio, junto al oso, el zorro, el lobo, el perro o el cocodrilo); (2) el ganado (las ovejas, los carneros, los jabalíes, los caballos, los camellos o las mulas); (3) los animales pequeños (el gato, el ratón, el topo, el erizo, la hormiga); (4) las aves o animales aéreos (la paloma, el halcón, la tórtola, el pelícano, la noche garza, la abubilla, la urraca, el avestruz, el buitre, e incluye la palmera y el cedro, así como a los murciélagos, la abeja, el cuervo, el pato, el águila, etc…); (5) las serpientes y reptiles (aquí hay espacio para las serpientes, los dragones, los basiliscos, el régulo, la víbora, la hidra, la boa, las sirenas, los lagartos, la salamandra, los tritones y otros anfibios); (6) los insectos (donde incluye a los gusanos); (7) los peces (donde acapara a los peces, la ballena, el delfín, el cocodrilo y el salmonete); (8) árboles y plantas (higueras, el cedro, el roble, el plátano, el álamo, el castaño, el algarrobo, el árbol del pistacho, etc…); (9) la naturaleza del hombre (trata la anatomía humana y las edades del hombre); (10) Piedras (acaba describiendo diferentes tipos de piedras y minerales, el topacio, la amatista, el zafiro, el jasper, el crisólito, etc…).

A pesar de que éste y otros libros semejantes que aparecieron durante el medievo contengan información de carácter científico, describiendo al animal, el ambiente e incluso aspectos de su forma de vida, no hay que olvidar nunca en que contexto histórico fueron redactados, y por tanto con que finalidad se hicieron y como eran esperados que fuesen leídos e interpretados. Nunca tuvieron una vocación enciclopédica de clasificar a los animales, ni de entender ni recopilar los conocimientos que se tenían de la naturaleza, sino más bien que tenían un sentido didáctico-moral. La idea era mostrar a través de dichos inventarios las enseñanzas cristianas de la época. Todos los animales exhibidos en sus páginas tenían un valor alegórico y simbólico para educar al lector. Como sostenía Umberto Eco: «el hombre medieval vivía […] en un mundo poblado de significados, remisiones, sobresentidos, manifestaciones de Dios en las cosas […]». Es decir, todos los símbolos hacían referencia a una realidad superior, escondida y sagrada que debía ser descubierta. «Nuestro espíritu no puede alcanzar la verdad de las cosas invisibles si no es educado por la consideración de las cosas visibles», decía Hugo de San Víctor. Los ilustrados de la época, es decir los dirigentes de la Iglesia, los únicos capaces de leer y escribir, y por tanto de reflexionar y organizar el pensamiento, no sólo el suyo, sino el de toda la sociedad, estaban firmemente convencidos de que el mundo real y el sobrenatural no eran compartimentos estancos. De ahí que los Bestiarios no puedan leerse como enciclopedias de conocimiento natural sino como textos moralistas.

El origen de dichos textos tiene lugar en obras que tienen un profundo interés científico, siendo sus referencias la Historia Naturalis en latín recopilada por Plinio el Viejo en el siglo I, y el Physiologus, un texto escrito en griego del siglo II de autor desconocido. El Physiologus ya incluía en sus páginas animales reales y fantásticos de, sobre todo, el norte de África. El libro, durante mucho tiempo considerado herético, poco a poco fue enriquecido con comentarios y aportaciones de los Padres de la Iglesia, hasta que finalmente el propio San Isidoro de Sevilla usaría mucha de su información para elaborar su obra enciclopédica Etymologiae, generando así una obra híbrida que había ido derivando del texto naturalista al texto alegórico y moralista, para dar lugar a la aparición en el siglo XII de los «libros de las bestias» o Bestiarios.

A pesar de que sus autores pretendiesen darles características científicas a imitación de sus antecedentes grecolatinos, el simbolismo y el moralismo era tan grande en ellos, que para ello no dudaron en acudir e incluir leyendas, así como todo tipo de animales inverosímiles y fantasiosos concebidos por el hombre medieval como reales. No expresan la realidad natural de la época sino el imaginario maravilloso de su época. Así pues sus textos, aún incluyendo partes rescatados de los textos de Aristóteles e intentar llevar a cabo una obra de historia natural, vuelven a caer en el pozo de lo maravillosos de el Physiologus, añadiendo nuevos monstruos hasta entonces desconocidos en la literatura de las culturas mediterráneas que provenían del folklore germano-céltico, constituyendo así una mezcla de seres y animales místicos de dos culturas hasta entonces bien dispares.

En un mundo totalmente analfabeto y rural en la que los animales jugaban un rol esencial en la economía de las familias y el día a día de la gente, la Iglesia no dudó en hacer uso de los animales como símbolos de los mensajes moralizadores y adoctrinantes que querían hacer llegar a sus feligreses. Así por ejemplo, se hacía uso de los animales cotidianos y familiares para a través de su conducta mandar mensajes a la gente sobre características buenas o malas: la liebre, por ejemplo, representaba la lascivia dada su facilidad en reproducirse. Los animales de los bosques como serpientes, jabalíes y osos, pertenecían también al mundo perceptible de la gente, y sus miedos podían dominarse mediante el coraje y la astucia. Otros animales de lugares remotos y exóticos como leones, camellos, cocodrilos, producían un efecto aterrador por su carácter así como tranquilizado al mismo tiempo por su lejanía; mientras que las criaturas fantásticas y monstruosas tenían la función de preservar en la conciencia del hombre medieval el miedo a lo desconocido.

¿Cuál era en realidad la relación del hombre del medievo con la fauna? Parte del influyente poder que podían ejercer los Bestiarios sobre la gente se debía a la ausencia de control definitivo del hombre sobre la naturaleza. Al contrario, la naturaleza muchas veces resultaba amenazante y los Bestiarios aprovecharon esta amenaza real para apropiarse de estos miedos en su favor. Europa en la Edad Media estaba dominada por bosques espesos, ciénagas y llanuras, ambientes poblados por algunos grandes depredadores. Las fuentes jurídicas y narraciones de la época parecen atestiguar que algunos animales salvajes constituían una verdadera amenaza tanto física como económica para los humanos. El propio Carlomagno creó un grupo de funcionarios, los luparii, cuya función específica era reducir las poblaciones de lobos de sus tierras para proteger y mitigar los problemas de sus ciudadanos. Por otro lado los hombres adoptaron una mentalidad de «propiedad de la naturaleza» y principalmente de los animales, adoptando unas normas influidas más por el Derecho Germánico que por el Romano. Los hombres pasaron a ser propietarios, ya no sólo de los animales domésticos, sino incluso de los animales de caza, instaurando cotos de caza y especies propiedad de unos u otros en función del estatus social. Su explotación enseguida fue regulada. El hombre medieval, se alimentaba de productos de animales domésticos, usaba a otros como fuerza bruta de trabajo (caballos, bueyes, burros), se vestía con las pieles y el cuero de animales de caza, recurría a la pesca y los animales acuáticos como el castor ante los vetos religiosos de consumir carne durante largos periodos, la caza deportiva como la cetrería estaba en auge, así como los entretenimientos y ceremonias religiosas con animales, tanto reales como simbólicas. Su uso como sacrificio y visión divina había desaparecido por la imposición del cristianismo y persecución de cualquier práctica pagana antigua animalista, pero el hombre medieval seguía inmerso en un mundo en el cual los animales estaban presentes en casi todas sus actividades diarias.

Así pues para clérigos y curas la comparación con el mundo animal era un enorme recurso ilustrativo y directo para las almas analfabetas y a las que intentaban rescatar de «las garras del pecado». El animal y la naturaleza así se convertían en el medio ideal en el cual el hombre medieval proyectaba todos sus miedos y angustias. Los Bestiarios así lejos de ser textos de Historia Natural y Ciencia fueron libros didácticos de moral empleados por la Iglesia para lograr la adhesión de la gente al ideal cristiano. Para sus autores algunos animales representaban a Cristo y otros simbolizaban el Mal, o proyectaban los vicios y defectos humanos. Dado el analfabetismo del pueblo los Bestiarios contaban con abundantes imágenes, muchas de ellas muy alejadas de la realidad, en las que monjes ilustradores debían dibujar leones, avestruces o elefantes de oídas o de descripciones de otros textos, por no mencionar a los monstruos maravillosos que nunca nadie había visto (Fig. 3). Es curioso resaltar la independencia que existía muchas veces entre los redactores y los ilustradores, encontrándose grandes incongruencias entre ambas. El texto podía describir a las sirenas como híbridos entre una mujer y un pájaro por ejemplo, lo que en realidad corresponde a una harpia, y sin embargo el ilustrador sin consultar el texto dibujar una sirena como una mujer con cola de pez guiado por la cultura popular.

Más allá de los libros, los Bestiarios saltaron fuera de las páginas para adornar la arquitectura de los edificios y ocupar así el espacio público y dejar constancia de su simbolismo permanente. Su uso visual fue mucho mayor que el literario, poblándose los capiteles de las columnas románicas y góticas de animales y bestias fantásticas (Fig. 4), las fachadas de iglesias y catedrales también se adornaron con animales y gárgolas, cada una de ellas cargadas de alegorías que todo el mundo sabía interpretar porque se les recordaban continuamente en los sermones. La Creación divina y la verdadera naturaleza del hombre se interpretaba a través de los animales de los Bestiarios y su enorme iconografía constituyeron la arquitectura de pueblos y ciudades en verdaderas Biblias de piedra.

En términos modernos se puede decir que los Bestiarios no eran tratados científicos ni aspiraban a ello aunque se hubiesen basado en sus antecedentes grecolatinos, sino que fueron uno más de los instrumentos utilizados por la institución eclesiástica medieval. Un aparato ideológico del Estado eclesiástico diseñado para ejercer el control de la población, no mediante la violencia sino mediante la ideología. Los historiadores hablan de «una represión (del Estado eclesiástico) muy atenuada, disimulada, es decir simbólica». Los animales y los monstruos dejaron de ser animales, seres vivos con los que se compartía el mundo, para ser seres que debían atemorizar a los hombres y mandarles seguir los preceptos divinos. Los animales fueron uno de los medios más potentes con los que contó la Iglesia para ejercer su coerción sobre la población a través de las producciones literarias y artísticas.

Algunos historiadores consideran que ninguna otra sociedad en la historia ha otorgado un papel tan sistematizado del mundo del simbolismo como la Edad Media. El hecho de que apareciese un género literario como el de los Bestiarios medievales que recorrió toda Europa Occidental e incluso influyó en los tratados islámicos y hebreos de la época, es una prueba de la importancia que adquirió en esa época el abordar y establecer las relaciones hombre/animal. Como ya se ha dicho, su contenido pseudocientífico y casi homogéneo por copiarse y nutrirse los unos de los otros, no tenían otra misión que la de ilustrar el dogma y la moral cristiana.

Con el tiempo los Bestiarios fueron mutando y aparecieron nuevas formas, como por El libro de las bestias (Llibre de les bèsties) de Ramon Llull escrito entre 1288 y 1289, donde los animales pierden su simbolismo religioso para convertirse en una reflexión sobre la política en forma de fábula. En ella los diferentes animales representan caracteres y atributos humanos a tener en cuenta a la hora de gobernar. Parece ser que el libro fue concebido para entregárselo a Felipe IV el Hermosos de Francia para recordarle de que tipo de gente podía o no fiarse en la corte. A mediados del siglo XIII también aparece El bestiario del amor (Le Bestiaire d’Amour) que supone una renovación del género pues se aleja de la enseñanza moral y usa el mismo formato enciclopédico de animales como alegorías y símbolos del anhelo amoroso del amor cortés que los trovadores habían difundido desde Occitania por toda Europa. En su obra los animales adquieren características del deseo erótico, el espiritual, apasionado y disciplinado por igual, sin dejar para ello de usar unos textos ricos de lírica y al mismo tiempo con cierto matiz irónico.

Así pues, comprobado que los Bestiarios eran textos pseudocientíficos muy alejados del interés naturalista y zoológico, queda una pregunta por responder: ¿hubo una ciencia o estudio zoológico del mundo animal durante la Edad Media?

¿Existieron estudios zoológicos fuera de los Bestiarios?

Hubo estudios más allá de los Bestiarios. La zoología medieval heredó toda su influencia de su pasado clásico, pero incorporó nuevos conocimientos, como las aportaciones que los bizantinos, los islámicos y los hebreos añadieron a sus estudios de los grandes autores clásicos como Aristóteles, Eliano o Plinio. Toda estas culturas contribuyeron en la Edad Media a enriquecer las ciencias naturales e ir asentando poco a poco el estudio sistematizado de la zoología. Para los islámicos y hebreos el estudio de los animales, más allá de la curiosidad, tenía muchas veces connotaciones prácticas, elaborando obras y tratados sobre veterinaria, manuales de caza, agricultura e incluso de medicina, apareciendo incluso en los libros de viajes al describir las maravillas de otros lugares. Aparecen los trabajos enciclopédicos redactados en hebreo de Yehudah ha-Cohen “Midrash ha-Hokmah” (1245–1247), Shem Tov ibn Falaquera De’ot ha-Filosofim (ca. 1270) y Gershon ben Shlomoh Sha’ar ha-Shamayin (a finales del siglo XIII). En árabe, Al-Jahiz en el año 781 redactar el Kitab al-Hayawan (Libro de los animales) (Fig. 5) fue el primero en mencionar y cuestionarse la influencia del ambiente en los animales. Ibn Bakhtishu escribió Los usos de los animales (en el siglo VIII), Kamal al-Damiri en el siglo XIV redacta El gran libro de la vida de los animales y Abu Yahya Zakariyya al-Qazwini su enciclopedia Las maravillas de la Creación.

En Europa resalta la figura de Federico II Hofenstaufen, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico que redactó su famosos Manual de Cetrería (De arte venandi pum avibus), resultando en un valiosos libro de ornitología donde no sólo incorporaba la información recuperada de los clásicos, sino que los purgo con una actitud crítica y más científica, contrastando los textos clásicos con sus experiencias y observaciones, y dando por buenas solo aquellas observaciones y comportamientos que había podido contrastar personalmente, incluso combatiendo contra las supersticiones populares. El libro iba acompañado por unas bellísimas ilustraciones del propio autor (Fig. 6). Al mismo tiempo fue el primero en crear un parque zoológico en Europa a imitación de los creados por los sultanes musulmanes, albergando la primera jirafa del continente.

Hidegarda de Binen redactó en el siglo XII un tratado sobre los peces del Rhin. Los dominicos Tomás de Cantimpré y San Alberto Magno también contribuyeron a la fundación de la zoología medieval con sus Liber de Natura rerum y Quaestiones super de animalibus respectivamente. Los dos acusaron de una enorme influencia aristotélica pero incluyeron observaciones originales y rechazaron las supersticiones. A San Alberto Magno se le concede el mérito de haber observado las variaciones de las especies en función del medio, así como su experimentación en la disección de animales. También fue San Alberto Magno el primero en señalar las diferencias entre insectos y arácnidos. Hay estudiosos que atribuyen la existencia de estos trabajos, que concilian el discurso aristotélico con la literatura religiosa, a la previa aparición de la figura de San Francisco de Asís. Su amor por los animales abrió la posibilidad de considerar la ciencia zoológica como un tema de estudio importante para un teólogo.

Pese a éstos casos descritos, dentro de la zoología, fue la simbólica de los Bestiarios la más representativa de los siglos medievales en Europa, y cuya influencia ha llegado hasta nuestros días.

En la Edad Media se aplicó lo que se denomina la dialéctica de el «otro» o la llamada «imagen del espejo» para explicar la respuesta que uso el hombre medieval para definirse a sí mismo. Se definía siempre por «el otro», que bien era lo exótico y lejano por oposición, o en lo cercano el animal. Para ello no dudaron en colocar al animal en posición humana, precisamente porque no era humano, de esta manera el hombre pudo realzar su propia humanidad, o resumir sus fallos. Este concepto mental histórico sigue gozando de mucha validez en nuestra sociedad, donde la mentalidad del hombre hacia el animal refleja la mentalidad sobre sí mismo. A pesar del evolucionismo darwinista, seguimos pensando, como en la Edad Media, que nuestra sustancia fundamental no proviene de nuestra naturaleza animal, y que la razón es lo que nos diferencia de los animales. Seguimos hablando de conducta «animal o bestial» cuando nos referimos a actos violentos, instintivos e irracionales, «culpando» a nuestra naturaleza animal y diferenciándola de lo «humano», que por lo contrario, comporta todo lo bueno que hay en nosotros, diferenciándonos así de lo animal y de lo natural. Poniéndonos por encima de todo lo demás. Lo humano sigue definiéndose en contraposición de lo animal. Sigue sin aceptarse la naturaleza biológica del hombre buscándose siempre aquello que nos diferencia de todos los otros animales.

Incluso en los movimientos pro-animales modernos puede adivinarse la herencia medieval en la que los animales eran juzgados y llevados a juicio. Hoy los animalistas hablan de los derechos de los animales, pero la misma mentalidad que les quiere otorgar unos derechos y por tanto protegerlos, les está al mismo tiempo «responsabilizando», porque tener derechos en un sistema implica tener responsabilidades con el sistema, tal y como se hacía en la Edad Media. ¿No sería mejor en lugar de hablar de derechos de los animales, de los deberes de los humanos hacia los animales y la naturaleza?

 


Lecturas suplementarias:

Comentarios

5 comments on “Los Bestiarios medievales y el nacimiento de la Zoología”
  1. Esther Rillo González dice:

    Creo que continuamos sin ver aquello para lo que no estamos preparados…he disfrutado con la interesante lectura.

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    1. Muchas gracias Esther. También yo lo creo, vemos casi siempre lo que ya sabemos y no sabemos vemos más allá. Un abrazo.

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  2. Muy interesante, disfruté mucho esta lectura, además que me ha encantado la conclusión con la que finalizas el texto.

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    1. Muchas gracias, se agradece mucho el comentario. Me alegra que disfrutaras con el escrito, eso motiva a seguir escribiendo. Un saludo

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